El despertar de ese día no se me olvidará, no me podía creer lo que me estaba sucediendo. La sorpresa, la inquietud por el destino de los míos y el miedo que rayaba con el terror, se mezclaban en mis pensamientos y me impedían comportarme normalmente, moverme y empezar a tomar decisiones.

Parecía un sueño ya visto en diversas películas fantásticas, pero esta vez sin causas previas (catástrofe nuclear, un virus aniquilador,…). Recordé, ¡cómo no!, la famosa película en la que Will Smith se afanaba por encontrar remedio a una enfermedad que transformaba a la gente en zombis devoradores mientras evitaba que éstos le capturasen. “¡Qué tontería!”, me dije. Pero, ¿dónde estaban todas las personas, mi familia, mis amigos? ¿Cómo era posible que de la noche a la mañana no hubiera rastro de personas en las calles, en los vehículos vacíos parados en medio de las calzadas, dentro de los comercios, de las casas,…? ¿Qué había sido de todos ellos? Las primeras semanas, abrumado y asustado, me encerré en casa encendiendo inútilmente la radio y la televisión esperando encontrar noticias que dieran explicación a esta pesadilla. Tampoco funcionaba internet. Sabía que pronto fallaría el suministro de luz, agua y gas si es que nadie se ocupaba de su mantenimiento. Pero el pánico me bloqueaba durante muchas horas, encerrado en casa, atento a cualquier ruido y asomándome de vez en cuando a las ventanas para ver pasar tan sólo a perros desorientados que habrían escapado de sus casas o de otros lados. Las ratas hurgaban con descaro en los cubos de basura hasta que con los días desaparecieron por no tener más que devorar.

Adaptación, rutina y algo de pesca

Superado el bloqueo de las primeras semanas, prospecté pueblos y ciudades próximos sin encontrar más personas. Así que decidí organizar mi supervivencia en el entorno de la ciudad que mejor conocía. Es curioso cómo muchas veces había fantaseado sobre qué debería hacerse en una situación semejante y ahora me veía obligado a hacerlo. Mis primeros pasos fueron la elección de una vivienda segura rodeada de una buena valla junto a uno de los dos ríos próximos a la ciudad y acompañarme de unos cuantos perros que fui encontrando y ganándome; me harían de guardianes y me regalarían su afecto y compañía. Varios grupos electrógenos me garantizarían la luz y la conservación de nuestros alimentos y medicinas. Me hice con algunos vehículos que podrían arrastrar un remolque de motos y con unas cuantas motos de campo y carretera que me ayudarían a moverme por todo tipo de terrenos. Acumulé gasoil, gasolina y preparé un depósito de agua con una potabilizadora a la que llegaría agua del río. Y yo, que nunca había manejado un arma, me vi obligado a romper la verja de la armería donde tantas veces había comprado moscas y otros útiles de pesca. Fue una extraña sensación entrar por la estrecha calle La Rúa e irrumpir con una linterna en la tienda donde siempre me habían atendido amablemente. Elegí algunas armas de caza que posteriormente aprendí a manejar con todas las cautelas; me servirían para cazar y defenderme de lo que pudiera surgir. La necesidad me obligó a ilustrarme en multitud de cuestiones que fui descubriendo imprescindibles para mi supervivencia y la de los perros, pasaba muchas horas leyendo libros de todo tipo que me enseñarían a sobrevivir en tan inexplicables circunstancias. Las jornadas eran agotadoras pero nunca aburridas.

De vez en cuando, para relajarme, acompañado de un par de perros, me acercaba a algún río próximo a tantear a las truchas y llevarme alguna para comer pescado fresco. Pescaba a mosca seca, pues esa manía no podría quitármela ni la necesidad. ¡Quién me lo iba a decir a mí, que llevaba años sin matar un pez! Observaba en estas salidas que algunos tramos cada vez tenían más peces pero en cambio el pequeño río que mi amigo Rodrigo tanto había luchado por defender de agresiones y obstáculos, el llamado río de Thor y Orión, no mostraba esa recuperación, al menos en la confluencia con el otro río de la ciudad, ahora vacía, donde la Pulchra era testigo de mis incursiones para proveerme de muchas cosas necesarias.

Los halcones ahora anidaban confiados junto a los pináculos de la catedral

Y así pasaron cuatro años, en los que además de criar cachorros, que serían mis futuros compañeros, cultivar la huerta y criar animales para mi consumo, aprendí mucho de innumerables disciplinas y técnicas, entre otras cosas a vivir la vida con las estaciones. La vegetación y los animales silvestres iban poco a poco tomando la ciudad y los pueblos cercanos, ya había visto jabalíes merodeando por el centro de la ciudad al pie de la hierática estatua de Guzmán el Bueno, incluso a algún lobo errando por las calles salpicadas de coches vacíos y a los halcones anidando confiados junto a los pináculos de la catedral. La vida se abría paso y recuperaba terreno. ¿Y en los cursos fluviales, qué estaba ocurriendo?

