3El viejo llevaba muchos años sin entamar tertulia alguna de pesca. Sorteaba con audacia todos los chigres de pescadores incluso aquellos únicamente habitados por los mosqueros. Recuerda que incluso antes de fallecer su mujer, ya no discutía con nadie de moscas y peces. Fue justo tras su última trasformación donde se dio cuenta, que alcanzado el grado supremo, esa técnica fina e inapreciable para el resto de los mortales. Cualquier intento por explicar su nueva actitud ante el río, se igualaría a recolectar piñas en saco sin fondo. Además entendía que tanta explicación, escritura y palabrería sobre la técnica y los por mayores de este ancestro arte, revertían en generaciones enteras de mosqueros incompletos, frustrados y victimas de evoluciones o mejor dicho mutaciones desafortunadas y antinaturales. Claro ejemplo de ello era que desde la última depuración de su técnica, se había convertido en una especie de fantasma de la ópera, a pie de río. El resto de semejantes que se cruzaba por la rivera apenas si le saludaban. Y si se dignaban a levantar la cabeza, lo hacían con la misma distinción con la que él daba las buenas a los paseantes o montañeros que se cruzaba por los senderos de rivera. Como seres de tercera, incrédulos, ateos, analfabetos, desconocedores por completo de la realidad del agua y su fluir. Ese fluir que el veterano ya entendía de forma tan natural como la de las Xianas y sus fuentes o las de los Xianos y sus nieblas…

