Coto de Galisancho 27 de septiembre de 2014
Buen tiempo, río perfecto de agua. A las 10,30 en la orilla. El sol está todavía bajo y el río tiene cierta penumbra que le da un toque mágico, pero no tanto como el que suele tener al atardecer. Me asomo y espanto a un buen número de ánades reales. Acto seguido algo se mueve en el agua junto a la orilla de enfrente: una nutria se desliza aguas abajo asomando de vez en cuando la cabeza. Va pescando. Aunque pensaba pescar esa orilla (el año pasado vi ahí mismo un grupo de truchas cebándose) no me importa, es tu río, yo soy un invitado. Entra y sale varias veces y finalmente se sumerge, pero la oigo trastear entre las espadañas durante un rato. Con esto ya ha merecido la pena el día y la kilometrada.

Atónito aún por la exhibición no me he dado cuenta de que hay más actores en esta escena mañanera. Unas cornejas graznan, ¡¿qué pasa?! Ya lo he visto, es un gavilán que venía volando desde abajo, probablemente de caza, ¿o habrá desayunado ya? Me muestra su cola alargada, hace un requiebro en vertical y se encarama a las ramas de un chopo en la ribera. Se quedará esperando a ver si un incauto pajarillo se deja ver. Unos estorninos alzan el vuelo desde un árbol próximo y desafiantes se pegan unas cuantas pasadas por encima del gavilán. ¡Ay, que chulitos sois en grupo y en vuelo, y con la rapaz posada! Luego se van bravucones para contar a otros su hazaña. ¡Qué no habrá pasado esta mañana en el río antes de que yo llegara! Y qué poco sabemos los pescadores de lo que hay y de lo que se cuece en torno a nosotros. Somos analfabetos fluviales encerrilados con lo nuestro, y con las orejeras y las anteojeras casi siempre puestas. Lo dicho hay “ALGO MÁS QUE PECES”.

Me enfundo el vadeador y preparo la caña con parsimonia. Entro en el agua con prevención, pero tras avanzar unos metros veo que el río está en perfectas condiciones y enfundo el bastón de vadeo. Está claro que no hay movimiento en superficie y es imposible lanzar la ninfa, se engancharía en la abundante vegetación sumergida: ranúnculos acuáticos, Potamogeton y algunas otras que no reconozco (¡cuánto me falta por saber ¡); pero esa vegetación es la garantía de la vida truchera de este tramo (refugio, invertebrados,…) por más que en ciertas épocas y en ciertas horas del amanecer dé problemas de oxígeno (ya sabemos que por las noches los vegetales invierten su ciclo de “respiración”). Hace años hubo una serie mortalidad de ciprínidos por un bajón de oxigeno en las horas críticas y las piscifactorías de las márgenes conocen bien esta circunstancia preotoñal, algún disgusto les da. Pero los beneficios superan a estos casos.

Los pajarillos de ribera empiezan a publicitar sus mensajes y se contestan unos a otros desde orillas opuestas: “Esta zona es mía”; “Y esta mía”, le contesta otro. Y así están un buen rato. Grabo los gorjeos con la cámara para intentar luego identificar la especie en alguna biblioteca sonora ornitológica. Otra cosa más que desconozco. Tenemos que hacer el “ÁLBUM NATURAL DEL RÍO TORMES”: con fotos, textos explicativos, datos…; puede ser el primer paso para algo que me bulle en la cabeza y que pronto (para diciembre de 2014) propondré en una revista del sector. Otro pajarillo, despistado, se promociona “Busco pajarita, soy buen padre, inmejorables referencias”; debe ser novato, la cría ya pasó, ¡tontorrón!
Una nubes de Caenis revolotean y bailan remontando río arriba, para compensar la deriva de sus ninfas, que creo recordar explicaba muy bien Whitton en su magnífico River Ecology (tengo que recuperarlo). Espero a que empiecen a caer a ver si alguna truchilla se anima. Pero nada.

