A raíz de un agrio y descorazonador intercambio de opiniones entre pescadores, en una de esas animadas tertulias de las redes sociales, me vino a la memoria una gran novela del gran Miguel Delibes, publicada hace más de 50 años, “Las Ratas”. ¿Cómo es posible que Delibes pudiera anticipar con tanta clarividencia sucesos y actitudes que estamos viviendo en la actualidad, en un mundo aparentemente tan distinto?

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Repasemos brevemente algunos personajes de la novela. El protagonista es el Nini, que representa la sabiduría. Junto a él está el Tío Ratero, que representa el comportamiento primario, el lado más instintivo y animal. Hay otros personajes, como el tío Rufo el Centenario (la tradición), Doña Resu (la moral dominante), el Furtivo (el que se salta la ley)… Todos atrapados en un pueblo castellano, viviendo una vida inalterada desde tiempo inmemorial, marcada por los ciclos naturales, en un equilibrio miserable pero muy estable. La ruptura se produce por la aparición de un forastero, un competidor. El tío Ratero, dentro de la temporada legalmente delimitada, caza y vende las ratas de agua que viven en el río del pueblo, tradicionalmente apreciadas como un plato exquisito por los vecinos. Y el joven forastero tiene la mala idea de dedicarse también a la caza de ratas, por pura afición. En la mente primitiva del Ratero, en su carácter de depredador territorial, esta competencia es inadmisible. Y el odio, bien alimentado por la maledicencia de vecinos que disfrutan exasperando al cazador primitivo (“…ese viene a por lo tuyo, Ratero…”) termina explotando de forma brutal. Un asesinato, justificado en una sola expresión: “¡las ratas son mías!” Esta frase final resuena absurda, primero por la afirmación de posesión, y segundo porque el objeto que se dice poseer, a los ojos de los lectores urbanitas actuales, es algo repulsivo, por lo que nadie se plantearía luchar.
Y sin embargo, estos arquetipos se repiten una y otra vez en la actualidad, sólo ha cambiado el animal sujeto de la afirmación. “Los salmones son míos”. “El río de mi pueblo es mío”. “Los de fuera vienen a llevarse lo mío”.

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Siempre me he preguntado de dónde sale la visceralidad que rodea todo este mundo. Cualquier análisis reposado y racional nos llevaría a una conclusión: si queremos recuperar el estado ideal de las poblaciones de salmón atlántico hay que vedar su pesca por un periodo razonable. Digamos 15, 20 años. Así se tendrían datos que permitirían analizar la evolución de la población frente a las múltiples variables que intervienen en el proceso, para luego poder plantear una gestión razonable del recurso. Años secos frente a años húmedos, años de riadas en primavera, años de sequía severa en otoño, evolución a largo plazo de la calidad del agua… Cualquiera que se dedique al análisis de la evolución de poblaciones sabe que medidas puntuales de uno o dos años tienen un efecto muy reducido en el comportamiento a largo plazo.
Pero…queremos pescar, y eso es más fuerte que nuestra razón. Por lo que, para poder satisfacer este instinto tan dominante, buscamos alternativas que hagan de la pesca algo menos dañino. La pesca sin muerte es una buena opción. Tal vez no óptima, pero al menos aceptable. Más ni siquiera esto es suficiente. Muchos no conciben la pesca sin el premio de la muerte final del pez.
Los humanos somos una especie contradictoria. Muchas veces actuamos como si las cosas se tuvieran que perpetuar en un estado ideal, sin cambiar. Hacer lo que siempre se ha hecho y como siempre se ha hecho, negando el paso del tiempo, aunque sepamos que esto es imposible. Dentro de no mucho tiempo, menos de cien años, es decir casi nada, no estaremos aquí, aunque no lo queramos ni imaginar. Y sin embargo, la parte más profunda y animal de nuestro cerebro lo sabe y asume perfectamente. Y antepone la satisfacción personal inmediata a la previsión del futuro a muy largo plazo. Esto no es exclusivo de los humanos; los animales lo hacen continuamente. Un lobo nunca se planteará si el muflón que pasa por delante de él es autóctono o alóctono, o si el estado de su población es boyante o precario. Sólo es carne. Yo creo que esa parte primitiva e inconsciente de nuestro cerebro tiene una gran influencia en las decisiones que creemos razonadas y lógicas. ¿Para qué plantearme medidas de conservación que tendrán efecto, tal vez, dentro de 50 años y cuyos resultados yo no veré? ¿Por qué privarme del placer que aprendí en mi juventud de pescar, matar y comer (o vender) un salmón? Al fin y al cabo, el descenso de las poblaciones no es ni culpa ni responsabilidad mía. Yo creo que todo esto está en el fondo de nuestro cerebro, aunque lo intentemos reprimir con mayor o menor éxito. Y no va a desaparecer: es algo muy profundo presente en todos los animales, una adaptación evolutiva que favorece a las especies más fuertes.

