El viejo llevaba toda la temporada enervado, próximos sus últimos días de pesca como clip_image002mortal no había logrado la meta que se propuso, desde sus noveles y prematuros inicios en este arte. Había superado todas las trasformaciones lógicas, de la lombriz a la mosca, de la cesta a la suelta y otras tantas metamorfosis íntimas y vergonzosas. Pero ni de lejos se veía reflejado en el mejor pescador a mosca del mundo. Algo, y no sabía qué, fallaba. Ya no era cuestión de sumar jornadas, experiencias, batallas, fracasos… O lo no poco rocambolesco de pensar como un pez, nunca supo dar a ello su dimensión adecuada, pues él aspiraba a ser pescador y no pescado…

Salió del rio decidido a no tocar más agua sin dar con la solución, se sentó en una rama rodeando con el brazo al propietario da la misma, se desprendió del pesado chaleco y con mirada perdida entró en trance. Tendría que ser cuestión de mimetizarse, convertirse en agua. No valía con el sigilo o la calma, sería necesario ir un paso más allá.  Precisaría fusionarse con el líquido elemento, adquirir su elasticidad, su fluir, su sensación de vida constantemente renovada. Regresó de sus adentros, con la vista clavada en el clip_image004contundente y opulento chaleco, rebosante de utensilios inertes, fríos y rígidos. Él no podía ser el “sin mangas” de un pescador, no desprendía vitalidad o movimiento alguno. Parecía más el de cualquier electricista o incluso el de un submarinista, aunque no creía que ningún buzo pudiera ser capaz de bucear con semejante plomada a sus hombros. He aquí el dilema, cómo podía moverse con la elasticidad necesaria para ser el mejor mosquero con semejante lastre. Recordó, a mayores, que en muchas ocasiones incluso su mano lanzadora era perturbada en su excelentísima tarea por la más aparatosa de sus cajas, la destinada a captar miradas y no peces. Se alzó incorporando la caña a la axila, recogió con la mano la prenda maligna y con ritmo de crucero partió hacia abajo en dirección al viejo molino.

En el pasillo del molino se desprendió de todos los bártulos, excepto del diabólico chaleco. Al que dio descanso en el altar del salón. Buscó un gran saco de basura, le hizo unas dobleces y lo colocó al lado de la mesa. Prendió la chimenea, abrió una botellita de sidra y se puso manos a la obra. Extrajo todas las odiosas herramientas de los compartimentos y uno a uno las fue tirando al saco. Prosiguió sustrayendo todas sus cajas de moscas y con los ojos en salmuera las lanzó también al saco. Por último se topó con la cremallera del bolso más grande, en donde se resistía al expolio su gran caja de moscas, la más ordenada, con la que nunca había pescado ni un solo pez. La que cautivó, como 100 vírgenes juntas a ojos de un musulmán, a más de un personaje. Tendría que haber empezado por ella y sin embargo la había dejado para el final. Dicha reflexión le reafirmó en su terquedad, estaba dando de lleno con el mayor desacierto de toda su existencia.

Con la prenda vacía, su ceño desprendía gesto de pintor ante lienzo en blanco. Tenía claro desde el principio de la maniobra, que daría animación aquel ropaje. Pensaba cebarlo con lo más valioso que esta enfermedad le había regalado. Empezó por sus divisiones más pequeñas, fiel a una de sus filosofías, sortear primero los baches más insignificantes e ir poco a poco abordando los grandes retos. Llenó la mitad de las pequeñas oquedades del “sin mangas” de minúsculas pozas alpinas, claras y de rocas doradas; incorporó el resto, chorreras de escondidos arroyos de montaña. En el turno de los torrentes y cascadas medias se vio obligado a abordar los bolsos medianos, ubicados en el reverso, creyendo además ser su lugar idóneo por estar más cerca de la piel; solo cobijó a sus torrentesclip_image008 preferidos, cuyas coordenadas guardaba con verdadero celo. Poco a poco fue abordando las estancias más grandes, sin problemas de espacio encamó a sus ríos salmoneros predilectos (con sus pozos y tablas más míticas), chopos enteros de grandes y acuáticas raíces, canales interminables de ovas y ranúnculos, agua y más agua, litros y más litros. Se dio cuenta que podía ser capaz de incorporar una cuenca entera, y en uno de esos grandes bolsillos guardó entero y tal cual lo había conocido desde su niñez, el rio de sus amores. El que atravesaba no solo sus entrañas, también las de su propia morada, el mismo que había erosionado su corazón, llenándole los riñones de sedimento. (Al menos, esta fue la explicación que días más tarde le dio al médico de cabecera, tras ceder a hacerse una analítica y posterior chequeo el médico le derivó amablemente al psiquiatra. El viejo se negó, advirtiéndole que un buen pescador a mosca siempre tiene cura para los problemas de la chola y que él había venido por su maltrecha rodilla).

