Hay auténticos maestros, que han dejado información a raudales escondida entre las páginas de sus publicaciones. Para mí, sin duda alguna, uno de los más grandes fue Gary LaFontaine.

Publicado en Conmosca el 12/3/13
Texto: Jesús García Azorero. -azorero-
Fotografías: Varios autores

 

Entre los múltiples factores que influyen a la hora de que las truchas acepten nuestras imitaciones, no debemos olvidar una cosa: el engaño es totalmente visual. Aquí no hay olores mágicos que atraigan a los peces; la clave está en que lo que vean sus ojos les resulte convincente. Por eso, es importante reflexionar un momento sobre qué es lo que significa “ver” una cosa, y cómo las condiciones ambientales influyen en el resultado final.

Presentamos, en éste y en el artículo que publicaremos a continuación, dos visiones del problema: una, relacionada con las imitaciones flotantes, recoge un artículo publicado hace varios años en Danica, en el que se explican las teorías de uno de los grandes, Gary LaFontaine. La segunda parte, se refiere a los efectos de la luz debajo del agua. Algo más novedoso y sumamente interesante: a ver si conseguimos entender por qué esos perdigones de colores exóticos y llenos de brillos imposibles resultan ser tan efectivos.

Moscas Atractoras: la importancia de la Luz y el Color

Probablemente por deformación profesional, siempre he pensado que “todo está en los libros”. Y, sabiendo buscar, la pesca no es ninguna excepción. Hay auténticos maestros, que han dejado información a raudales escondida entre las páginas de sus publicaciones. Para mí, sin duda alguna, uno de los más grandes fue Gary LaFontaine. Vuelvo una y otra vez sobre sus libros, sin dejar nunca de asombrarme por la profundidad y originalidad de sus ideas, expuestas con un estilo ágil y vivo, con un entusiasmo contagioso. Uno de estos libros, de título “The Dry Fly. New Angles” esconde en su último capítulo lo que LaFontaine llama “Una Teoría de la Atracción”: el análisis más completo y convincente de por qué en algunas ocasiones funcionan especialmente bien moscas que no imitan ningún insecto natural, sino que excitan la curiosidad y agresividad de las truchas. El razonamiento es impecable, y se basa en un estudio científico de la luz y el color. A continuación presentaré un resumen simplificado de estas ideas, pero recomendando vivamente a quien tenga un mínimo conocimiento del inglés que se deleite con la lectura del original de LaFontaine. Por mi parte, mi consejo siempre será el mismo: ¡leed a los clásicos! Y, sin discusión, LaFontaine es uno de ellos.

Notas sobre la Teoría del Color

El punto de partida es entender la composición de la luz solar. Simplificaremos al máximo, para no perdernos con tecnicismos exagerados; no se trata de dar una clase de Física, sino de entender los fundamentos que se ocultan detrás de la elección de un color u otro a la hora de montar una artificial.

Desde Newton, sabemos que un rayo de luz blanca está formado por la combinación de rayos de diferentes colores. Esto se puede comprobar haciendo pasar la luz a través de un prisma de cristal, que descompone el rayo de luz blanca en sus distintas componentes; básicamente este es el fenómeno que produce la visión del arcoiris, cuando los rayos del sol atraviesan las gotas del agua de lluvia. Los colores que componen la luz blanca (lo que los físicos llaman el “espectro visible”) van desde el violeta al rojo, pasando por el azul, verde, amarillo y naranja. Para simplificar aún más los agruparemos en tres bloques: “azulados”, “amarillentos” y “rojizos”.

Si vemos un objeto de color amarillo, es porque refleja rayos de luz amarilla, mientras que absorbe los rayos rojos y azules. Si suponemos que sobre ese objeto incide una luz compuesta por un 33,3% de rayos azules, un 33,3% de rayos amarillos, y un 33,3% de rayos rojos, ese objeto reflejará parte del 33,3% de los rayos amarillos que recibe (cuanto mayor sea esta parte reflejada, más brillante veremos su color) y prácticamente nada de los rayos rojos o azules. Por otro lado, los objetos de color blanco reflejan por igual los rayos azules, amarillos o rojos.

