Empieza entonces una secuencia cuyo desenlace no se sabrá hasta el final y dependerá de dos variables opuestas, mi maestría por un lado y un cosmos integrado por la suerte, la ley de Murphy, la perversidad de la materia y la providencia, por otro.

Hacer las cosas bien

Con las revistas de pesca me pasa lo que con  los Astérix, los Tintín y los Mafalda, los abra por donde los abra me los sé de memoria. Casualmente, hojeando el Trofeo Pesca de agosto de  1.999, me topo con un artículo escrito por Iván Montero, competidor en la modalidad mar-costa y

Me los sé de memoria…

una fotografía de inicio verdaderamente buena. En esa foto, alguien, supongo que el
propio autor del que no sé nada salvo esta publicación de hace quince años, protagoniza una jornada de pesca con absoluto control de cuanto es necesario y algo más importante aun, escenifica la perfección no como producto de un esfuerzo aislado, sino como parte de la normalidad del día a día. El contenido de ese artículo también es realmente bonito; explica –entre otras  cosas-  cómo el buen pescador utiliza la técnica acertada en cada situación, no se desmoraliza frente a contratiempos, medita la estrategia, usa todos los elementos secundarios, es previsor y riguroso y un interesante etc.

Qué me llevaría a mí hace cuatro o cinco años, en un lugar perdido de Centroeuropa, a calibrar tan mal el desnivel entre orilla y fondo del río que, al bajarlo, caí en plancha sobre sus absolutamente cristalinas aguas. No había mojado las botas y ya estaban descojonándose los rebecos de los Dolomitas. Un chapuzón como aquel  –a  primera hora de la mañana- fue un simple… contratiempo que no debe desmoralizar a nadie porque no tiene más trascendencia que cortarse durante el afeitado el día en que, precisamente, tienes que ir como un pimpollo. Un ejemplo similar, más reciente: ya he cerrado el coche, guardo las llaves bajo siete cremalleras, cartera y móvil debidamente impermeabilizados, engrasado de línea, previsión de contingencias climáticas etc. Enfilo por el agujero entre malezas, engancho la sacadera en una rama, no me doy cuenta, se tensa la goma, se suelta y recibo en la T-12 un golpe tonto que me deja sin respiración varios segundos.

Por el párrafo anterior el lector avisado habrá deducido mi tendencia al orden y mi afán por evitar sorpresas.

Efectivamente, cuando cierro la puerta de casa y marcho de pesca el punto de partida es siempre –o trato de que sea- absolutamente perfecto: las moscas de la última salida saneadas y en su lugar correcto, el bajo y la línea revisados,  las polarizadas bien limpias etc. Empieza entonces una secuencia cuyo desenlace –como en un buen thriller- no se sabrá hasta el final y dependerá de  dos variables opuestas, mi maestría por un lado y un cosmos integrado por la suerte, la ley de Murphy, la perversidad de la materia y la providencia, por otro.  El Hombre contra el Medio, la estrategia del control, El Arte de la Guerra, toda una parafernalia focalizada en reducir al máximo cuanto pueda impedir la consecución del objetivo. A propósito de guerras ya lo dijo el mismísimo Sun-Tzu, “de aquel que pueda modificar su táctica en relación a su contrincante, consiguiéndole ganar, puede decirse que es un capitán nacido en el cielo”. Y esa es la cuestión de fondo. Un mosquero se encamina al río vestido de algo entre un hombre-orquesta y el equipamiento secreto de 007; la gestión impecable de cada paso en el río y de cada incidente determinará la calidad de la jornada, en una pinza que va desde la absoluta ruina del día al éxito total de tus recursos frente a la adversidad.

El año pasado estuve pescando en Sardonedo, superé magníficamente los obstáculos  y llevé a la mano algunas buenas truchas. Cuando terminé, de regreso al coche, me percaté de que no llevaba mi sombrero; como no era un día ventoso, había puesto el cordón por dentro para evitar un lío con el otro cordón de las polarizadas. Pero ¿cómo se puede perder un sombrero que estaba en mi cabeza y no enterarme!?. Inicie el coñazo de volver sobre mis pasos buscando por las sendas y no lo encontré. Fue como un gol decisivo en tiempo de descuento. Puse un post en el foro de PescaLeón con mi Nick de Toledano informando del incidente por si alguien lo encontraba colgado de un  zarzal.

