WP_20150820_19_57_12_Pro (1)Bajó a una zona libre de la garganta de P. al atardecer. Nunca la había visto con tan poca corriente en verano. Año tras año se iban bebiendo su agua. Pronto no quedaría nada. Antes de montar la caña se dio un baño en la poza. Se quedó flotando sobre el hilo de agua que animaba con timidez la chorrera y dejó que los peces le mordieran la piel. El verano se estaba terminando. Recordó por un segundo, muchos años antes, tiempos de verano parecidos de flotar en el agua, a veces sólo a veces también en compañía. Descubrió como la memoria abría a veces su biblioteca y le dejaba leer sus tesoros. Otras veces los libros de aquellos tiempos se perdían para siempre.

Se sentó en la arena de la orilla y se secó con los últimos rayos de sol. Ató el bicho y lanzó al hueco que el agua de miles de riadas había hecho en la roca. La primera vez apenas entrevió la boca. La segunda vez pudo ver con nitidez la gran cabeza. No salió una tercera. Lazó muchas veces. Anocheció. Subió por la senda estrecha envuelto en la penumbra y el frescor del bosque. Encendió la linterna para no tropezar aunque tenía el camino bien grabado en la memoria, en un libro distinto al de los otros recuerdos. Allí había grabado hoy la gran cabeza de la trucha saliendo en vertical desde lo más profundo con la boca abierta y fallando o rechazando su bicho. Quién sabe.

Se sentía ligero y feliz subiendo por el camino medio perdido. Se sentía triste y cansado al tener la certeza de que un verano ya no habría agua. Llevaba muchos años bajando a bañarse y a pescar a aquella poza a veces sólo y a veces acompañado. Había recuerdos que dolían igual que el agua que faltaba, otros en cambio eran frescos y dulces como el recodo de esa garganta en abril cuando el torrente en el deshielo era un derroche de vida.

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Del Blog Mi Hijo el Pescador
Texto: Ramón J. Soria Breña. -mihijopescador-

Escrito por mihijopescador

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