Deseando a todos mis lectores en CONMOSCA un año feliz en su vida, se me ocurrió recordar las siguientes páginas de un libro con historia ¡!!!

Hace poco me acordé por casualidad de un chico español que después de aprender a decir papá y mamá como todos los niños sólo supo gritar luego, a la hora de comer : ¡YO MÁS! Era tan insólita su insistencia que llegamos a llamarle Yomás como si fuera su nombre, como si, por ejemplo, se llamara Tomás.Año Nuevo 3

La asociación de ideas que siempre guía nuestros vagabundeos mentales, por lo menos los míos, puso en la pantalla de mi fantasía las figuras arrolladoras de algunos pescadores quienes, al fin y al cabo, cuando hablan de sus pescatas expresan un “Yomás” muy parecido al de aquel chico. Claro que lo que se acepta del egocentrismo infantil no se admite tan fácilmente de señores mayores. El “Yomás” del adulto es una desgraciada muestra de inmadurez sobre la que quisiera meditar. En las cosas de la vida como en la práctica de nuestro deporte no es malo, de vez en cuando, intentar descubrir lo que pasa debajo de la superficie. Hace ya varios lustros que están cambiando las mentalidades de los pescadores. Se practica cada día más el captura y suelta, bien porcompromiso personal o por obligación en las aguas de pesca sin muerte. Sin embargo estos cambios, por muy apreciables que sean, no son más que una faceta de una sana y serena ética de la pesca. Nuestro deporte no tiene mayor trascendencia si no forma parte de una más amplia conciencia ecológica basada en la conservación mutua de la calidad de vida y de la naturaleza, una conciencia y un pensamiento donde ni siquiera brotaría la idea de pescar más y más grande como criterio de valoración personal, donde no se rebuscarían por sistema las más grandes capturas en los más grandes ríos de los más hermosos países del mundo, de los que algunos vuelven muchos transformados en “Yomás”.Alaska 1993

En un viaje que hice a Alaska con un grupo Hispano francés nos divertimos pescando el salmón de la época, el “Red Salmón”, que los Alaskianos consideran con razón como muy sabroso persiguiéndolo por todas partes a pesar de su pequeño tamaño. Al volver a casa tuve que arrostrar la rechifla de un “Yomás” que me miró con desprecio esgrimiendo fotos de grandes “Kings” que él había pescado en junio. No le avergonzaba para nada conocer sólo de Alaska el campamento donde una avioneta había dejado aislado todo su grupo durante una semana.

Cada año pesco el Futaleufú en la provincia de Chubut en Argentina con respetables pero medianas capturas e inolvidables emociones frente a los excepcionales paisajes. En el viaje de regreso tropecé una vez en el avión con un compatriota que volvía del Río Grande del Sur patagónico famoso por sus truchas gigantes. Sentí que este hombre, que no sabía hablar de otra cosa que de sus pescatas, se compadecía en su fuero interno del pobre inútil que cambiaba de hemisferio para pescar truchas que, al fin y al cabo, se podían pescar en Europa. Intenté explicarle en vano que el auténtico amante de la naturaleza busca otra cosa que las truchas trofeo.

No intenté tamCapturapoco explicarle que volvería a volar hasta el Futaleufú para conocer otra vez aquel contacto duro pero sano y feliz con el río saboreando el lujo de beber agua entre mis botas cuando me curte y me reseca demasiado el sol de la cordillera. Este contacto físico con el río y la comunión con el entorno es para mí la suprema justificación del viaje. Luego si saco truchas de gran tamaño como todos los pescadores me alegro pero no es la primera necesidad y hasta diría que me siento más a gusto en “Yomenos” que en “Yomás”.

Soy muy consciente de que cambiar nuestros criterios, romper los esquemas de una vida precipitada y exageradamente materialista, no es fácil. Pero también le toca a cada uno andarse con tiento por el camino de la vida sin caer en cualquier tópico, en cualquier prejuicio, en cualquier moda. Cuando pesqué el Futaleufú leí a ratos perdidos (o ganados) el “Diario de un Mago” del Brasileño Paulo Coelho. Me parece oportuno, en conclusión, citar algunos renglones del capítulo sobre el entusiasmo :Orillas Futa.

“Estábamos pescando en aquella tarde, después de haber pasado toda la mañana caminando. Ningún pez había mordido el anzuelo, pero mi guía no le daba la menor importancia a esto. Según él, el ejercicio de la pesca era más o menos el símbolo de la relación del hombre con el mundo…”

 

 

— gR —

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