Mi niñez coincidió con la segunda guerra mundial. No he conocido el hambre pero sí el miedo. Lo que contaban de los Alemanes me aterrorizaba. Con la matanza de Oradour- sur- Glane el 10 de junio de 1944 empezaron mis pesadillas.

Mi primera bicicleta fue la de mi madre. La de mi padre tenía ruedas de madera revestidas de goma gruesa. Él mismo las hizo y funcionaban. Había pocos coches con grandes problemas de abastecimiento en combustible y cubiertas, un autobús cruzaba el pueblo una vez a la semana, y cuando un avión atravesaba el cielo la vida se paraba y se levantaban las cabezas. No había teléfono ni televisión, por supuesto, algunas casas tenían radio pero dentro de las casas no había cuarto de baño ni ducha ni servicios, sólo una caseta en un rincón del huerto. Mi padre cortaba tiras de papel en viejos periódicos leídos por toda la familia y las usábamos de papel higiénico. No sería une mala solución para ciertos periódicos que salen ahora. Una vez al año se abonaba el huerto con el contenido de la fosa. Teníamos electricidad pero no todos los vecinos del pueblo la tenían. La calefacción era de leña mediante la chimenea o la cocina de hierro colado que servía también para guisar. No hubo agua corriente durante muchos años. Las mujeres iban a lavar la ropa al lavadero del pueblo de cuya fuente sacaban también el agua potable. Recuerdo como un milagro la primera vez que salió el agua del grifo que unos obreros vinieron a instalar en nuestro fregadero, único punto de agua fría en toda la casa. Para calentarla se usaba un jarrón de aluminio que burbujeaba a menudo en el fogón de la cocina. Después de cenar, cuando toda la familia se ponía a leer debajo de la pantalla, el susurro del agua estremecida me infundía en el silencio un sentimiento de bienestar. De vez en cuando íbamos a una velada invitados por algún vecino. Nos sentábamos al amor de la lumbre, se comentaban las noticias, las manos se entretenían en pequeños trabajos artesanales.

No había juguetes para los niños, los teníamos que fabricar nosotros y lo hacíamos con gusto. Hurgando en los pedazos de madera que le sobraban a mi padre quien sabía fabricar cualquier cosa con nada, inventé mi primer molino de agua que pusimos en marcha con otro chico en el arroyo que cruzaba el pueblo y del que bebíamos sin problema. También pescábamos. Con un palo de bambú cortado en una orilla, un bramante tosco, una fibra robada a la cola del caballo del vecino y un imperdible deformado en anzuelo donde enfilábamos una lombricita, conseguíamos sacar entre más de cien piscardos cuatro en una tarde. Luego se me ocurrió fabricar un anzuelo mucho más efectivo con un pedacito de alambre fino cortado, sin que nadie lo viera, en una jaula para conejos que se encontraba en el muro del corral. O sea que empecé mi vida de pescador usando anzuelos caseros sin muerte. Asimismo aprendí a inventar y a ser autosuficiente. El corral, ensanchado por un pequeño huerto, era entonces el supermercado de la familia. Se soltaba cada día el cerdo que se mataría en noviembre. Luego se le encerraba en la pocilga. Mi abuela cebaba los patos con maíz usando como todos la técnica del embudo. Los “verdes” condenan ahora esta técnica pero no denuncian las masacres de seres humanos. En el corral crecían lentamente las gallinas comiendo lo que pillaban con algún extra en avena o trigo. Si alguien hubiese hablado de pollos “bio” lo hubiesen tratado de subnormal. Hay palabras que denotan un avance en la civilización y otra que denotan un retraso.

Una vez, para las Navidades, mi hermano y yo tuvimos un regalo suntuoso, dos naranjas para cada uno, nuestras primeras naranjas que sabían a cuentos de las Mil y una Noche. Mi padre con su habitual habilidad recortó la piel en forma de largo serpentín que colgó en el comedor. Después de secar servirían los trozos para aromatizar el vino caliente que se tomaba en las noches frías después de quemar el alcohol y añadiéndole miel y canela.

En aquella época no había protección social, no había ayudas de ningún tipo, no existía el sueldo mínimo, cada cual tenía que arreglárselas para subsistir o supervivir pero la naturaleza tenía un perfume que nunca volveré a oler, el perfume de un mundo impoluto.

–gR–

Escrito por mosqueroandante

    1 comentario

  1. farioreo 22/03/2017 at 19:36

    La palabra contaminacion creo que ni existia de aquella.saludos.

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