Comenzamos con este relato una colaboración entre el blog “Mi hijo el pescador” y ConMosca, divulgando periódicamente entradas de esta destacada publicación en nuestra revista.

Un día de furia

Con dieciocho años uno se cree inmortal, incombustible, incansable. Con frecuencia enlazaba las noches de sábado de cerveceo con los amigos o morreo con la novia con el amanecer truchero. Me parecía un derroche y una pérdida de tiempo quedarme el domingo toda la mañana en la cama restaurando las neuronas.

El asunto se sustanciaba con una ducha caliente a eso de las seis de la mañana y un cambio de uniforme: el de fiestero por el de pescador. Llegaba pocos minutos antes de amanecer a pie de río mientras sonaban los Dire Straits a todo volumen en el casete. Me enfundaba las botas, apiolaba la caña y la cesta y ponía pies en polvorosa, trocha arriba por un monte en penumbra, para ser el primero en pescar las mejores tablas de aquella salvaje garganta. Aquella zona era muy difícil de andar y estaba poco pescada, sólo el señor Sinesio se atrevía a disputarme los dominios con madrugones tal grandes como el mío o con adelantamientos sigilosos el uno al otro, sin que la víctima se diera cuenta, salvo cuando ya era tarde y veía el burlado en las piedras las huellas mojadas.

Aquel día, entre dos luces, tuve la mala fortuna de golpear con la puntera de la bota un jara seca que perforó el caucho como un puñal. Eran unas botas nuevas, francesas, que me habían costado varios meses de ahorros y de restricciones en el cervecerío de los sábados y la gasolina del seína cientoveintisiete de tercera mano que cabalgaba entonces por el mundo. Pero me olvidé pronto del percance en cuanto clave tres hermosas truchas casi seguidas en la tabla Negra, una corriente larga y profunda que inauguraba siempre el día. Recordé no muy tarde el agujero en cuando comencé a vadear poco más arriba, por lo somero del charco del Molino Juan y el agua helada comenzó a llenar con rapidez pasmosa casi la bota entera. Andaba desaguando la cosa e insultando a la naturaleza entera de las jaras cuando entreví a Sinesio a trote cochinero, medio agachado entre los robles de la loma, adelantándome. Sonreí, me hice el tonto y esperé a que desapareciera tras el molino para correr monte arriba, trasponer por la curva del Puente Roto y tener la certeza de que yo volvía a estar otra vez el primero y él no se había coscado de mi enroque. Noté en el resuello, tras la carrera, el sabor agrio de la resaca y cierto embotamiento muscular fruto del bailoteo, la noche no dormida, la fiesta con mi chica y la docena de cervezas revolviéndome en el alma.

Metido de nuevo en la faena, dos truchas más mordieron el polvo de mi anzuelo, el cesto comenzaba a pesar, pero no podía recrearme en las suertes, ni exprimir las tablas, pescaba ligero y sin mojar las piedras para evitar que mi competidor descubriese la trampa. Andaba ya cerca de la poza de La Bruja cuando, al saltar con torpeza un mata de cicuta, donde yo creía que había tierra firme, descubrí un remanso enlodado al que caí cuan largo era, con la suerte o la desgracia de encontrar en la caída dos zarzas secas haciendo comba, colgadas de una rama baja que me acariciaron el cuello con insidia carnívora. Tardé largos segundos en comprender qué había pasado y muchos más en sin sacándome los pinchitos del cogote y sacudirme el barro apestoso de la ropa. Pero no había tiempo que perder, Sinesio andaría cerca y no podía ser que me viera en ese trance, enmierdado y herido en el cogote y el orgullo con pinta de fantasma degollado. Dejé dos buenas tablas sin pescar para aumentar la distancia y me puse a lanzar de nuevo.