La observación fundamental (bien conocida por los aficionados a la fotografía), es que la composición de la luz solar cambia a lo largo del día, y también según las distintas épocas del año. Para convencernos de este hecho, pensemos en el siguiente ejemplo: Imaginemos una montaña nevada. Con la luz del mediodía, la nieve se ve con un brillante color blanco. Sin embargo, al amanecer o al atardecer, veremos la montaña con tonos rojizos y anaranjados. Teniendo en cuenta que la nieve es blanca, y por tanto refleja por igual los colores azul, amarillo y rojo, esto quiere decir que al amanecer o al atardecer la mayoría de la luz que recibe es de color rojo.

Un ejemplo es la famosa “Ayers Rock”, la gran roca del
desierto australiano. Su color parece cambiar a lo largo del día, conforme
cambia la luz del sol, hasta que al atardecer se vuelve de un espectacular
color rojizo. Al mediodía todo lo que la rodea es tan luminoso como la
propia roca. Al atardecer todo parece apagado, salvo la roca que refleja
la luz naranja que predomina en el ambiente y brilla como si tuviera luz
propia. Si en ese lugar hubiera un río, y si en ese río hubiera una
trucha, y si a esa trucha le presentásemos una mosca verde y una mosca
naranja, ¿cuál vería mejor?

Vamos a intentar aplicar este descubrimiento cuando vayamos de pesca. Supongamos ahora que estamos a la orilla del río, en esos momentos del atardecer. Según el razonamiento anterior, la mayoría de los rayos de luz en ese instante son rojos. Para fijar las ideas, supongamos que el 70% de los rayos son rojos, el 20% amarillos, y el 10% azules. Por tanto, un objeto rojo reflejará buena parte del 70% de la luz que incide sobre él; mientras que un objeto verde refleja menos del 30% restante (pues absorbe todos los rayos rojos, es decir, el 70%). En conclusión, en esas condiciones de luminosidad un objeto rojo aparecerá mucho más brillante que uno verde (o azul, o amarillo). Por el contrario, a mediodía dominan los rayos azules y amarillos. Por tanto, en ese momento un objeto verde se verá más brillante que uno rojo.


Fotografía: Jesús García Azorero


Fotografía: Jesús García Azorero

Hay muchos ejemplos en apoyo de esta teoría: analicemos la mosca atractora más famosa, la Royal Coachman. Sus componentes son los siguientes: alas blancas, que reflejan el máximo de luz bajo cualquier condición de luminosidad. Parte del cuerpo en pavo real, verdoso: brillante bajo las condiciones de luz de mediodía. El centro del cuerpo rojo, y el hackle marrón rojizo: brillante bajo las condiciones de luz de amanecer y atardecer. Por tanto, este modelo siempre presenta alguna parte brillante a los ojos del pez, bajo cualquier condición de luminosidad.

Otro ejemplo podría ser la pregunta planteada por Alejandro Viñuales en el número 19 de la revista Danica, refiriéndose a los montajes de algunas emergentes de efémeras: ¿Por qué un insecto que nosotros vemos de color oliva claro se imita con éxito con colores rojizos? Tal vez esas imitaciones rojizas son especialmente efectivas con la luz del atardecer, simplemente porque en ese momento son mucho más visibles a los ojos de los peces.

A grandes rasgos, esta sería la teoría general. Pero conviene matizarla un poco: a veces el entorno cambia las condiciones de la luz. Por ejemplo, si un río está muy cubierto de vegetación, la luz llega a su superficie tamizada y reflejada a través de las hojas. Como éstas son verdes, eso quiere decir que reflejan parte de la luz amarilla y parte de la azul, y absorben la roja. Entonces, bajo esta cubierta de hojas verdes, una mosca rojiza se verá como algo opaco, pues prácticamente no le llega luz roja que reflejar. O, por el contrario, si estamos pescando en una poza situada al lado de una gran roca rojiza, y la luz llega rebotada desde esa pared, entonces la mayoría de los rayos reflejados serán rojizos, y eso haría brillantes a las artificiales rojas o naranjas, y opacas a las artificiales verdes.