Germina una idea

Muchas veces había reflexionado sobre cómo los humanos habíamos ido cargando a los ríos de obstáculos y vertidos. Los vertidos habían desaparecido y las presas de riego más endebles habían sido arrasadas por las crecidas. Pero, ¿qué pasaría con otras de mayor tamaño y más sólida construcción? Estaba claro que tendrían que pasar decenios antes de que el tiempo las hiciera mella. ¿Y los azudes de minicentrales que cosían el río que me daba ahora de beber y muchos otros cauces de la provincia y que impedían el remonte de las truchas y otros peces? ¿Cómo responderían al paso del tiempo? Si en algún tiempo alguien entendió que fueron necesarias ese tiempo había pasado. Un día, observando cómo unas truchas intentaban superar un azud dotado de una inútil escala de peces, construida tan sólo para superar el trámite administrativo, me vino a la mente la posibilidad de hacer algo al respecto.

¿Y los azudes de minicentrales que cosían el río,…, cómo responderían al paso del tiempo?

Como siempre mi imaginación en un primer latigazo me llevó a un imposible: dejar libres al tránsito de peces los grandes ríos y otros cauces menores de toda la provincia. Enseguida me di cuenta de que las enormes presas de la montaña quedaban fuera de mi alcance justiciero. Pero…¿y las presas de riego que habían aguantado las riadas, los azudes de hormigón de pocos metros y esa estación de aforos que estropeaba el legendario coto aguas arriba de las Hoces en “nuestro río”? El entusiasmo me hizo erguirme súbitamente, los perros, alterados, escudriñaron los alrededores intentando adivinar algún peligro. ¡Ya tenía tarea aparte de las inexcusables rutinas de cada día: volvería el “río de Thor y Orión” a su ser; luego, a poder ser, vendrían otros! Me puse en pie de un salto y me dirigí a los perros acariciándolos: “¡Tenemos trabajo, manos a la obra!”. Extrañados y alegres me siguieron brincando hasta el coche. No había tiempo que perder.

Inventario, planificación y primeras actuaciones

Intenté ante todo no distraerme de mis imprescindibles obligaciones diarias, había que tener la cabeza fría e ir paso a paso. En primer lugar me las arreglé para rebuscar las notas y escritos que hacía años me había hecho llegar Rodrigo. Su trabajo me sería muy valioso. Confeccionada la primera lista de obstáculos, el primer paso sería ratificar su ubicación y valorar los que pudieran seguir compartimentando el río desde su nacimiento. Sesenta y tres kilómetros de recorrido hasta la capital eran mucho trecho y me lo debería tomar con calma.

Inventarié veinticinco obstáculos que comprometían el funcionamiento natural del río

El inventario de obstáculos me llevó dos meses, incluso para evitar viajes innecesarios hube de hacer noche en alguna localidad en la cabecera, adoptando las debidas precauciones acompañado de mis perros más aguerridos. A la vez que fotografiaba, catalogaba y medía los diferentes obstáculos iba tomando nota de si en las inmediaciones había retroexcavadoras abandonadas u otro tipo de máquinas. Era consciente de que debería instruirme en el manejo de maquinaria y llegado el caso de explosivos. Por eso, una vez concluido el inventario, rebusqué en las bibliotecas, minas e instalaciones de maquinaria documentos y manuales para saber cómo se manejaban esas máquinas y explosivos, pues lógicamente me infundían mucho respeto. Aprendí a ponerlas en marcha, a acoplar martillos percutores, palas y cazos y a hacer los primeros ensayos en terrenos sólidos. También hice pruebas con explosivos.

Mi primer objetivo fue una antigua presa de riego ya deteriorada en sus extremos

Todo con las debidas precauciones pues el más mínimo accidente podría traerme consecuencias fatales, nadie me podría ayudar. Mi primer objetivo fue una accesible presa de riego en la parte baja del río ya deteriorada en uno de sus extremos. Con toda la cautela pude meter un tractor en el agua, con la pequeña pala y su cazo fui desmoronando los muretes de palos, plásticos y gaviones. Acarreé los escombros a los laterales y los tapé con gravas y troncos; con el tiempo el propio río haría el resto. Decidí respetar los “puertos de riego” más pequeños, sabía que serían necesarios para las truchas en las épocas más secas, rompía mi regla de máxima naturalidad pero creía así compensar el daño de decenios. Los primeros pasos estaban dados y eso me animaba en el trabajo diario pensando en qué haría por el río en los días siguientes. Hasta los perros se contagiaron de mi emoción. Los días, antes largos y proclives a sumirme en la melancolía, ahora se me hacían cortos. Los ríos y los peces, una vez más, me habían insuflado vida.

 

Van cayendo

El inventario de obstáculos había resultado en dieciocho puertos de riego, dos estaciones de aforo, una presa de grandes bolos de escollera y cuatro azudes de hormigón. Los puertos que había decidido respetar me supusieron poco trabajo, simplemente cegué los canales de evacuación. Los puertos mayores pude demolerlos con pequeños tractores de ruedas o retroexcavadoras fáciles de meter en el cauce. Mi siguiente reto fue la presa de grandes bolos ubicada en la parte baja del río. Fui acometiendo su demolición trabajando primero desde las orillas, luego acumulé en el cauce parte de los bolos en pequeños grupos aguas abajo.

