Ha bajado al Tiétar con la caña más potente que tiene, una diez pies línea ocho. Ha cargado la seda de hundimiento más rápido y los moscorros para pescar tiburones.
¿Qué novela hay detrás de cada pescador?, ¿Qué historia personal y qué desván de memoria llevan al río en los bolsillos de sus chalecos? Somos por lo general silenciosos en estas tierra, no como los yankis o los franceses o los ingleses adictos desde niños a escribir diarios y de viejos a los libros de memorias. Aquí pocos escriben de sus días de río, muy pocos cuentan lo que les empuja hasta el agua y porqué y hacia dónde. Tampoco él, perezoso y vago para emprender cualquier cosa. Tuvo que ser el hijo pescador quién le empujase. Siente desde entonces la obligación íntima de mostrar y explicar la necesidad de tocar el río y sus peces. Tal vez porque le hubiera gustado tener un diario así de su padre. Quizá porque sabe muy bien que la memoria se deshace pero no las palabras
escritas. Hoy lo único que lamenta es no haber comenzado muchos años antes.
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El pescador descubre, casi divertido, que es la primera vez que no le preocupa clavar un pez o no. Se sorprende pensando que ha bajado al recodo sobre todo a lanzar, a cansar los brazos, a enredar con las sedas y los señuelos, a estar en el río simulando pescar, más o menos. Hasta que siente el tirón, el pulso, la tensión de la línea, la comba de la caña. Todo dura dos o tres segundos, tal vez cuatro, luego el pez se suelta. Durante toda la tarde no tendrá de nuevo otra picada. Con los brazos cansados vuelve a subir por la orilla arenosa saboreando el paseo. Sorprende a un zorro por el camino. Ve pasar las grullas hacia el sur en formación perfecta, altísimas. En la novela de hoy no pasó nada, no
hubo pez, ni anécdota, ni voz. Bajó solo al río y sólo queda de la tarde lo que aquí está escrito.
Del Blog Mi Hijo el Pescador
Texto: Ramón J. Soria Breña. -mihijopescador-







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