La senda de los pescadores es una vereda extraña: no es fácil de encontrar si se busca, y aunque sin darnos cuenta podamos encontrarnos de golpe con ella, la mayoría de las veces la descubriremos de la mano de otros.

 

Además es una senda larga y complicada y pocos llegan a conocerla y dominarla en su totalidad. Tiene muchos recovecos y posibilidades y lleva tiempo y esfuerzo recorrerla. Algunos pescadores, los más inquietos y voluntariosos, llegan a andarla completa a lo largo de su vida y normalmente vuelven a sus recodos más tranquilos cuando las telarañas de la edad se les enredan en el cuerpo. Si la senda se tiene mucho tiempo abandonada, es posible que el pescador no la reconozca cuando quiera volver, y entonces se le haga menos accesible o menos agradable e incluso termine por aborrecerla agarrándose a eso del “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero si el pescador no se deja derrotar por las añoranzas, aunque los ríos y embalses cambien, y retoma su afición con espíritu abierto y aventurero hallará cosas y sensaciones distintas en sus nuevos días de pesca.

 

Dudas

 

¿Y cómo entra uno en esa senda, cuándo y cómo se hace uno pescador? ¿Basta con probar un día en un lago artificial de pesca para engancharse a la pesca y lanzarse sin más a ríos y embalses sin saber qué le pueden ofrecer y qué obstáculos se puede encontrar? ¿Cómo conoce uno qué parte de la senda le es apropiada; son todos los tipos de pesca -todos los tramos de la senda- igual de accesibles e igual de adecuados para todas las personas? ¿Existe el último peldaño en la pesca continental, el súmmum, para quien quiera buscarlo? Y en tal caso, ¿qué pasos hay que dar? ¿Puede uno empezar por el tercer peldaño sin pasar por el primero? ¿Hay que plantearse la pesca como una carrera, como una disciplina donde uno va obteniendo grados o “danes”?¿Y quién puede orientar a una persona que decide acercarse a este mundo? Demasiadas preguntas para un artículo corto. Y es más, ¿los monitores de Escuelas, Aulas del Río y jornadas de instrucción, llegan a exponer -aunque sea someramente- estas cuestiones a quienes les escuchan? Entiendo que es más atractivo, de entrada, montar una mosca o capturar un pez, pero opino que sería también de utilidad explicar algo de esto.

Emilio Jr en Cerezales

Estas cuestiones me vinieron a la mente cuando un conocido me pidió que le aconsejara para unos amigos suyos que tenían dos niños relativamente pequeños; andarían por los diez y once años, si mal no recuerdo. Los chiquillos tenían, por lo visto, algunos problemas de desarrollo y los padres –que nunca habían pescado– estaban continuamente pendientes de sus hijos y buscando nuevas formas de estimularlos. La pesca, a primera vista, les había parecido una actividad tranquila y apropiada para el carácter de sus niños, pero no sabían cómo acceder a ella, cómo iniciarse. No sabían nada. En un primer impulso pensé en las Aulas del Río -que fueron un empeño personal mío allá por el año 2000- pero inmediatamente intuí que no bastarían si pretendían convertir la pesca en una actividad recreativa habitual y, si me apuran, terapéutica para sus hijos. Las Escuelas de Pesca, las Aulas del Río y las jornadas que organizan algunos entusiastas y entregados clubes y asociaciones de pescadores pueden proporcionar una jornada agradable montando moscas, lanzando en un lago artificial con truchas más o menos tontas y recibiendo explicaciones sobre las especies de peces o el funcionamiento ecológico de los ríos. Pero aunque los asistentes sean atendidos por excelentes profesionales o pescadores experimentados, ese día puede quedarse tan sólo en un recuerdo si no se acompaña de algo después. El pescador novato que haya catado algo de la pesca, aunque sea un día de asueto en uno de esos sitios o eventos, y decida seguir con la actividad, ¿cómo se las arregla para meterse de verdad en la senda si no tiene un pariente o un amigo pescador? En ese caso también prospecté por medio de antiguos compañeros de gestión pesquera si existía en la provincia de esos críos algún club o asociación que diera cursos. Al parecer sí que los impartían, pero en cuanto se abría la temporada de la trucha se suspendían, pues todos los pescadores (que los daban generosamente) salían por piernas a disfrutar de su afición. Lógico.

 

Una afición exigente

 

Hace muchos años, cuando más gente vivía en los pueblos y eran más los ríos que llevaban agua y mejor agua, los chavales no tenían dificultades en iniciarse en la pesca. Los chicos mayores iban adiestrando a los novatos o siempre había a mano un familiar pescador. Y aunque uno se iniciara capturando bermejuelas el salto a la pesca de otros peces, trucha por ejemplo, era casi natural. Pero en estos tiempos, donde los buenos ríos son escasos y casi siempre nos quedan lejos, ¿cómo se las arregla un chaval que vive en una ciudad o en un pueblo grande sin ríos o sin ríos vivos? ¿Y qué puede hacer el chico, aunque sus padres tengan la voluntad de llevarle, si ellos no saben de pesca?  Ya no digo nada si los progenitores no están por la labor de hacer de chóferes y ensartalombrices, atamoscas o desenredacarretes, por ejemplo. Y esto exige a los padres bastante más que dejar al crío a la puerta del gimnasio de judo, de la academia de música o del autobús del club de esquí que les lleva a la sierra. Y eso que los trámites administrativos (licencias, permisos,..) en la pesca no son muchos. Peores son los trámites en la caza, que encima tiene mayores problemas de acceso.