Demolí la presa de escollera y repartí parte de los bolos aguas abajo: crearían pequeñas pozas y apostaderos para las truchas

Había consultado libros sobre mejoras fluviales para la pesca y eso ayudaría a crear pequeñas pozas y apostaderos para las truchas. El resto de bloques acumulados en las orillas, salpicados de varetas de sauces incrustadas en la tierra con la que cubrí los huecos, pronto quedarían disimulados por una nueva vegetación de ribera. No me fue complicado hacer franqueables las dos estaciones de aforo. Me supuso mucho más trabajo la demolición de los azudes de hormigón: tuve que emplear todos los medios corriendo en ocasiones verdadero peligro de que volcase la retroexcavadora mientras percutía sobre el hormigón o empujaba grandes trozos de muro descuajados por los explosivos.

Me resultó complicado eliminar el obstáculo en las Hoces

Fue especialmente complicada la presa situada en las Hoces, pero con imaginación y prudencia logré eliminarla. Empleé varios meses en los derribos, en dar cierta naturalidad al conglomerado de hormigón y hierros acumulados en las orillas y en cegar los canales de evacuación.

Empleé varios meses en los derribos y en dar cierta naturalidad al cauce y las riberas alteradas

Pero tras mucho trabajo estimé que la tarea que me había propuesto estaba hecha. Ahora había que esperar a ver cómo evolucionaba el río y con él las poblaciones de peces.

Liturgia de pesca en un río renacido y un despertar incierto.

Estimé que hasta pasados otros dos o tres años las truchas y otros peces no reconquistarían sus territorios con densidades razonables. Me propuse no pescar el río hasta entonces. Regularmente me desplazaba a los tramos “restaurados” para ver cómo iba la cosa. Las frezas en sitios donde antes no se veían truchas me llenaban de esperanza. Incluso un día pude contemplar a una pareja de nutrias donde nunca se habían citado, nos quedamos mirándonos con prevención y respeto por ambas partes, los perros también fueron prudentes. ¿Era una señal de que la cosa iba bien? Poco a poco fui preparándome para el día en que “inaugurase” el río renacido. La confección de las moscas que usaría el día del “estreno” me llenó muchas tardes. Medité sobre qué tramo hubieran elegido Rodrigo o su amigo Venancio -otro enamorado del río- caso de verse en esta situación. Por fin llegó el día: a finales de mayo me desplacé aguas arriba de las Hoces, pescaría por encima de donde estuvo la ya inexistente minicentral en el  legendario coto. Mientras me enfundaba los vadeadores, preparaba la caña y ataba el bajo pensaba en los muchos pescadores que habían sufrido por el declive de estos tramos y en cómo les hubiera gustado pescar el río, ahora casi íntegro.

Pausadamente entré en el agua del antiguo coto -ahora un río renacido-, pasmado por la estampida de pequeñas truchas

Así que entendí que esa jornada de pesca era un homenaje a todos ellos y que yo era un privilegiado. Me recreé en los diferentes insectos que sobrevolaban las tablas y las chorreras y pronto empecé a ver las primeras cebas. Pausadamente entré en el agua pasmado por la estampida de pequeñas truchas refugiadas en la orilla. Buena señal. Mi instinto de engañador de truchas se disparó ante la cebada de un ejemplar de talla nada despreciable, enhebré un tricóptero mañanero de tejadillo de gallo negrisco, collar negro y cabeza de hilo teja. Tras un lance de ensayo en un chorro aledaño disparé mi mosca por encima de donde se cebaba la glotona. La subida fue fulgurante, el clavado, en el que la trucha puso más de su parte que yo mismo, se siguió de una lucha potente. Una vez en mi mano la contemplé ensimismado durante un rato, los perros desde la orilla me miraban intentando averiguar qué había provocado mi estupor. Con cuidado la devolví al agua, una satisfacción que no había sentido nunca me llenó completamente: había hecho algo importante por ese río…y él por mí. Al rato se me ocurrió que quizás en un lugar lejano otro pescador que hubiera sobrevivido a este desconcertante vacío poblacional hubiera tenido una idea parecida y hubiera hecho renacer otros ríos. Esa noche dormí plácidamente soñando cuál río sería el siguiente, hasta que el sonido del claxon de un coche alteró mi sueño. ¿Había sido un conductor impaciente en un atasco de madrugada junto a mi casa de siempre en la ciudad o era uno de mis perros que se había apoyado en el volante de uno de los todoterrenos con los que ahora me desplazaba? Entre sueños decidí que no quería saber cuál era la realidad.

Emilio Roy

Escrito por Emilio Roy

    1 comentario

  1. farioreo 06/07/2017 at 16:54

    Como minimo escalas con agua para que funcionen y aquellas presas bonitas para la foto y turismo pero…colmatadas,echar abajo no menos d e un metro para que salga toda la graba colmatada arriba ,el rio tenga profundidad y las truchas puedan ir rio arriba.

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