Tengo dos hijos pescadores, Gilles y Philippe.  Se me ocurrió contar la historia del mayor, Gilles, porque es única y me interesa que quede en los archivos de la familia. Pedí permiso a Ramón Soria para utilizar el título de su Web que conviene perfectamente a mi relato. Permiso concedido. Gracias Ramón.

Río tarn

En 1964 por intercesión de mi buena estrella descubrimos con mi hermano y mi esposa los valles y ríos de Riaño en la provincia de León. Un paraíso de la pesca. No tuve inconveniente para convencer a mi joven esposa, enamorada como todas de las playas, que 15 días al año de Riaño no era nada de otro mundo ya que sólo bastaba pasar luego el puerto del Pontón para llegar a Asturias. No sabía la pobrecita que se baja del Pontón hasta el mar por el valle del Sella.  En Riaño había una acampada libre, ejido del pueblo, cerca del Yuso antes de su desembocadura en el Esla, una fuente y un pinar, baños de agua fría en el canal de riego que llamábamos acequia.

 

IMGP0127Gilles nació en 1966. De pequeñito iba a mirar las truchas que se veían desde el puente o desde la orilla. Año tras año manifestaba cada vez más el deseo de acompañarme en mis salidas de pesca esperándome a la vuelta para levantar con emoción la tapa de la cesta. A los siete años hicimos una primera experiencia en Portilla que se repitió cada día y luego cada año. Era como una segunda sombra a mi lado. Primero le dejé la tomadera donde medía las truchas después de su captura. Todas las que no daban la medida las devolvía. Cuando me veía algo cansado me animaba a pescar una más y trepaba a los árboles para desenganchar la mosca allí clavada después de un mal lance. A veces  me hacía notar que no había tirado tal o tal postura. Si picaba una trucha se alegraba en silencio. Comprendí más tarde que en aquella época se desarrolló en él un sentido del agua poco común y la comprensión de la técnica y de las exigencias de la pesca a látigo. Yo secretamente no concebía más salir sin él.

Gilles Corco.2

La experiencia duró varios años y no sólo me acompañaba en Riaño sino en cualquier río, tanto en Francia como en España.  Muchas veces le ofrecí pescar pero no quería y un buen día sobre los 12 años me pidió material y moscas. Le dejé una caña  de bambú de 8 pies con una cola de rata usada montada en un “Silentreel” que tengo todavía tan nuevo como su madre lo parió. No necesitó ningún aprendizaje para lanzar. Después de tantos años cerca de mí había asimilado lo esencial y empezó a sacar truchas. Luego compartimos tantas salidas de pesca que tendría que escribir un libro para contarlas y todavía me olvidaría de algunas. Cuando en Riaño le dejaba en algún sitio del río y yo subía o bajaba a otro tramo sentí en los primeros tiempos como un vacío pero lo superé. Recuerdo que le gustaba pescar una tabla que había debajo del pueblo de Vegacerneja manifestando ya su interés por la dificultad. Prefería la calidad a la cantidad. Yo me metía más arriba en los túneles de vegetación y pescaba a punta caña o de ballesta. A la vuelta le recogía y seguíamos pescando en el coche luego en la mesa etc.. abusando de la paciencia de su madre. En Francia Gilles fue el primero en aumentar, por decisión unilateral, las medidas de las truchas sacrificadas que era entonces de 20 cm. Un día me dijo que teníamos que subirla a 25 y lo hicimos. Si encontraba  entre mis capturas un pez algo escaso (24 por ejemplo) me protestaba.

En los Alpes

Cuando empecé a competir en Francia aprendimos los dos que la captura de una trucha es lo más difícil y atractivo y que devolverla a su elemento (devolución obligada en todos los concursos) se podía hacer con gusto tanto en competición como en privado. Gilles  me acompañó muchas veces en los viajes como controlador. Y cuando dejé la competición empezó a competir él hasta llegar a ser campeón de Francia en 2005. Siempre tuve el sentimiento de que lo consiguió para hacerme un regalo. No le dio mucha importancia al título  porque él y  yo no somos competidores natos. Somos ante todo pescadores a mosca y seguimos pescando saliendo juntos. Conozco a algunos competidores que dejarían de pescar si se les quitase la competición.

Gilles

En mi carrera profesional recuerdo que un día hablé con una profesora de historia y le dije que me gustaba mucho su especialidad pero que para mí lo más importante era saber sacar las lecciones de la Historia. Me miró de extraña manera como si le dijera una barbaridad. ¡Pues no! Confirmo esta opinión y la aplico a la historia de la pesca con mi hijo. La lección de todos aquellos años pescando juntos  no fue sólo para nosotros un montón de salidas para practicar nuestro deporte favorito. Fue salir temprano hacia el río Tarn por ejemplo y desayunar sonriendo a pie de río con embutido casero y vino peleón que en este caso sabe a gloria. Fue una constante complicidad dentro y fuera de nuestra afición que a veces tomaba el color de la pasión. Fue desarrollar, fortalecer el cariño natural que existe entre padre e hijo. Fue borrar las separaciones o las indiferencias que pueden aparecer  en el transcurso del tiempo. Fue una unión y una presencia que aprecio cada día más a medida que voy entrando en edad. Es hoy un aliciente y una fuerza que me ayudó hace algunos años a levantarme de varias operaciones de cadera con la voluntad de andar para seguir pescando…para seguir viviendo.              

                                                                                                           –gR—( enero 2017)

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