“Matemáticamente” pertenezco al último vagón de los Baby boomers y, en ciertas cosas,  soy tributario de esa generación. A la hora de comer había que estar en la mesa y no levantarse; en los juegos –indefectiblemente- se ganaba o se perdía  y en los colegios el error no era subsanable, simplemente generaba un castigo (y si acaso el perdón, matiz introducido por nuestra tribu católica).

Las renombradas generaciones  X e Y que  vinieron después enseñaron que el respeto a la mesa no era esencial, que si te “matan” en un juego basta pulsar un botón para estar  vivo de nuevo y que el error no debe generar frustración o miedo, sino aprendizaje.

En consonancia con lo anterior, hace años otorgué prioridad a la no comisión de errores, hace menos años (cuando se publicó la revista Trofeo que he citado, más o menos) priorizaba mi capacidad de adaptación a los problemas y hace aún menos años, empecé a liarme. Ahora mismo podría decir que estoy para los leones. No me interesa superar errores porque  no los supero, ni aprender de la experiencia porque no aprendo. Puedo imaginar el devenir, pero apenas tengo posibilidad de influir sobre él.

Dicho de otra forma. Las fatalidades provienen de uno mismo; son imperfecciones instaladas cómodamente que tuvieron –en su momento- la habilidad de pasar inadvertidas a los controles propios del afán de  mejora, cuando este comando me funcionaba, y ahora andan crecidas, asilvestradas,  dando por saco diariamente y  provocando despistes, olvidos, pachorra, dejadez e imprevisión en dosis suficientemente discretas como para que la gente identifique todo eso, junto a tus indiscutibles virtudes, con lo que vulgarmente llamamos “tu forma de ser”. La sabiduría popular atribuye a esta especie de  titulización financiera de virtudes y defectos el privilegio de  inmunidad  frente a cualquier intento de  superación, por cuanto se considera que, a partir de cierta edad,  es una parte irrenunciable e indivisible de la persona.  En definitiva, tengo mi propio perfil de pescador.

tengo mi propio perfil de pescador

Ilustrando lo anterior. El pasado 20 de julio estuve en el coto de Tormes, por debajo del puente de Fresno de Alhándiga. Llego al río,  entro sigilosamente, saco línea con un movimiento de la caña similar al de un espadachín cabreado y en vez del resultado apetecido se forma una incomprensible verbena de hilo en la puntera que  remata con varias vueltas de la mosca sobre barra fija. Odio  sumergir el carrete (reminiscencia de cuando usaba seda). Trato de resolver el asunto buscando una orilla cercana para apoyar el talón de la caña,  pero en ese momento  estoy en mitad de una de las inmensas raseras que se gasta el Tormes, así que abordo la cuestión con los brazos en cruz hasta que se me agotan los deltoides;  entonces claudico para entrar en el indigno recurso de pasear el Vivarelli por los dominios de los gammarus y termino con la manga de la camisa y parte del chaleco empapados tras rescatar al carrete y su dichosa palanca entre ocas y ramaje sumergido.

A pesar de ese torpe incidente, perfectamente evitable, la jornada se desarrollaba según mis mejores expectativas. Detecto a mi derecha una ceba de un buen bicho. Dos falsos y al tercero engancho la mosca en la típica rama invisible, lo de siempre: anillos que nos ponen nerviosos y ya no ejecutamos todo el protocolo de seguridad fallando, en este caso, la revisión periódica del espacio trasero para el lance. La trucha repite y la mosca colgada; momento crucial, ¿trucha grande o mosca?, opté por  trucha grande, tiro del nylon con intención de partir pero veo que la rama cede, así que retrocedo sigilosamente, me sitúo justo debajo del árbol, me estiro, pinzo con los dedos unas hojas y lentamente, como quien recoge línea de estrimer, a puñaditos, voy consolidando la sujeción. Cuando me he hecho con grosor suficiente doy un fuerte tirón con giro de muñeca para intentar partir la dichosa rama; no lo consigo, pero a cambio escucho en las pobladas alturas de ese árbol centenario un chasquido grave y lento y, simultáneamente, veo otra rama más grande, su hermana mayor,  su madre más bien, que se viene abajo, o sea, al lugar que yo estaba ocupando. Intento ponerme en fuga como me permite la corriente, la rama en su caída entrechoca con el armazón leñoso y se retrasa  unos segundos en golpear con su parte gruesa en el lecho del río, como un  dardo lanzado con precisión infernal desde las alturas. Verdaderamente impresionado me quedo mirando su lenta deriva aguas abajo, que se animaba progresivamente según entraba en el culero. A continuación mi caña empieza a combarse de forma uniformemente acelerada y de nuevo una carrera patosa para recuperar el bajo y la mosca que se llevaba la rama pero, como en las películas sobre el espacio sideral en las que el astronauta a la deriva se aleja a más velocidad, el río va tomando profundidad y debo desistir; cortamos amarras. Lo dicho, mi perfil de pescador.

