Cena 3 (1)

En esta especial alocución se me ocurrió relatar mis vivencias en las sucesivas Semanas pero no quise centrar mis comentarios en mi persona ni repetir lo que probablemente le habrá pasado a cualquiera. No quise hablar de la trucha gigante que me escapó por culpa mía o por la emoción, en el Pozo del Obispo. Cena 5Sería porque no voy a misa. Tampoco quise explicar cómo se me fueron 2 truchas del rejón en Santa Marina. Entonces me pregunté qué novedad podía aportar. Andaba así con dudas… soy un hombre de muchas dudas, por eso no soy un buen competidor… cuando me acordé de unas notas, todavía inéditas, escritas hace años después de conversar con un pescador veterano que me contó con nostalgia episodios de su infancia. Él me tiró el cebo y yo me lo comí aliñándolo a mi manera. Más … o menos, aquel buen hombre me habló así:

 

Mi nombre es Manuel pero de niño me llamaban Manolín. Vivía en el campo en un caserío aislado tierras adentro. Vivía feliz entre mis padres y la tía Adela que se quedó viuda durante la guerra civil. Era la hermana menor de mi madre, alta y delgada con cabellos negros y ojos de un azul marino que no se podían mirar cuando se enojaba. Era bastante dominante con todos menos conmigo. No sabía disimular su cariño.

Alrededor de la vivienda había prados con ganado y algunos bosques. A lo lejos se veían casas, medio disimuladas entre la espesura. Este paisaje me aburría por su permanencia y al mismo tiempo me fascinaba porque sabía que más allá de todo corría un río. Se hablaba mucho del río en casa porque desempeñaba un papel importante en las familias por lo bueno o lo malo que traía, por su incontrolable poderío en los cultivos y en las cosechas pues no se trataba de cualquier río sino de un señor río enorme y potente. Todo aquello yo lo sabía de oídas porque me habían prohibido acercarme al río. Mi padre me advertía:

– Vete a jugar a dónde quieras, Manolín, pero no te vayas nunca al río. ¡Te lo digo yo!

Mi padre no andaba con bromas y mi madre, cariacontecida, añadía:

En el río, mi vida, hay pozos donde te puedes ahogar, serpientes entre los juncos y gitanos que se llevan a los niños.

Mi primera reacción era el miedo, mejor dicho una sensación de frío a la espalda seguida de una irresistible curiosidad, un ardiente deseo de conocer aquel misterioso río.

De vez en cuando venía a casa… un furtivo… un hombre alto de cara curtida por los vientos, con unos ojos de un verde oscuro desteñidos por el sol. Vestía de manera tan discreta que se confundía con el entorno. Lo único que le diferenciaba era su sombrero de fieltro de alta copa y alas rectas. De todo su cuerpo se desprendía una impresión de fuerza tranquila. Se parecía a una sombra silenciosa que saliera de la noche. Entonces mi padre decía:

– Viene Ceferino a traer pescado.

Ceferino ponía en la mesa de la cocina una cesta atiborrada de truchas recién pescadas y mi madre hacía la que se sorprendía:

– Pero será posible Ceferino ¿Cómo haces para sacar tantos peces?

Ceferino ponía la cara evasiva del que no se entera bien de la pregunta y contestaba:

– El Señor ayuda al pobre, me da suerte y tengo buena mano.

Ésta era siempre la respuesta, era imposible sonsacarle algo más. Una tarde que estaba solo en casa, Ceferino apareció, como siempre de sopetón, llevando una truchona colgada de un gancho.

Toma Manolín, no la quiero vender, os la regalo. Vale para escabeche.

Después de dejar el pescado en la mesa me miró de manera rara y me dijo:

¡Chico! Tienes una pinta, una buena pinta de pescador. ¿Ya pescaste alguna trucha?

– No, Don Ceferino, no, me prohíben ir hasta el río.

– ¡Qué pena! (contestó encogiéndose de hombros) Si vinieses conmigo te enseñaría a pescar… conozco unos pozos buenísimos

Desde aquel día no lograba conciliar el sueño. No dejaba de pensar en estos lugares maravillosos, estos pozos donde podría pescar mi primera trucha. Ceferino era mi ídolo. Cuando reconocía el deslizar de sus botas por el patio mi corazón latía más fuerte.

Poco a poco iba creciendo en mí el apetito de escapar, de arrojarme a la aventura. Sólo faltaba la ocasión que se presentó un día de primavera cuando mis padres tuvieron que marcharse algún tiempo a la ciudad por asuntos suyos. Me quedé en casa con la tía Adela.

Una mañana, mientras ella iba a sus faenas me senté en el poyo de la puerta. Era una de esas mañanas en el campo con un cielo nítido y un viento ligero que daba ganas de salir y respirar el mundo. Desde el campo me llegaban mil fragancias, olores de hierbas, de árboles, de toda la naturaleza en pleno renacimiento. Me levanté, salté por encima de la tapia del patio y eché a correr a campo traviesa sin mirar atrás, hasta un bosquecillo de tupidos árboles en cuyas copas se oían arrullos de palomas.

