palentina

Recuerdo las palabras del Lao Tse, “quienes hablan no saben, quienes saben no hablan”. Al pescador le gusta escuchar y también le gusta el silencio. Tras desayunar, busca la ribera llena de maleza para no ver la carretera y las casas del pueblo. Se mete en el agua en una poza honda y con corriente fuerte y saca en pocos minutos seis truchas. Se siente perplejo, ni siquiera puede permitirse el lujo del sombro. Le parece una fortuna maravillosa y una abundancia prodigiosa en una río en el que se pesca mucho y se mata. Algún pleco grande se atreve a cruzar la corriente y las truchas le atacan primero para medio hundirle ante de comérselo con glotonería.

“El tiempo es difícil de encontrar y fácil de perder”. El pescador hace años que descubrió que sólo en el río el tiempo no se pierde y se encuentra sin dificultad. Basta mirar el horizonte de nubes en las crestas, los mil diminutos sucesos que ocurren en el mundo pequeño de una orilla. Sigue pescando despacio y se encuentra con J. Sin proponérselo comienzan a pescar juntos. El uno a seca, el otro a ninfa. El pescador lanza las ninfas y mientras pesca con los dedos sus ojos se van a la seca del compañero. Es casi como pescar con dos cañas. J. pesca despacio, con soltura, con una elegancia sencilla y perfecta, la seda apenas visible, la posada precisa y suave. El pescador aprende. Quienes saben no hablan, recuerda. En la cabecera de una tabla perfecta, con corriente, profundidad y estrechada por maleza a ambos lados, lanza varias veces las ninfas pesadas. Clava una pequeña que se suelta. Insiste. Siente entonces el cabeceo de una grande, su carrera. Lucha rio abajo durante largos segundos que duran y se saborean como horas, igual que días enteros.

El tiempo que encontraron por la mañana aún no lo han perdido, sigue atado a sus líneas y señuelos. Continúan pescando el día entero, el uno a seca, el otro a ninfa, tocando truchas, subiendo río arriba, mirando las montañas donde habitan los osos y beben las tormentas. El pescador se sienta algunas veces sobre una piedra alta a contemplar los lances, a disfrutar de picadas, falladas y clavadas con la seca. Incluso aún más porque muchas veces el ángulo de su posición desde la otra orilla le permite ver mejor la mosca del compañero y comprobar que tantas veces las que fallan son las truchas.

También escribió Lao en el siglo IV a. C. que “el agradecimiento es la memoria del corazón”. De alguna forma las emociones, ciertas emociones sentidas al vivir ciertos momentos junto al agua se quedan bien anclados en la memoria y perduran en lugares misteriosos del cerebro durante muchos años, quizá la vida entera. Ya de tarde se encuentran con los otros pescadores que bajan de haber estado caminando por ese mismo río a la altura en la que beben las tormentas y viven aún los osos. Ve el mismo agradecimiento en los ojos de todos, el mismo cansancio disfrutado, la misma certeza de que encontraron junto al agua, pescando truchas, un tiempo de verdad propio, un tiempo que no han perdido en todo el día.

Seguro que Lao Tse era pescador de truchas por los ríos de montaña de su tierra, si no de qué iba a escribir todo eso.

Foto: Jesús G. Azorero atando una de sus moscas.

Foto: Jesús G. Azorero atando una de sus moscas.

 

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