A un congénere mío de la época glacial se lo merendó un smilodon por salir por ahí  después de ponerse el sol. Disfrutar haciendo incursiones en la oscuridad debe ser un pique entre nuestro cerebro reptiliano, siempre tan prudentito, y alguna otra capa de sesos más reciente.  Como asomarse a un precipicio;  me estremecen los mensajes tan extraños que genera la cabeza en esos momentos. O plantarse en el monte a una esperita de guarros: cuando aparece la luna  no hay macolla o chaparro que se queden quietos, todo cambia sutilmente. Desaparecieron los Dientes de Sable, pero el otro día los lobos se comieron al perro de un amigo. Anduvieron toda la noche siguiendo con el móvil el rastro del chip del pobre perro, de buena raza rastreadora, pensando que el animalito se había desorientado y al final lo que iba de un lado a otro era su cabeza con el collar.

Equilibrios al amanecer en el Miño

Equilibrios al amanecer en el Miño

Hace tiempo, cuando las últimas  truchas de los pescadores finos terminaban por irse a su poza, hacia las 19,00 h poco más o menos, comenzaba un importante dilema: vas para casa, te duchas, ayudas en esto y aquello, y quedas bien; en mi caso, saliendo desde –por ejemplo- León a las 18,00,  llegaba a Toledo a las 22,00 con tiempo incluso  para  bajar al Valero a una cena informal. La otra opción era prepararse para el sereno y apostar a un incierto 5 a 1 en la ruleta; frecuentemente días yermos en peces donde se trataba de profundizar en el bolo o escapar por la consabida puerta que equipara la victoria con una retirada a tiempo, refrán siempre triste.

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He tenido serenos redondos, pero son minoría. El resto ya lo sabe todo el mundo, una mezcla endiablada de escasez de tiempo, escasez de luz,  escasez de recursos, peligro de talegazos, peligro de  perderte y truchas bailando la danza del vientre para incitarte a la imprudencia.

A los serenos voy totalmente mosqueado, como  el que siempre termina siendo el blanco de las bromas de la pandilla. Estás con el chaleco, la linterna de minero, la caña mala, el bajo del 16 y mascullando no… si ya me sé yo esto… en cuanto se arranque el hervidero, la verbena en la punta de la caña y el enganche multidisciplinar en la zarza más vieja de la provincia. La venda antes que la herida. Allí me espera todo lo que no busco en la pesca, subidas de tensión, autocrítica, autodecepción, inadmisible falta de orden pero sobre todo, sobre todo, algo que echa por tierra cualquier resto de educación esmerada que me pueda quedar: enfadarme con las cosas; con la tijeras, con el ojo del anzuelo y con el hilo que se niega estúpidamente a entrar por propia iniciativa; con la mosca que se empeña en hundirse, con las algas dentro del carrete… Decía el catecismo  de mi niñez que la ira es el deseo desordenado de venganza (estupenda forma de legitimar la venganza si es dentro de un orden; magistral el Ripalda, como siempre). Cuando descargamos nuestra frustración sobre los objetos, mostramos nuestro lado más tonto de entre todos los posibles (el tenista manta que tira la raqueta  o el destornillador que paga nuestra culpa de habernos traído un mueble de ikea con su incomprensible plano de montaje…).

En el Órbigo conocí mi segundo sereno (el primero fue en Triollo) hacia el primer lustro de los noventa. Pernoctaba entonces en Benavides, y compraba moscas de Tomás Granizo al tiempo que desayunaba; hablo ya de secas, obviamente, tenía unos tricos muy majos. Sufrí mucho, pero Sardonedo me ha devuelto serenos muy satisfactorios, más en las corrientes que en las tablas, curiosamente.

El reto del sereno es la preparación, no tanto para hacer las cosas extraordinariamente bien como para no cometer errores básicos. Es triunfar en un contexto de pocas o de una única oportunidad evitando a toda costa que la puerta sin cerrar te vuele la partitura. Eso no se improvisa. Hay una lista larga de calamidades todas las cuales por si solas tienen potencial para hacerte perder los diez minutos que va a durar la fiesta: eludir enredos torpes, saber utilizar el reflejo del agua, sentido de la orientación, perspicacia para situarte, sustitución de moscas, flotabilización adecuada y lo que cada uno quiera. Incluso, elegir la mosca.

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El sereno tiene  moscas con tanta dignidad como las de las tres de la tarde. Probablemente tan pretencioso sea  hablar de Ignitas o Notatas como de Oligoneuriella Rhenana, pero tan clara es nuestra deuda impagable con las carninas como que en una eclosión nocturna de palometas –con esas truchas bobas del sereno, léase con retintín- no te comes una rosca si no tienes algo blanco y decente a mano; esa en concreto, además, es eclosión salvaje.  Recuerdo una en el coto de Villafranca tanto por la alegría que me dio clavar dos truchas en un hervidero de cebadas selectivas y moscas albinas, como por haber cometido la mayor imprudencia de mi vida relacionada con el puente de ferrocarril (el año pasado reincidí en Gerona).