Era la poza Loca, un remanso grande, hondo y oscuro que me gustaba mucho porque siempre me había dado buenas truchas. La parte cercana a la rasera tenía más de un metro de profundidad y muchas veces veía a la gran trucha puesta, acechando, era pan comido que entrase a mi señuelo lanzando muy por delante. Pero aquel día la trucha puesta no era grande sino enorme. Lancé y el pez con lentitud de reina y parsimonia glotona mordió el engaño y comenzó la lucha. El animal no cedía un palmo de sedal, su objetivo era llegar hasta las raíces de un viejo sauce que se agarraba al cortado de roca que cerraba la orilla opuesta. Sentía pánico por perderla y maniobraba la caña y el freno con destreza maliciosa para evitar el desastre. A mitad de la lucha, cuando ya estaba a punto de llegar a las temidas raíces sumergidas, cedió el animal y nadó sumiso hasta la orilla somera y arenosa donde yo la esperaba con la bota llena de nuevo de agua fría, pero qué importaba. Sin destensar la caña aproximé con tiento y pericia la mano a la cabeza del truchón cuando, como a cámara lenta, como en un dibujo animado, el pez no sé cómo dio un salto fuera del agua, un salto increíble que sacó del río su cuerpo entero y en el aire contemplé incrédulo como se desenganchaba el señuelo y desaparecía en menos de un segundo hacia las profundidades. Con los ojos casi fuera de las órbitas y ya con las lágrimas brotando rabiosas, la boca abierta y la mano vacía en actitud de garra levanté la cabeza y ví a Sinesio, parado junto a una gran encina, contemplando con regodeo malsano el triste espectáculo. Aún se atrevió a decir: Buenos días R. ¿Qué tal se dan?. No dije nada, ni él espero la respuesta porque se despidió sin mirar más tiempo mi desolación y trotó camino río arriba. Ya sería imposible pescar la garganta virgen, pero eso no era lo importante para mi sino haber perdido la maldita trucha voladora. Me senté a vaciar la bota y descubrí de inmediato la otra desgracia. El cesto pesaba poco y dentro no estaban los cinco buenos peces que había cogido. Comencé a echar sapos y culebras por la boca pero me callé al segundo, comprendí al instante el suceso y dejé de lloriquear y maldecir. Al caer en la charca la cesta se había abierto y los peces se había salido y con los agobios de seguir siendo el primero no me di cuenta del fiasco. A buen seguro que seguirían allí. Miré por última vez la poza, el agujero de mi bota, la cama vacía de helechos baboseados del cesto. Pensé: Hoy es un día para olvidar. Me repuse y caminé a paso ligero por la parte más enmarañada de la orilla con el estómago revuelto y la angustia atenazando mi mente. ¿Y si Sinesio había pasado por el barrizal, había visto las huellas del percance y se había llevado mis truchas? No fue así, cuando llegué al lugar salió de entre la maleza cicutera de la charca una zorra y dos zorrinos con los últimos ejemplares del goloso botín entre los dientes. Mis truchas, se llevaban mis preciosas truchas las muy zorras. Me senté, descompuesto, en un piedra a recuperar el resuello, el ánimo, las fuerzas. Me dio una arcada y vomité con un chorro interminable todas las cervecitas sabatinas, sus pinchos y tapas y no sé cuantas nauseabunda bilis amarguísimas. Me rendí. Acerqué el morro al agua y bebí unos buenos sorbos. Entonces eran los tiempos gloriosos en los que uno podía hacer eso sin enfermar, beber agua limpia el río, como un pez. Volví a sentarme en elcancho. Ya era imposible adelantar a Sinesio, así que lo mejor sería volver al principio, tomarse todos los percances, desventuras y accidentes con filosofía de pescador y paciencia de sabio adolescente.

Con el estómago vacío me sentía mejor así que volví a bajar, esta vez con prudencia y tiento para no tropezar de nuevo, hasta la tabla larga del inicio. Cambié la cucharilla por la cuerda de moscos, respiré hondo en tres tiempos y me dije, tranqui, no pasa nada, el día comienza de nuevo, todo esto son gajes del oficio de pescador, olvidables. A la segunda lanzada, de no sé dónde salió una trucha aún más grande que la primera pero vi con claridad cristalina que en lugar de tragarse la falangista de cola, el bicho se había metido en la boca nada menos que el buldó transparente, encima no se soltó, tal vez se le había enganchado el hilo en los dientes o cerraba la boca impidiendo que se escapase de ella la burbuja de plástico, el caso es que el pez pegó un tirón enorme que me pilló con el freno demasiado ajustado, rompió el nylon y desapareció para siempre en uno de esos agujeros negros que dicen que hay en el Universo. ¿Quién me iba a creer cuando contase este lance a mis amigos pescadores? O ¿cómo me iba a atrever a contar a nadie tantos desastres y torpezas?