Qué tendrán las truchas de esta poza, que siempre quieren moscas rojizas…
Fotografía: Javier Peña

Como ya comenté antes, todo esto es bien conocido por los expertos en fotografía, que incluso tienen un nombre técnico para distinguir estas variaciones en la composición de la luz: ellos hablan de “temperatura de color”. De hecho, según cuenta LaFontaine en su libro, una fotografía defectuosa fue la clave para descubrir su “Teoría de la Atracción”. Al revelar una imagen de una escena de pesca en una poza situada al pie de una colina de arenisca rojiza, que había sido tomada sin la precaución de utilizar el filtro apropiado, descubrió con desagrado que un fuerte tono anaranjado dominaba toda la fotografía. El agua, el pescador, la roca del fondo…todo era naranja. Pero esto le hizo recordar que, desde siempre, sin razón aparente, justamente en esa poza eran las moscas de color naranja las que ofrecían resultados más consistentes. Al conectar los dos hechos, encontró la clave para desarrollar su teoría.

La “Double Wing”

Una vez aceptado que el color de una mosca atractora debe ser elegido en función de las condiciones de la luz del ambiente, LaFontaine y sus colaboradores se lanzaron a un proceso de ensayo y error, combinando distintos materiales y técnicas de montaje, en busca del “atractor perfecto”. Por supuesto, la perfección no existe, y en esto de la pesca mucho menos; pero en cualquier caso, fruto de sus múltiples ensayos nació un modelo con unas cualidades excepcionales: la “Double Wing”. He de reconocer que esta mosca me llamó la atención desde el principio, y por una razón bastante ingenua: las moscas diseñadas por LaFontaine, siempre muy efectivas, eran habitualmente modelos de un montaje muy simple, minimalista, buscando la eficacia por encima del aspecto estético. Sin embargo la Double Wing rompía un poco con esta característica, pues su montaje, como veremos a continuación, es bastante elaborado. En resumen: si LaFontaine se tomaba tantas molestias en un montaje, debía ser por algo. La entusiasta respuesta de las truchas me confirmó muy pronto que mis sospechas eran muy fundadas.


Fotografía: Francisco Muela

Pero vayamos con la descripción del montaje. Como ya he dicho, es bastante elaborado, y una Double Wing en un anzuelo del número 20 puede calificarse sin exageración como un ejercicio de virtuosismo para cualquier montador. De atrás hacia delante, lo primero que vemos es un “tag”, una pequeña cola a modo de exhuvia, hecha con antron. Luego, el tercio trasero de la tija del anzuelo lo cubre un abdomen de forma cónica montado con seda, sin brincar. Sobre todo ello, va un ala de pelo de ciervo, montada al estilo de los tejadillos de los tricópteros. La justificación de este primer tejadillo es servir de pantalla, para que el color de la cola y el abdomen no se distorsione por el color del cielo. Después, en lo que sería el tórax de la mosca, se monta con un dubbing esponjoso y suelto de antron (o bien, en algún modelo, con unas fibras de pavo real), sobre el que se enrolla una pluma de gallo en “palmer”. De este palmer se recortan las fibras de la parte de arriba y de la parte de abajo, dejando solamente los laterales. El objetivo de esta operación es doble. Por un lado, el tórax queda como la parte más ancha y visible de la mosca; por otro lado, las fibras que se proyectan horizontalmente por los laterales actúan como un perfecto estabilizador: a no ser que hagamos una posada extraordinariamente brusca, esta mosca va a navegar siempre en la posición correcta. Esto es extraordinariamente importante para una atractora, pues este tipo de moscas son especialmente eficaces en las dos o tres primeras pasadas sobre cada postura, disminuyendo enormemente su efectividad a partir de ese momento.


Fotografía: Francisco Muela

Por otro lado, pensemos en ese tipo de pesca tan popular en los Estados Unidos, en el que los pescadores descienden río abajo en una barca: en esas condiciones, no hay oportunidades de insistir con más de un par de lances sobre cada postura, por lo que es fundamental asegurarse de que en cada lance la mosca va a posarse de forma correcta. Sobre este tórax montamos un segundo tejadillo con un mechón de pelo blanco de ternero (que puede sustituirse por algún material sintético que no absorba agua; especialmente en los anzuelos pequeños se hace difícil trabajar con el pelo natural), extendiéndose hasta el borde del primer tejadillo de pelo de ciervo. Aparte de “repartir” uniformemente la luz sobre el resto de la artificial, este mechón blanco es un perfecto indicador, que mejora sustancialmente la visibilidad de la mosca. Por último, una cuantas vueltas de hackle de gallo en cabeza completan el modelo que LaFontaine y sus colaboradores bautizaron por razones obvias como “Double Wing”.

