Soy cazador y pescador desde muy joven. No hay sentimiento negativo cuando mato una paloma, ni cuando mato un pez, aunque me repugna hacer sufrir  a una pieza – o verlo- de forma innecesaria. O sea, sufrir más allá de la putada que ya le haces al animal, lo que en Derecho Penal equivaldría,  más o menos, al agravante de ensañamiento. Cosas como la infinita calma que necesitabas para apostarte en el lugar propicio de la alameda y disparar con eficacia, o aguantar en pleno verano horas y horas esperando que la veleta  se moviera en la orilla de un embalse, forman parte de mi educación y estoy contento de que sea así. Emocionalmente me afecta lo mismo matar una trucha que soltarla, con alguna puntualización que comentaré al final; cada temporada me llevo a casa mi media docenita para una entrañable cena familiar y ahí parece que se calman mis instintos predadores.

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Me resulta imposible enfocar la pesca sin muerte desde un punto de vista cualitativo. El aporte ético de soltar un pez a mi me parece ínfimo, porque la única excusa que se sostiene es la del interés propio para tener más truchas cuando vuelvas al río -argumento muy extendido por cierto- lo cual, aun siendo un criterio absolutamente aceptable, merece la misma consideración que cualquier otra actuación en provecho de uno mismo.

No hay  nada de conservacionismo en el hecho de soltar los peces, ni atisbo, ni el más mínimo asomo. Es como si nos dedicamos a cazar por ejemplo ciervos, mediante dardos anestésicos, para tirarnos una foto al lado de su cuerna; irrumpimos de forma ignorante en su ciclo de vida, en su metabolismo, en su salud y en lo que se nos ocurra y luego lo dejamos, entre caricias, que se vaya poco a poco a trancas y barrancas exponiéndole a depredadores, a su propia posición en la manada, a nuevas enfermedades y lo que se nos ocurra también. Queda, eso sí, el paupérrimo argumentillo de que efectivamente eres conservacionista con respecto a otro cazador que dispara con munición real: “oiga, yo soy mejor que este asesino porque yo solo doy palizas” pues sí, vale, pero es evidente que hemos optado. Adoramos a esos peces igual que el cazador lo hace con la perdiz o el ganadero con sus toros de lidia; es evidente que la pesca es una opción. Y más aun: dada nuestra elasticidad de principios y valores –magníficamente descrita por Groucho Marx en una tesis doctoral de una sola frase- cabe incluso que una única persona integre -con éxito y coherencia aparente- líquidos de  densidades diferentes.  Hay agrupaciones de pescadores cuya lucha para mejorar los ríos y el hábitat de los salmónidos hace de sus asociados verdaderos y valiosísimos conservacionistas, y efectivamente lo son cuando pleitean por la demolición de una presa o cuando se van a arreglar frezaderos colmatados, pero dejan de serlo durante el período en que se meten en el río a pinchar peces y arrastran, como todos, un buen palmarés de truchas agonizando con un piercing s/m en la garganta y un bajo del 10 anudándose en las espigas de agua. No se pescan truchas para conservarlas.

Sin embargo sí veo válido un planteamiento puramente cuantitativo por lo dicho más arriba, ya que es obvio que trucha que no matamos, trucha que ahí se queda para nuestra propia diversión, sin que quepa aquí tampoco ni un gramo más de carga intelectual, ni de vestir al Santo para que sea más guapo. En la Roma Clásica tenían la costumbre tan conocida de los espectáculos de anfiteatro, que empezaron siendo pugilatos elegantes y derivaron en grotescas barbaries,  entre las que figuraban mezcolanzas de animales y hombres, que siempre terminaban fatal. Séneca, nuestro paisano universal, fue de los pocos prohombres que jamás pudo aceptar semejantes costumbres porque no entendía cómo infligir daño pudiera constituir un objeto de diversión; dejó escritas cosas interesantes y, para no ser reprendido por el insigne cordobés, al soltar las truchas las dejo ir sin loas, sin cánticos espirituales y sin besitos; a veces he intentado dedicar algo de cariño al tema pero me siento ridículo, hablo por mí.

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Sea como sea, y al margen de mis típicas parrafadas impertinentes, es indiscutible la importancia de devolver las truchas si queremos que nuestra afición tenga futuro. Es un hecho que donde se pesca sin muerte hay más truchas y – tan importante o más – los tramos deben ser muy extensos porque las pintonas, como todos los bichos, necesitan espacios de tranquilidad para hacer su vida. En El Chorrón, por ejemplo, en la tabla por encima del refugio, las truchas se ceban todo el día en la única zona a la que es imposible acceder.