Plegué la caña derrotado, vencido, llorando ya sin cortarme y me encaminé hasta el coche. Había que escaparse de allí y olvidar cuando antes aquel día de pesadilla. Por el camino, sentí algo de gas en la tripa y dejé escapar lo que supuse que sería un pedo. En la naturaleza y en soledad ya se sabe, no hay restricciones ni disimulos para este tipo de aires así que lo empujé con fuerza. Salió el aire pero detrás de él, sin poder evitarlo, el traidor chorrillo de agüilla fétida de un principio de diarrea. Horror. Me desnudé en dos segundos. Me quité las botas, los pantalones, los calzoncillos y con un buen manojo de romero enjuagué en el río las huellas de la infamia. Así me pilló el enemigo, en plan lavandera prodigiosa, con las vergüenzas al aire, las visibles y las invisibles, todas. Sinesio, por alguna razón que entonces no podía entender había dejado de pescar y regresaba al coche.¿Qué tal se dan?. Volvió a repetir. Yo ya he cogido el cupo así que me voy para casita. Qué se de bien. Al menos no le vi sonreír en ese instante.

Con dieciocho años uno se cree inmortal, incombustible, incansable. Puede superarlo todo o casi todo y un día como aquel, es de los que de verdad crean afición porque el fin del mundo no acabó ahí. Había terminado de quitarme las botas rotas, tirado la cesta vacía, el chaleco y la gorra al fondo del maletero y empujé el portón trasero del seína con más rabia que fuerza cuando, antes de escuchar el chasquido, ya vi en mi imaginación elcapamiento. El último tramo de la telescópica sobresalía dos centímetros del maletero. La anilla y en trocito de caña cayeron al suelo, a mis pies, amputados de mi más preciosa posesión como pescador, mi mejor caña truchera.

Aquel día nefasto, gafado, terrible, olvidable, no lo olvidé nunca y de hecho, veintinueve años después puedo contarlo como si hubiera ocurrido antes de ayer. Durante estos años he roto muchas botas y vadeadores, me he caído algunas veces y he perdido muchas truchas hermosas y todas ellas me enseñaron a ser tal vez un poco mejor pescador. Hace ya muchos años que no llevo cesto y que las truchas, tras morder mis moscas, se van libres a su mundo de agua y de misterio, un agua que por desgracia ya no es tan pura y no puedo beber a morro como entonces. Sinesio y otros pescadores veteranos con los que creía competir entonces ya no pueden bajar a aquel bellísimo río. Unos son muy viejos, otros han muerto. También entendí con las caídas, los tropezones, las pérdidas que uno va teniendo lejos del agua, que el pescador nunca compite con nadie, ni siquiera consigo mismo. Pero el río enseña muchos secretos importantes de vivir sin utilizar palabras, ni argumentos, ni juicios. Las cicatrices que las zarzas dejaron en mi cuello se borraron pero no otras que la furia del tiempo nos hace.

Ya no trasnocho antes de un día de pesca, ni bebo, ni bajo al torrente sin haber descansado, ni me pierdo en los besos de una novia delgada, suave y sonriente que le gustaba además esa extraña pasión mía por las truchas ¿Por qué no seguí con ella?. Hace ya muchos años que no me caigo, que no rompo una caña, que no saltó sin mirar que hay detrás de los helechos o las cicutas, que no insulto al cielo y al infierno si una trucha grande se me va sin tocarla, pero ¿por qué a mi corazón le da un vuelvo en ese instante y siento que he perdido un mundo?. Tengo en la barba descuidada muchos pelos blancos, pero mientras me visto de pescador el amanecer de un domingo de abril veo a veces, de reojo, en el espejo del coche, a un chaval de dieciocho años que se cree aún inmortal, incombustible e incansable. ¿Soy yo ese mismo apasionado pescador de entonces?

Ramón J. Soria Breña. -bosquimano-

Escrito por mihijopescador

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