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El caduco mosquero tras muchas divagaciones y estudios al respecto, a la sombra de los chopos. Tras no menos discusiones consigo mismo y con su socio de cuatro patas e incluso con su sombrero. Había construido la hipótesis universal del verdadero pescador a mosca. Este último apunte, a mosca, era clave en toda su tesis. Sus conjeturas desvelaban que cualquier pescador que no fuera un verdadero amante de los insectos sin alma, podría hacerse por el camino, con los devenires de los años y el aburrimiento de una vacía existencia. Tan solo necesitaba una caña, un carrete y una cesta. Y con unos pocos años de práctica, podría tensar la correa del cesto, con el indecente peso de sus víctimas. Pero un mosquero no se hace, simplemente nace. Pues al igual que los verdaderos artistas, un virtuoso de los pelos y las plumas ha de nacer con el don. Hay niños que ven la luz en las urbes, lejos de cualquier fuente de humedad, que son capaces de entender el cantar del agua, antes que la voz de sus propios progenitores. El mosquero es la representación carnal de una Xiana, un hechizo de las aguas que toma forma humana. Al menos ese era el pensamiento que tenía el Patriarca, de su propia persona. Tras sentir como los años y el líquido elemento, le habían convertido en parte inseparable de la mitología de su tierra.
Escrita en el aire e impresa en su mente la teoría. En camino de forma natural, una tras otra, todas las trasformaciones que posteriormente entendió como lógicas y tardías. La primera, incluso antes de tener claro la tediosa doctrina. Fue la jubilación de su cesta, aunque no le dio mayor importancia, pues hasta el más incompleto de los activistas a pluma había superado dicha fase, sin ningún tipo de esfuerzo. La más importante y que acelero todas las demás, fue la quema del chaleco. Lo vio arder con sosiego, tras liberar todos los recuerdos que había guardado en sus bolsillos.
Fue un hermoso día de finales de mayo, bajo el sol de mediodía, cuando se obró el último de los milagros. Nuestro decrepito personaje busco reposo, sobre una hermosa y opulenta piedra dorada, que asomaba panzuda en medio del cauce del Pigüeña. Un enorme reo afloró sus narices a escasos metros. Sin saber cómo su trico de oreja de liebre desapareció en las fauces del pez. Levanto la mano y tenso el aire, iniciando así una titánica pelea. El reo encamino demasiadas carreras y saltos, con una fuerza más típica de otra dimensión, como si de un diablo burlón se tratara, pero todas ellas fueron frustradas por los magistrales movimientos de la mano del anciano. No por ello su rival desistió del típico paseíllo entre las piernas. Pero ni todo el empeño de su última carrera y ni toda la fuerza de la corriente, hicieron temblar su pulso. Nuestro otoñal mosquero dirigió sus dedos a la orilla más muerta del río y freno la voluntad de su rival. Rendido a sus pies, el viejo liberó de la nada al reo. Fue pues cuando pez y pescador recobraron el aliento. Uno nadando y oxigenando sus branquias río arriba. Y el otro hinchando sus pulmones a la par que ensangrentaba sus ojos. La caña yacía inerte sobre la barriguda piedra, no se había movido ni un solo centímetro, desde que su primera fibra de carbono toco el granito. En su mano izquierda la escama del reo, pero en la derecha ni el recuerdo lejano del corcho. Como explicar el suceso, había sido un sueño, una ausencia típica de los años o peor aun principios de alzhéimer… Pero nada de eso cobraba consistencia, pues la escama del pez reflejaba el sol en su mano. El contrincante dejó como tributo por su liberación una hermosa escama. Que llevo a la boca con intención de que se esfumara como el humo. Pero no era humo ni sueño ni locura, tenía la consistencia de la realidad. Tardó unos minutos en apearse del asombro. Y fue dando poco a poco cuerpo al suceso.
La somnolencia invadió todos sus sentidos. La misma que había sufrido en el resto de sus trasformaciones. Recogió sus enseres y con no pocas dificultades en el camino, dio sentido a que refrán que el mismo murmuraba todas las noches “cuerpo triste mete por donde saliste”. Su amanecer trajo más antelación, que la del gallo más veterano de su querida Villandas. El decano no tenía dudas de lo sucedido, pero sí de ser capaz de repetir tal hazaña. Se enfundó su pantalón, calzó sus botas, recogió su sombrero y con intención más que maliciosa e incluso con brusquedad aparto de su vista caña y carrete. El río, su río, su Pigüeña, esa serpiente ondulante de piedras doradas y aguas aceleradas, seria juez y verdugo como tantas otras veces. Sin ánimo de perder el tiempo, o de sucumbir tras la espera de algo de actividad. Busco esa larga y profunda chorrera repleta de enormes truchas, que desde primeras horas festejaban con sus movimientos, la abundancia de larvas de todo tipo que brotaban de entre las piedras. Lanzó sin haberla tenido nunca entre sus dedos, una de las tres ninfas que adornaban su sombrero. Toco el agua y rápidamente fue alcanzado profundidad, gracias a su mano diestra y cascada, que la acompaño corriente abajo. Una boca se abrió y el viejo tensó hasta el último de sus músculos. Un estruendoso chapoteo firma inequívoca de la acrobacia de un fornido contrincante, dio inicio a la pelea. Una enorme trucha buscaba atrincherarse tras cualquiera de los múltiples e inertes troncos que salpicaban el fondo. Sin dejar aflojar la tensión del momento ni por un solo instante, la canosa mano frustró uno a uno todos los trucos de aquel bravo pez. Un par de saltos más y en apenas media docena de minutos, el dorso pintón de una trucha lucia orillado con los primeros clariones del día. El viejo no demoró su liberación de la nada. Que hermoso lance se dijo, ha sido más natural que la propia agua.

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Un pescador a mosca nace no se hace, se repitió el viejo. Y cuando llegamos al mundo, lo hacemos desnudos, sin ropa, sin cesta, sin chaleco, sin sombrero, sin carrete ni caña… Y sin nada de esos utensilios un mosquero ya es un mosquero, desde el inicio de su existencia. Se percató de que la naturaleza ya le había equipado con el don de las aguas, antes incluso de ser concebido. Que los demás le mostraron como necesarios unos utensilios que no lo eran y que había tardado demasiado tiempo en librarse de todos ellos. Estaba listo pues para entregar su alma a las aguas y convertirse en parte de aquel cantar, al que siempre había pertenecido. No por ello tenía prisa en rendir tributo, al hechizo que le dio vida.

 

Pablo Muñiz.
Ilustraciones de Luis de la Peña Fernandez.

Escrito por Admin

    2 comentarios

  1. marianofish 08/12/2015 at 08:33

    Un precioso relato.

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