Iniciativas de amplio calado como la de CyL, haciendo gala de un  pragmatismo inteligente, lamentablemente escaso, han puesto de manifiesto que hay grandes espacios de mejora. En otras regiones, como la mía sin ir más lejos, ya se actuó en ese sentido pero, considerando el peso decisivo de la meseta norte en estas cuestiones, en mi opinión es lo más importante  que ha pasado en España desde hace mucho tiempo. Se debería estar hablando de ello todos los días. Aprovecho esta pequeña ventana para enviar un mensaje de ánimo a los gestores y funcionarios de quienes depende su continuidad, para lo cual esas personas tendrán que resolver complicados retos, que pasan –entre otros- por demostrar que el crecimiento de poblaciones trucheras que se prevé, redunde de forma directa en riqueza y trabajo que –a su vez- se pueda rentabilizar políticamente. Eso es básico porque por detrás hay votos y posibilismo; o sea, y para que se me entienda, en su día fue el turismo y su dinero –y no nuestro educadísimo, finísimo e inútil gusto por el arte- lo que salvó a los patrimonios históricos de todo el país. Un sistema donde debería reinar la pesca sin muerte junto a un sensato movimiento de cotos y/o AREC,s lo más inclusivo posible. Entre tanto, no nos pongamos muy estupendos que, según el dicho popular, los conversos son los más fanáticos, y no es justo “cosificar” a nuestros vecinos de calle, sea un sirio, un subsahariano, un abuelete pescador de cebo y cesta, una nutria o cualquiera de nosotros.

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Hace muchos años mi amigo Luís viajó a la Patagonia chilena y, cuando volvió, hablando con él un día me dijo: “ha sido una experiencia bonita; es muy importante que la gente experimente la satisfacción y el bienestar de soltar las truchas”. Y es verdad, a pesar de mis comentarios iniciales, a estas alturas de mi vida algo de eso hay;  no sabría a que atribuirlo, pero me temo que por detrás no esta la bondad natural del buen salvaje, ni la mía; quizá, más bien, algo parecido al gustazo que un dios pagano y veleidoso experimenta cuando decide que un insignificante hombrecillo, abocado a una muerte inminente, siga viviendo por simple deseo suyo…Y el mosquero abre la mano y concede a la trucha el privilegio de nadar hacia la libertad. Pollice Verso. No se, la condición humana es complicada.

Diario de pesca. Semana de la Trucha. Viernes 13 de junio de 2003, Bernesga. “…paso las sucesivas tablas lanzando largo y sin fe, buscando corrientes similares y en cada una de ellas, engancho mi par de truchitas. Llego con doce aproximadamente a la poza de al lado del campamento juvenil donde desemboca un pequeño regato del que no recuerdo el nombre, y lo bordeo para lanzar a un par de cebas en la orilla contraria. Antes de llegar, un par de lances río arriba de la poza, en zona de corriente  y  una cuarta de agua. Una tomada imperceptible, clavo y aquello empieza a agitarse y arremolinarse, algo muy grande, he robado un barbo, pero no, de repente sale remontando cauce con el lomo fuera del agua. Un truchón descomunal, la efemerita del 20 y bajo del 12. Dejo que suba, no podía hacer mucho más, mientras saco línea  para aguantar envites, pasan unos minutos y el pez baja entre los chorros hacía la poza, pasa delante de mí con la boca abierta. Mi reino por una cámara… o un testigo, joder. Las plegarias son escuchadas y aparece el guarda,  con otro pescador. Mientras, la trucha se pierde en las profundidades de la poza. ¿No tendréis una cámara, verdad?, a ver, para mí la van a tener. Poco a poco el pez se entrega, muy despacio; estoy en la poza con el agua en la cintura. Me da una vuelta, trato de ensalabrar pero reacciona como un demonio. Empezamos.  Sube y me da otra vuelta, veo su boca que se abre y se cierra con parsimonia, moviendo la cabeza en un último intento de liberarse. Fuerzo un poco, coloco la manguilla, aflojo y ella sola entra en la red. La llevo hasta la orilla y la medimos, 55 cm. gorda como una carpa y dientes dignos de un lucio. Por favor, si alguien la vuelve a capturar que la devuelva. En la película “El estanque dorado” un abuelo –en varias secuencias deliciosas- creaba el mito a su nieto de una trucha gigante y esquiva, lo mejor o lo único que he recordado siempre de aquella película de la familia Fonda. A lo largo de mi vida me he topado con algunas situaciones de ese tipo. Con diez años fue con una oropéndola a la que esperaba apostado durante muchas tardes de verano con una escopetilla de un tío mío, hasta que un día la tuve en el punto de mira… Con catorce o quince años una carpa, “la” carpa por excelencia durante una semana (probablemente fueron varias) libró sin par batalla por su vida en aguas de la cuenca del Tajo y, no hace tanto, un Bass, propietario de un árbol sumergido, tuvo que optar entre su vieja sabiduría y su mala leche, entre otras que recuerde. No siempre el pulgar lo puse hacia arriba. Ya en León, unas cervezas en jarras de medio litro con los amigos en una taberna estupenda, cena a base de  vino de la tierra y unas copas en condiciones. Al día siguiente Rioseco frustró las esperanzas que siempre tengo en este coto, generoso en los últimos tres años. Llegué como hacia las 11,30 …”