En cuanto a los colores, dependen directamente de las condiciones de la luz en el momento en que se vaya a usar la mosca.. Por eso, diseñaron múltiples variantes, cada una de las cuales está pensada para unas condiciones particulares. Originalmente, en “The Dry Fly: New Angles” se presentan hasta once variantes. En un libro posterior, “Trout Flies: Proven Patterns”, la selección se reduce a cinco modelos básicos:

GRIS. Para tiempo nublado.
Cola…………………….Gris.
Abdomen……………. Blanco.
Ala trasera…………… Pelo de ciervo.
Tórax…………………. Dubbing gris + Palmer de gallo cree.
Ala delantera……….. Pelo blanco.
Hackle……………….. Grizzly.

NARANJA. Para amanecer y atardecer.
Cola……………………. Naranja.
Abdomen…………….. Blanco.
Ala trasera……………. Pelo de ciervo.
Tórax …………………. Dubbing naranja + Palmer de gallo marrón.
Ala delantera………….Pelo blanco
Hackle………………….Grizzly.

ROYAL. Todo terreno, especialmente útil con tiempo soleado.
Cola…………………….. Verde.
Abdomen………………. Rojo.
Ala trasera…………….. Pelo de ciervo.
Tórax…………………… Pavo real + Palmer de gallo marrón.
Ala delantera…………. Pelo blanco.
Hackle…………………. Gallo marrón.

LIMA. Mediodía, o ríos muy cubiertos de vegetación.
Cola…………………….. Verde limón.
Abdomen……………… Blanco.
Ala trasera……………. Pelo de ciervo teñido de verde.
Tórax…………………… Dubbing verde limón + Palmer de gallo oliva grizzly.
Ala delantera…………. Pelo blanco.
Hackle…………………. Gallo grizzly.

AMARILLA. Tiempo soleado, mediodía, o épocas de eclosión de insectos amarillos.
Cola……………………… Amarilla.
Abdomen………………. Blanco.
Ala trasera……………… Pelo de ciervo, de color claro (amarillento).
Tórax……………………. Dubbing amarillo + Palmer de gallo ginger.
Ala delantera………….. Pelo Blanco.
Hackle………………….. Gallo grizzly.

Estos modelos, montados en anzuelos del 12 al 20, pueden cubrir gran parte de nuestras  necesidades cuando pescamos al agua en ausencia de eclosiones. Pero hay que tener la precaución de respetar las reglas para la elección de los colores: el modelo naranja, perfecto en un atardecer despejado en el mes de Septiembre, se puede convertir en una máquina de espantar truchas si nos empeñamos en usarlo un mediodía de Junio. Otra cuestión es preguntarnos si las truchas de nuestros ríos reaccionan igual que las americanas ante los colores realmente estridentes de algunos de estos modelos; he de confesar que muchas veces abrigaba la secreta esperanza de poder llevar la contraria a LaFontaine en alguna de sus afirmaciones…pero hasta ahora no he podido. Mi experiencia personal, y la de otros colegas que han probado estos diseños, confirma punto por punto lo que dicen sus libros. Hay que leerlos.

Jesús García Azorero. -azorero-

Escrito por Admin

    2 comentarios

  1. mihijopescador 04/02/2016 at 11:38

    Mira que nunca he tenido mucha fe en los montajes clásicos de “atractoras”, aunque de hecho, muchas de las que tengo en la caja de pelo de ciervo son eso, atractoras. Pero de las clásicas creo que nunca he atado ninguna por el prejuicio de considerarlas demasiado “marcianas”. Tendré que probar…

  2. farioreo 07/02/2016 at 05:29

    estoy de acuerdo con los colores.Sobretodo el naranja al anochecer si hace sol,claro.Muchos yo incluidos ,sobretodo aqui por usa,las tractoras suelen ser amarillas,verdes azul morado y o pavo real con algo de rojo y mucha ala blanca de ternera.Todas funcionan ,por algo será.saludos.

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