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Y ¿qué es lo que se puede hacer para controlar estas pulsiones tan profundas? La educación no basta, no consigue llegar a nuestro cerebro de reptil. Sólo se me ocurren dos cosas:

1. Promulgar buenas leyes.
2. Hacer que se cumplan.

Ambas cosas son imprescindibles, y difíciles. Por supuesto, aunque sea una obviedad decirlo, sin el punto 2, el punto 1 es totalmente inútil. De eso tenemos bastante experiencia por aquí.
No es una situación muy optimista, pero es lo que hay.
Bien mirado, el título de este artículo no está bien puesto. Delibes no profetizó nada; simplemente hizo un análisis lúcido y certero de la condición humana y los conflictos inevitables que se generan. Si los hombres hemos reaccionado así desde hace milenios, predecir que vamos a seguir haciéndolo en el futuro no es una profecía arriesgada, sino un diagnóstico seguro. El Ratero sigue vivo, reclamando satisfacción para sus instintos más profundos. De hecho, cada uno de nosotros mantenemos viva en nuestros genes parte de su memoria.

Jesús García Azorero. -azorero-

Escrito por Admin

    5 comentarios

  1. javisanga 13/07/2016 at 08:30

    Un análisis muy certero de la condición humana, de su egoísmo primario y su carácter depredador de todo lo que le rodea.

    • galgass 13/07/2016 at 12:40

      Verdad como un templo, aunque los que vivimos aquí sabemos de una realidad mucho mas cruda, resulta que tenemos asociaciones de pescateros, no de pesca ni de pescadores, no son todas pero….si muy representativas, dedicando sus esfuerzos a matar mas salmones y comercializarlos, quieren el rio para ellos y sus intereses y los demás estorbamos. En Asturias los ríos principales , sella , narcea, cares-deva, están prácticamente vedados para la trucha y reo y solo sirven para la matanza de salmones, y los salmoneros todavía se quejan, pero claro si tienes una administración que no sabe por donde anda revuelta, y fíjate que es fácil, se trata de copiar a los vecinos y estoy seguro tendríamos los mejores ríos de europa.

  2. Toledano 13/07/2016 at 17:28

    Querido Jesús, magnífico artículo. Planteamiento difícil de discutir y cartesiano considerando que así son las cosas. Exceso de lucidez, como os suele pasar a los de tu gremio, de lo cual es conveniente protegerse. Y en fin, la triste conclusión de que no da tiempo a educar… cuestión muy complicada de administrar. Un abrazo.

  3. OVIGUAN 31/07/2016 at 10:40

    Genial.
    Abrazo amigo.

  4. izu 10/08/2016 at 19:31

    Verdaderamente en el teatro de la vida los personajes se reiteran una y otra vez.
    Efectivamente, estoy contigo cuando dices que no es una profecía sino la triste crónica de una cruda realidad.
    Enhorabuena por el artículo me ha encantado.

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