Aunque no me agrade, debo concluir mencionando a las “otras cosas” del río. Cosas que no se desarrollan en el terreno de  la habilidad sino en lo que podríamos llamar -de forma algo obtusa- La Suerte. Nada podemos hacer aquí salvo ser respetuosos con lo desconocido. Ese mismo día en el Tormes se levantó aire; no habían pasado quince minutos cuando otro ruido  mucho más importante me avisa de que no una rama sino un árbol entero, seco en esta ocasión, se desploma diez metros por detrás de mí, justo sobre la zona que acababa de pasar, golpeando con gran estruendo en el agua su copa huesuda. Era demasiado para una sola mañana.

El amenazante esqueleto de madera…

Razonablemente mosqueado tiro una foto al enorme esqueleto de madera, salgo echando leches del agua y voy en busca del refugio del coche. Comí y bebí algo sabiéndome observado desde lejos por todos esos  arcanos, geniecillos y personitas del inframundo con quienes he convivido desde niño y he aprendido del campo. Luego me sacudí las migas de forma ostentosa, con autoridad; di un trago de vino, me limpié la boca con el reverso de la mano, miré a mi alrededor, desafiante, y regresé al río a zancadas largas. Los sentía detrás, ideando nuevas putadas, confabulándose entre ellos. No es como antes; ahora no siempre son  mis aliados, y se acercan demasiado.

Nunca estamos solos en el campo

Ese día se jodieron que, pese a lo relatado,  el resto de la jornada efectivamente fue, como he dicho más arriba, una de las mejores de este año. Pero no juguéis con fuego y  procurad aprender a identificarlos. Son como los perros, afectivos pero  primarios, por afecto mueren y por afecto matan.  Ya lo dijo Oberón, el Rey de las Hadas según el sabio de Stratford “la progenie misma de estos males proviene de nuestras querellas y disensión. Nosotros somos sus padres y engendradores”.

Diario de pesca. 2004. Semana Internacional. El sábado, último día,  subí solo al Bernesga. Arrastraba cansancio. Llegué a las 10,00 h. y a las 11,30 h. llevaba cero pelotero. Luego cambió la cosa; no aparecieron las buenas pintonas de este coto, pero en los chorros de las cabeceras de las tablas por encima del puente de Ventosilla había truchas pequeñas pero abundantes. Entre 18 y 23 cm más o menos. Por cierto, hay un hostal restaurante a la derecha según vas al puerto, que suelta toda la mierda al río, a lo bestia. Puse un bajo muy, muy corto, una CDC y  me recorrí unos cuantos cabeceros, saltándome las tablas porque no valía la pena. No voy a hablar de un número exacto, pero puedo decir que me lo pasé estupendamente, con todo el tramo para mí,  clavando truchillas a punta de caña y quitando enganches en los árboles. A las  15,30 las nubes amenazaban desde el puerto de Pajares y lentamente salí del río… se acabó la Semana. Una tirita en un dedo por una herida algo infectada, dolor en la cadera desde la caída en Felmín, un tendón del tobillo izquierdo al rojo vivo, la cara y los antebrazos algo quemados a pesar del protector 30, la camisa rota por una zarza, la cubierta trasera del coche rajada el primer día de pesca y bastante cansancio acumulado. Proa hacia Toledo con nostalgia de unos ríos de los que me fui despidiendo desde la carretera, de unos buenos amigos que siempre te dejan con ganas de seguir hablando y de unas truchas que se habían portado bien, a pesar de todo; esto es pesca en estado puro.

Marco Payo. -Toledano-.

Escrito por Admin

Deja un comentario