Paciente me anclo un rato en la postura y sigo con la rutina: observar, analizar, interpretar. Y nada. Vuelven los patos, me ven y se espantan de nuevo. Pasa un hidroavión de extinción de incendios, ¿habrá un incendio o está de maniobras?, mañana se lo pregunto a los compañeros que están de guardia. Un milano sobrevuela el río aguas arriba, otro que está de caza. Los patos han dejado unas cuantas plumas sobre las ovas, escojo las más vistosas y me entretengo en decorar el sombrero de ala. Las truchas de permiso, no se ceba ni una. Ya han pasado dos horas. Cambio de postura, recorro los canales libres de ovas, rasco el fondo con la bota: las piedras están incrustadas, casi cementadas entre sí. Es imposible que en estas pedreras puedan frezar las truchas. Es un serio problema del río y prácticamente sin solución, al menos en este tipo de tramos. De vez en cuando hay montoneras de arena, meto el brazo (el agua no está muy fría) y cojo una puñada: seguro que en su época aquí se entierran las ninfas de las dánicas. Hago unas cuantas fotos y filmaciones bajo el agua, me centro en el elegante movimiento de las ovas, saco un manojo en busca de las macroinvertebrados (Ephemerella, Caenis, larvas de Simulidae,..) que suelen cobijarse entre sus hojas para comer y no ser comidos. Sólo veo unas pocas sanguijuelillas, creo que son Erpobdélidos (¿o serán Glossiphónidos?), ¡la de cosas que se me han olvidado!. Me adelanto y doy por perdido el tramo que el año pasado me dio tan buenas truchas. Ya lo dijo el filósofo: “Nunca nos bañamos en el mismo rio”, y yo añado: “Nunca pescas el mismo río, por mucho que lo pesques en la misma fecha”. Unas efemerillas bajan pegadas al agua: unas en “spent”, otras erguidas,…Es la una y cuarto y en algo más de media hora tendré que dejar el río para encontrarme con unos buenos amigos que pescan barbos en el embalse aguas arriba (¿me tendría que haber ido con ellos?, “Aguanta y no te lamentes, no se puede tener todo”, me dice mi Pepito Grillo a la oreja). De repente un truchón salta a mi derecha, “Ya empezamos con los Fosbury”, me digo. Mala señal. Me acerco sigiloso. Al rato se empieza a cebar con los típicos sorbidos de trucha grande. Nervioso empiezo a probar una mosca tras otra. Todas las ignora, ni un miserable rechazo con subida. Me dejo los ojos buscando qué come, pasan las mosquillas que he visto antes y no las toma. Mi mosca hace surf y curvea según baja. Cambio el ángulo de lance y ni por esas. El reloj corre, me tengo que ir. Nervioso cambio moscas y moscas.” Tonto, ya sabes de muchas veces que cuando te pones así nunca logras nada”, me dice otra vez el molesto Pepito. Para colmo otra trucha a la misma altura, pero a mi izquierda, empieza a hacer lo mismo. Ingenuo pienso que con ésta haré algo. Lanzo alternativamente a una y a otra, con el mismo resultado. “Bueno”, me digo a mi mismo, “cambio la última mosca y me voy”. Y, ¡claro!, sucede lo mismo. ¿Qué esperabas? Corto y guardo la mosca y recojo la línea, así se me quitan las tentaciones de lanzar a otra que se pueda cebar según bajo por dentro del agua. Me encaramo a la orilla, miro atrás y pienso: “Vaya cura de humidad que me ha dado el río, una más” y me digo que de todas formas ha sido buena mañana, una mañana diferente, como todas en el río. El año que viene volveré, Tormes, espero, sigue así; ¡ah, y gracias!. Me espera una comida y una sobremesa inolvidable con gente de categoría. Un día perfecto.

Emilio Roy Berroya

Escrito por Admin

    2 comentarios

  1. LYNX 11/08/2015 at 01:07

    ¡Qué buenos ratos pasa uno disfrutando de la naturaleza, cuando nos encontramos pescando en esos maravillosos rincones de nuestra geografía fluvial! Estoy plenamente convencido de que si los parajes donde practicamos nuestra afición, fueran menos atractivos, iríamos bastantes menos veces a pescar.

    Un saludo y ánimo en esa interesante empresa del Album de la naturaleza, que te propones.

  2. Toledano 14/08/2015 at 09:35

    Si señor, leyendo el campo, como debe ser.

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