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Moscas dignas y truchas dignas. El pasado día 5 de agosto tuve un rato en una rasera de Gradefes, hacia las cuatro de la tarde, que subían absolutamente a todo. A lo que iba: en estos años previos a la desaparición del coto de La Bañeza, he tenido un  pique enfermizo con ese tramo. El viernes salía del trabajo un poco antes, me comía un bocadillo del tirón y a las 18,00 h estaba metido en el río a la altura de Sotos o, en otras ocasiones, más abajo. Pescaba por aquí y por allá sabiendo que, si algo no fallaba, apenas se fuera la luz el agua empezaría a… no hervir, exactamente; eran cebadas como gotas de lluvia, leves. Una trucha, dos… como saldo más propicio; muchas otras ocasiones eran bolos como una casa. Dormía en El Paso y pescaba un rato a la mañana siguiente. Precisamente, una de esas mañanas estuve hablando con un paisano, buen conocedor del tramo, quien me confirmó esa enojosa selectividad, pero hizo más, tuvo la generosidad de darme -incluido manual de uso- a pie de río unas mosquitas pequeñísimas, oscuritas, copia apropiada de un bichillo que revolaba a cuatro centímetros del agua durante esas angustiosas horas crepusculares. Pasé toda la semana siguiente custodiándolas y el viernes salí escopeteado como el coyote de la Warner. Clavé tres truchas con ellas, magnífico, aunque también es verdad que en media hora perdí de nuevo el favor de los dioses. Es una mosca que he seguido usando y funciona.

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Es difícil acceder a la cátedra de los serenos si no se ha pescado varias veces el río Ucero, hasta que se vean las estrellas. ¿suben a todo? Sí y no. Las gordas tengo dudas razonables. Cada cual que diga, pero allí mis fetiches son las spent.

Las spent están relacionadas también con los finales de tardes suaves y calurosos, caída de imagos y tal y, por proximidad, con los serenos pero, sinceramente, a excepción del río citado,  casi no las utilizo en esos momentos, quizá el  Barón Rojo de Petitjean; el CDC no es pluma para  esas horas. Hay muchas imitaciones de spent, muchas muy bonitas y muchas malas, para mí. Una de un apellido ilustre que cito más abajo, es una gran mosca; va muy placada y es pequeña y esquemática, pero la trucha sube. Cuerpo naranja y alas y cerco de escasas fibras de pluma blanca como de gallina.

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En fin, sueño siempre con los ríos cantábricos. Serenos preciosos en el Aller, ahora está fatal por cierto, y el Seja. En cuanto a reos no concibo su pesca sin el postre de salir del río a tientas; y ojo los fondos del Narcea, por ejemplo, para matarse. Se me agolpan los recuerdos en aquellos ríos viendo –o percibiendo-  a duras penas los anillos en el agua. El caso es que sobre reos sí he visto alguna foto en las revistas con los paisanos, luciendo sus capturas con la única luz del flash. Con las truchas parece que da más vergüenza salir after hours en el papel cuché.

Hace años, cuando empezaba a introducirme en la pesca a mosca, asistí a una discusión literaria entre dos de los grandes que, al rebufo de las teorías clásicas, estaban enfrentados en la revista Trofeo. Volaron peladillas de río en todas direcciones, con más o menos gracia; el caso es que Antunez Valerio, a cuya familia sigo comprando mis cañas de referencia, se tiró con los pies vueltos al francés más literario que pulula por nuestros ríos y, en su párrafo final, tildó de villanos y malos caballeros a los practicantes del pecado nefando, el sereno, vaya. Aquel choque de trenes me dejo algo confuso. Yo empezaba mi travesía personal con pescadores para los que un sereno no era cosa distinta de cualquier fragmento de la jornada en el que se puede disfrutar porque los peces se mueven.

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No está claro que, atendiendo al resultado efectivo, el sereno sea un chollo para nadie y no está claro que se me pueda discutir el derecho  a valerme de un contexto propicio –si el atardecer lo fuera- para pinchar unas truchas. Salvo que quien me lo discuta, cuando  se encuentre a las tres de la tarde un corro de farios comiéndose a tontas y a locas todo lo que les eches, se remangue el ropón y salga corriendo del río. Sea como sea no me interesa, allá penas. El sereno está en desuso. El poderoso gremio de competición no compite a esas horas, con lo cual no es variable que precise entrenamiento. Los implacables ninferos no necesitan que el truchón salga de la raiz del arbol porque ya, con sus perdigones, se meten hasta en la alcoba de la trucha; los expertos en lance a veinte metros, sin luz, no tienen ni idea de donde han puesto el recao. Los puristas piensan  que quienes merodeamos el río anocheciendo anulamos las oportunidades de defensa de los peces y los pescadores conservacionistas, si tal cosa existe, nos añaden la amable consideración de robagallinas.

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Anteayer salí de Pesquera hacia las 19,30, cansado y feliz. Me fui  andando a la parte baja del coto, donde las escolleras, y allí empezaban a llegar todos los pescadores que, contando los sobrantes, tenían que estar en algún sitio. Jubilados con sus cuerdas de moscas, familias que la mujer se queda paseando con los niños y él echa unas varaítas, chavales empezando. Me sentí a gusto. De hecho me siento más a gusto y me apetece más hablar con el jubilado de bastón, cuerda de moscas y cesta que con un porcentaje alto de mosqueros en su más moderna concepción.

Diario de pesca. Ribnik. 6 de agosto de 2011. Pues algo menos de caudal pero casi una replica del primer día. Estuvimos haciendo planes Hector y yo con  Ado. Exploramos sobre todo la parte superior del tramo. Salvo escasas excepciones todo es vadeable, por lo que puedes estar toda la mañana sin salir de cien metros arriba o abajo. Terminamos de nuevo en la curva del día anterior clavando algún buen penco entre vacile y vacile de los prudentes tímalos, felices y sobrecogidos por  una luna acerada y limpia y por unas nieblas raseras cuyas elongaciones caprichosas eran como unas manos carnosas y frías acariciando el agua. 

Marco Payo. -Toledano-.

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Escrito por Toledano

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