Un día de agosto a la búsqueda de barbos por el embalse de Santa Teresa (Salamanca), con el sol cayendo a plomo sobre la sesera, puede llegar a trastornar a cualquiera.

Ensenada tras ensenada, lance tras lance, hora tras hora,…al final, el resto de compañeros de pesca se van y te dan por imposible. Pero tú, obsesionado por ver peces en todos lados,
vas lanzando a todas las piedras sumergidas. Las ansias de ver cualquiercosa te hacen adivinar el lomo de un cocodrilo en la cresta de una piedra alargada que asoma entre las aguas calmadas. Falsa alarma. Resuelves quedarte toda la tarde, alguno tendrá que moverse y picar.

El sol va cayendo y decides hacer noche junto a una
encina; piensas que quizás sea mejor empezar a pescar de nuevo temprano a
la mañana siguiente. No te preocupa que en casa se alarmen, les avisaran
los amigos,…supones. Ya nada te importa. Sólo la sed te aprieta y te
impulsa a beber las aguas verdosas de un remanso pisoteado por las vacas.
¡Qué más da!,  todo sirve si de madrugada consigues engañar a un
bigotudo o a una panzuda. Nadie comprende esa obsesión, pero tú sabes que
es esencial que los engañes con lo que sea. Nervioso rebuscas en tus
cajas: hormigas, escarabajos negros, rayados…en tu desesperación llegas a
atar dos escarabajos juntos en el bajo de línea, en delirios imaginas que
ese día los barbos, caprichosos, sólo comen escarabajos en plena cópula.
¡Quién sabe!

Han pasado cuatro días. Tu barba está crecida, tu pelo
sucio y las ropas hechas jirones. Has ido comiendo hierbajos, los restos
de las meriendas de los domingueros y un chortilejo poco rápido al que
abatiste de una pedrada. Te lo comiste crudo. Llevabas la cara manchada de
su sangre y unos ingleses que se atrevieron a acercar su autocaravana a la
orilla salieron despavoridos al ver tus ojos desencajados y tus ropas
ensangrentadas por los restos del pajarillo. Se olvidaron la bolsa de la
fruta y en ella tu nuevo amigo: Tormy.

Ya
solamente te entiende Tormy cara de melón (sí, el primo de Wilson, el que
acompañó a Tom en esa isla del Pacífico). Tormy sabe lo que está pasando,
incluso te avisó cuando vio venir de lejos el todoterreno del SEPRONA que
te buscaba; pero fuiste más rápido que ellos, no vieron cómo te agazapabas
detrás de una carrasca. Otro día aparecieron Fernando, Sebas y Víctor. Te
llamaban como locos, les acompañaban tu mujer llorosa y tus hijos y
Miguel, con su pastor belga malinois, que intentaba encontrar inútilmente
tu rastro (difícil, pues te frotaste los pies y la ropa con la sangre de
otro chorlitejo que cazaste). Te animaban a dejarte ver, que te llevarían
a pescar grandes barbos a Almendra y Ricobayo. Pero tú no caíste en la
treta. Solamente Tormy y tú sabéis que los buenos barbos son los barbos
bendecidos por las aguas de Santa Teresa.

Ya no harás otras cosa que pescar estos barbos, incluso
te has fabricado una lanza hecha con un palo de una cerca y una pieza de
metal afilado de la barcaza oxidada. Si no entran a las moscas los
ensartarás. ¡Que lo tengan por seguro! Tras cinco semanas ya eres parte
del paisaje, hasta te recubres el cuerpo desnudo con el limo de las
orillas para que los barbos ni te huelan ni te vean. Las vacas te saludan
desde lejos, las garzas ni se molestan en levantar el vuelo cuando te
acercas y los cormoranes siguen tranquilos su nadar, saben que tu torpeza
pesquera no les quitará ningún pez. Pero tienes tiempo, mucho tiempo y la
compañía incondicional del único que te entiende: Tormy cara de melón.

Emilio Roy

Escrito por Admin

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