Ante el mayor de los retos, tomó aliento y abrió otra botellita de sidra. Ante sí el dilema, el mayor de sus bolsillos. El que dio cobijo al abanderado de sus errores, aquella enorme y estudiada caja de insectos inanimados, llena de cebos envenenados más que de moscas, destinados a pescar animales de patas y no de aletas. Del gran error a la definitiva solución, esa podía ser su última evolución que podría dar animación perpetua a su chaleco. Sus neuronas en ferviente movimiento no tardaron dos segundos en visualizar la solución: un Salmón -y no un salmón cualquiera-, aquel del que siempre se acuerda, que no fue de ni de lejos el más grande, pero si el más fuerte. Al que sorprendió en aquel rabión imposible, debajo del Puente del Infierno el que da paso al hermoso pueblo de Pola de Allande, encaramado aún a riesgo de perder su vida a una afilada piedra, en la que apenas cogían sus dos pies. Y como en una de sus primeras mutaciones había decidido no matar porque tampoco tenía sentido dar vitalidad al chaleco con un pez muerto. Decidió guardar a su socio, con rabión y afilado pedrusco incluido. No se dejó fuera ni una sola gota, ni un solo centímetro de ribera. Se apropió incluso del puente, no importándole ni lo más mínimo dejar incomunicados a los vecinos. Por suerte recordaba milímetro a milímetro todo el escenario.

Se felicitó en voz alta a sí mismo, qué brillante idea un salmón. Nunca más sufriría en sus carnes la decepción de un bolo, con un salmón en el zurrón -y no uno cualquiera- ninguna de sus futuras pesquerías seria decepcionante.clip_image006

Colgó el chaleco del dedo índice con la intención de realizar la verificación de pesaje, la misma de otras temporadas. Si su dedo lo soportaba durante un minuto, sus hombros lo soportarían durante toda una jornada. Era extremadamente ligero, ondulante y flexible. Algo húmedo sí, pero rebosante de vida. Lo había logrado, esa si era la herramienta de un verdadero pescador de mosca.

Terminado el trabajo, recobró la lucidez. No podía faenar sin ninguna mosca o sin nailon. Podría prescindir de casi todas pero precisaría de alguna. Revolvió la negra y enorme bolsa de basura y rescato una pequeña caja de moscas. Donde lucían desordenadas no más de una triplicada veintena de modelos. Los únicos destinados de verdad a captar peces. Las desclavó del foam y las colocó ordenadamente encima de la mesa. Desechó un par de modelos por estar hechos completamente de materiales sintéticos, no los creyó dignos por lo que regresaron al saco negro. Arrancó el foam de la caja y salió al pasillo en busca de su sombrero. Revolviendo de nuevo en la basura, encontró un tubo de pegamento con el que lo unió al bombacho. Así el resto de homólogos podrían comprobar rápidamente, que ya había culminado la última de las transformaciones lógicas como mosquero. Rescató también el manojo de bobinas de hilo de pescar, colocándolas en el pantalón de trabajo. Fue entonces cuando vio lógico desprenderse rápida e irremediablemente del montante de sus errores, arrojando la oscura bolsa al fuego. Mirando las llamas, el viejo se sintió por fin un ser completo y durmió cual bebé con biberón vacío.

Al amanecer siguiente la pereza le invadió, no era capaz de encontrar motivo para ir de pesca. Se decía una y otra vez que nada nuevo, o que no portara ya consigo, le esperaba en el río. Se estremeció, creyó volverse loco y al instante recordó que no hay mejor cura para la locura que la de un buen día de pesca. Después de todo solo había logrado guardar el resultado de una buena jornada, un fornido pez, pero al resto no le encontró asiento. Lo intentó, pero al fin y al cabo solo era un chaleco con sus limitados bolsillos.

De un padre y un abuelo, para su hijo y nieto.

Pablo Muñiz Gómez. -villandasgrado-
Ilustraciones: Luis de la Peña Fernandez

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