Apareció un día en mi río. Aunque era viejo se atrevía a cruzar el torrente en días de crecida y peligro. Algunas veces le espiaba desde lejos para comprobar su destreza con la caña. Le vi coger buenas truchas con aquel palillo de bambú tan endeble.

Tuve que reconocer que era un buen pescador y como estaba jubilado su presencia en mi río se hizo habitual. No me quedaba otro remedio que adelantarle con discrección en cuanto le veía para pescar antes que él las mejores tablas y pozas. Pero muchas veces, distraído yo mismo en alguna buena corriente, quién me adelantaba con astucia era él. Las pocas veces que nos cruzamos en las sendas nos saludamos con un “¿qué hay?” que no esperaba conversación ni respuesta. Llevaba siempre un sombrero de fieltro muy usado, una camisa parda descolorida con bolsillos en el pecho donde guardaba las cajas de moscas y esa caña prehistórica de bambú refundido de tres tramos que manejaba con aparente torpeza y una jodida precisión de artista. Usaba una barba rala y canosa y unas gafas redondas de profesor trasnochado pero veía muy bien o intuía las truchas apostadas en los fondos oscuros y batidos.

Alguna vez le ví en el pueblo salir de la casona grande de la plaza que yo siempre creí abandonada. Por lo visto el forastero había vivido allí cuando era muy niño y ahora, ya retirado, había vuelto para pasar en esta tierra sus últimos años. Pocos más supe de él, nada de él quería saber en mi garganta, mi torrente, mi río.

A la temporada siguiente tuve una alegría. Al vejete le habían tenido que operar la rodilla. Andaba por el carasol con las muletas y se sentaba a la sombra de una acacia con el pantalón subido para que el aire cicatrizase bien el costurón. Por fin el río era mío por entero. Sin embargo, por junio, le vi de nuevo en el agua detrás de mis truchas. Caminaba despacio, cojeando y se ayudaba con un bastón fino de avellano. Mierda. Le vi cruzar el torrente por la zona difícil, sin vadeador y pescar en medio de la corriente una trucha bien grande. Aquel jodido anciano medio cojo, aquel setentón con la rodilla de titanio y los huesos gastados no se rendía.

Mírale, le digo a mi hijo el pescador, ahora andará cerca de los ochenta. El cabrón del viejo sigue pescando mucho y aunque ya no abandona el bastón, baja casi todas las semanas dos o tres días a nuestro río. Cuando nos cruzamos, lo mismo: ¿qué hay?. Ni una palabra más. Ahora, cuando le veo pescar despacio y cojeando, no le adelanto y si lo hago le dejo un buen tramo y los mejores charcos. Hoy sé que el río no es mío, ni de nadie y de todos.

Un día seré viejo y espero seguir sin tener miedo a vadear por lo dificil. Quisiera ser como él, tener su pasión, sus ganas, su voluntad. Ser un pescador al que tal vez se le desgasten los huesos pero no el corazón.

Del Blog Mi Hijo el Pescador
Texto: Ramón J. Soria Breña. -mihijopescador-

Escrito por mihijopescador

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