Marco Payo. -Toledano-.

Escrito por Toledano

    5 comentarios

  1. azorero 06/10/2015 at 11:32

    Muy buen artículo: es muy sano ponerse de vez en cuando delante de las contradicciones que todos tenemos en nuestro interior. Las seguridades absolutas nunca me han parecido buenas.

  2. MikelCB 06/10/2015 at 19:09

    Muy interesante punto de vista con el que estoy bastante de acuerdo.

    Yo siempre he dicho que de los que pescamos sin muerte somos muy egoístas, puesto que devolvemos los peces al agua para volver a pescarlos tantas veces como podamos…

    Viene bien que lo tengamos claro porque todos estos movimientos “animalistas” no tardarán mucho en marcarnos como objetivo puesto que lo que nosotros hacemos, para ellos, está bastante peor visto que matar las capturas.

  3. Toledano 06/10/2015 at 20:54

    desde luego para mí sí son contradicciones pero habrá otras opiniones. Nuestra actividad es abominable para la PETA, y hoy día este tipo de organizaciones van cobrando fuerza, no hay más que ver los movimientos antitaurinos incluso a altos niveles institucionales. A mi no me gusta la fiesta de los toros, no la entiendo y es bastante brutal, pero tiene una estética, un protocolo y una belleza telúrica. No me gusta pero estoy a su lado a la hora de defender su permanencia. He visitado varios mataderos tanto de pollos como de reses (no por capricho) y te cagas lo que pasa allí dentro, y a que velocidad. Es fácil para cualquier ciudadano caer en contradicciones. La diferencia entre en filósofo que se precie y un pensador es que el primero tiene como reto crear un posicionamiento completo y coherente desde el que puedas interpretar todo lo que te rodea sin incurrir en contradicciones, y un pensador diserta sobre un tema concreto y mañana sobre otro sin las ataduras del primero. Conseguir no ya ser el primero sino remotamente mantener una pequeñísima dosis de coherencia entre lo que hacemos y lo que decimos que somos, solo eso, implica sacrificios y disgustos enormes; es lo que el pobre Ratzinger llamaba la relativización actual de todas las cosas. Vaya chapa, voy a tomarme una cerveza.

  4. Ernesto 07/10/2015 at 07:50

    Posiblemente no haya que buscar explicación al motivo original que nos hace intervenir en la vida de los peces para calmar nuestras inquietudes o copar nuestros anhelos. Lo más seguro es que hacerlo sería poner unas excusas que son muy fáciles de rebatir en una lógica limpia de pasiones, de herencia y de sentimientos atávicos. Para tener relación con otros seres y con el entorno en donde se desenvuelven nosotros interactuamos con ellos (y ellos con nosotros), el pescar sin muerte es un intento de pasar más desapercibidos y de intervenir lo menos posible en su devenir, pero está claro que la opción que hemos elegido va un paso más allá que la de ser un mero observador. El resto de animales que se mueven en ese entorno tampoco lo son, pero por una necesidad primaria que nosotros solucionamos de otras formas, se podría justificar la pesca sin muerte en el hecho de que si no comemos nuestras presas no es necesario matarlas.

  5. Toledano 07/10/2015 at 11:40

    lo suscribo totalmente. Además sobre este viejo asunto no hay debate ni debería haberlo. Es importante que el precedente de Castilla Leon salga bien y se pueda exportar la iniciativa a otras zonas. Está en juego un avance brutal o un nuevo intento fallido.

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