Seguí por una senda que iba estrechándose y se volvía más blanda a cada paso. De repente un talud de tierra coronado por una cortina de álamos me cortó el paso. Trepé por él sin dudarlo y desde lo alto descubrí todo el río. Nunca lo imaginé tan ancho y tan crecido. Sería por el derrite de las altas nieves. Sus aguas grises arrastraban troncos de árboles que gruñían pavorosamente cada vez que encontraban un obstáculo. Parecían gritos de fieras. No pude dominar un escalofrío.

A mis pies se formaba un remanso más quieto con una playa de fina arena. Bajé hasta la orilla y observé huellas que iban desde el agua hasta el pie de un peñón. Al lado, en una densa vegetación salvaje, se abría como un túnel, un escondrijo natural donde tuve ganas de tumbarme y mecido por el potente y monótono ruido de la corriente lejana me dormí.

Quedaría mucho tiempo así porque cuando me desperté el sol bajaba en el horizonte alargando las sombras. Salí de mi agujero a gatas y me acerqué a la playa. Observé con asombro que había nuevas huellas más frescas cerca de las primeras, de lo que deduje que mientras dormía alguien había pasado por aquí. Entre unos juncos se levantó una bandada de patos. Me dieron un susto y empecé a correr. Cuando llegué a casa, era casi de noche. Huelga comentar el repaso que me dio la tía Adela :

– ¡Gamberro! ¿Dónde te metiste desde la mañana? Vienes hecho un cristo, hueles a cieno y tienes el pelo lleno de barro ¿y si se lo contara todo a tu padre como te lo mereces?

Cabizbajo esperaba que se alejase la inevitable pero efímera tormenta.

– No comiste nada en todo el día.¡Holgazán! ¡Vagabundo! ¡Dios mío! ¡Volver a estas horas!… ¿No tienes hambre?

– Sí tía, mucha hambre.

Mientras la tía Adela sacaba la sartén se oyeron pasos en el patio. Ceferino entró en la cocina sin hablar. Le miramos los dos con asombro. Nunca me pareció tan alto. Y él, como quien no se entera de nada, le dijo a mi tía :

Os traigo unas truchitas. Están para cenarlas ahora. Sólo te pediría un vaso de vino clarete si eres tan amable.

Se sentó a la mesa. Tía Adela le miró de extraña manera. Trajo una hogaza entera y una jarra de vino fresquito. Luego echó aceite en la sartén y cuando el aceite humeó, frió las truchas hasta ponerlas muy doraditas. Estas truchas no olían a pescado, más bien a plantas aromáticas, a tomillo. Mi tía era una artista para dejarlas crujientes sin resecarlas por dentro.

Ceferino sacó del bolsillo una navaja de larga hoja, y después de esbozar con ella una cruz en la hogaza, cortó dos rebanadas de pan, colocó a la mitad dos truchas y empezó a comer, callado y silencioso mirando hacia Adela. Se oía el crujir de las espinas que masticaba y desmenuzaba con sus dientes de nutria. Le observábamos, como fascinados… sin comer. Entre dos bocados me preguntó :

¿Qué te pasa Manolín? ¿Por qué no comes? He pescado estos peces para vosotros en el río… aquí cerca… el río, lo conoces ¿Verdad?…el río con sus tupidas orillas donde uno puede esconderse…

Hube de ponerme pálido. Al ver que la tía Adela me clavaba la mirada en la cara, Ceferino sacó de la fuente la trucha más grande y la puso en mi plato. Con una delicadeza inesperada la abrió, separó la espina de la carne, echó tres gotas de aceite de oliva y mientras cogía el vaso de vino:

– ¡Anda, come antes que se te enfríe, está en su punto!

La cena se terminó en el silencio. La tía Adela no chistó. Ceferino, absorto en sus pensamientos, dibujó peces extraños en la mesa con la punta de la navaja, luego la dobló metódicamente y la guardó en el bolsillo.

De pronto se oyeron truenos en la lontananza. Ceferino se levantó y saliendo a pasos contados dijo:

 – Vamos a tener tormenta…. No puedo tardar más…. ¡Buenas noches!

 

Al llegar a este punto de su historia el pescador veterano me miró a los ojos largo rato sin hablar, luego añadió:

Amigo, lo que te acabo de contar, más allá de una parte de mi propia historia, es el nacimiento de una pasión hace más de 50 años y te ruego que sólo la divulgues entre gente que hayan sentido, no importa cuándo ni cómo, que hayan sentido crecer por dentro la misma pasión por los ríos y por la pesca.

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¿Qué mejor ocasión tenía para contar esta historia que el aniversario de la quincuagésima Semana Internacional de la Trucha en León que, digámoslo simplemente, no existiría sin esta pasión que late, o latió, en todos los participantes?

 — gR– 2016

Escrito por Admin

    1 comentario

  1. YAK 13/07/2016 at 13:08

    Relato muy elocuente GR. en tu línea amigo.

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