 

Por otra parte, sabemos que no basta con comprarse una caña y unos aparejos. El aprendizaje es difícil y a veces, muchas, ingrato. Para engancharse a la pesca hace falta cubrir demasiadas variables y si llegamos a capturar algún pez, aunque sea por casualidad, es bueno tener alguien al lado que nos advierta que pueden venir muchos días de escasas capturas…o de ninguna. Pues si no, las decepciones pueden ser tan frecuentes que la posibilidad de abandonar “la senda” es alta. Y además no olvidemos que el ejercicio de la pesca tiene sus peligros; alguien tiene que ir “sujetando” al novato no vaya a meterse donde no deba. Yo empecé en la pesca a orillas del Cantábrico de mano de mi abuelo y otros parientes, y si miro atrás recuerdo lo imprudente que era cuando agarraba cogía la caña y las gusanas de arena y me iba solo a tentar mojarras y otros peces desde las rocas en la orilla de un mar bravo. Y eso que ya me habían aleccionado. Un río puede ser cosa seria para un chico sin la debida tutela. Lo conveniente es que lleguemos y progresemos en la pesca, al menos en las primeras etapas, de la mano de otros. Y eso supone beneficiarnos de la generosidad de alguien, no lo olvidemos: casi todos empezamos gracias a un acto de entrega y el sacrificio de otro. Cuando me ha tocado bregar con críos al pie de un embalse o de un lago repoblado con truchas de atrezo reconozco que he disfrutado aunque no me dejasen parar: “¡Emilio, que se me ha enredado el carrete”, “¡Emilio, que me han comido la lombriz!”, “¡Emilio, que se me ha hincado la bota en el barro!”, “¡Emilio,..Emilio, Emilioooo…..!”. Y así todo el día. Pero un río con peces salvajes, y más si son aguas algo bravas, es otra cosa. No creo que ni el más avezado de los instructores pudiera apañarse con más de dos críos, y críos que ya supieran lanzar y moverse sin remilgos. Tampoco me imagino adiestrando a un chaval en un río con su papá (no pescador) dándonos la tabarra, al instructor y al alumno, por detrás.

 

Diego y Emilio Jr en La Aliseda

Otras opciones

 

Alguien podría decir que los que quieran incorporarse a esto que se busquen la vida, yo le contestaría que para muchos críos es casi imposible hacerlo. No todo el mundo tiene a mano amigos o familiares pescadores y quien no te conozca es difícil que se avenga a renunciar a sus días de pesca y a soportar las torpezas de un novato a cambio de nada (y más si lleva de mochila a sus padres). Por tanto, la solución para esos casos podría venir porque alguien abriera un camino específicamente orientado a chiquillos y jóvenes. Conozco pocas iniciativas comerciales en este sentido y las que conozco han fracasado. Sospecho además que los progenitores no están dispuestos a sufragar el gasto de una afición de lento aprendizaje, fruto incierto y en ocasiones físicamente exigente. Pero es posible que en estos tiempos de crisis algún pescador con iniciativa y visión de mercado sepa cómo explotar este nicho, planteándoselo como un complemento profesional a otras actividades. Lo que sí podrían estudiar las Escuelas de Pesca y Aulas del Río son jornadas de instrucción personalizada para quienes ya hayan pasado por las típicas visitas de contacto, ofreciendo a grupos muy reducidos (libres de padres poco concienciados en el tema) y al justo coste, días de pesca en tramos naturales de adiestramiento que pusieran ante los ojos de los pescadores noveles la verdadera realidad de la pesca. Y esto podría hacerse en distintas partes de “la senda”: ríos de montaña, ríos anchos, embalses con carpas o barbos,…Lo que fuera. Y si alguno piensa que ya somos demasiados pescadores para los pocos peces que quedan en esos ríos y embalses, le diría que muchos peinamos canas y si no hay un relevo generacional bajará la “masa crítica” de pescadores (Masa crítica: cantidad mínima necesaria para que un fenómeno tenga lugar)  y le recordaría lo que ya escribí hace años en una difunta revista del sector (Trofeo Pesca-Enero 2004):  “Esa masa crítica es la que puede hacer cambiar las actitudes en aquellas administraciones gestoras de la pesca que todavía no se hayan puesto en marcha o en aquellas que sí que lo hicieron pero que empiezan a dormirse”. Así que seamos generosos la próxima vez que se nos acerque alguien con ánimo sano de aprender a pescar.

Emilio Roy

Artículo publicado en la revista DANICA nº 55, de diciembre de 2013

 

 

 

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