Pescadores a mosca que, junto a su foto y sus recuerdos, se desvanecen día a día en busca de sus ríos predilectos, arrastrados por el viento como el polen de los alisos.

El polen de los alisos. (Tertulia “Pesca de Truchas en Lugo”)

En un lugar al norte de la provincia de León. Un salón de actos con un gran ventanal a unas excelentes vistas. Año 2055.

Buenos días, queridos amigos: Les ruego sean condescendientes conmigo. Hace algunos años que cruzamos el ecuador del siglo XXI y apenas me queda aliento.

Para preparar estas breves palabras, he cometido la temeridad de bucear en mi cabeza y en un álbum de fotos que mi prudente señora colocó, hace ya tiempo, en una zona del despacho de difícil acceso; a nuestra edad tampoco es bueno alimentar la nostalgia. Entre las oxidadas páginas del álbum se escondía esta vieja instantánea, cuyo tono sepia generalizado  anuncia con dignidad su próximo final.

Conocí a un pintor suizo que, tras deambular varios años por las estepas españolas pintando gañanes, castillos y puestas de sol, abandonó  los pinceles y el caballete y se fue a organizar un suburbio almeriense. Cuando le pregunté los motivos, dejó humear su pipa unos segundos y me contestó  que había depositado en el arte sus esperanzas de un mundo trascendente; decidió dejarlo después de visitar la Galería Capo di Monte y encontrarse con el rostro resquebrajado, por deterioro del óleo, de la más hermosa Madonna jamás pintada. “Del siglo XV y ya casi destruido, vaya mierda” me dijo, y siguió fumando con una leve sonrisa.

Pero así son las cosas, así fueron y así serán. Con esta vieja foto no pretendo sino permitirles el privilegio de abrir conmigo una ventana mágica al illud tempus y podamos disfrutar, por última vez, de la tranquilidad y la alegría de sus protagonistas.  La arena del suelo en el  que posa el grupo es la misma que han pisado ustedes al entrar en este recinto, y el valle del fondo es el mismo que pueden divisar ahora desde el mirador que tienen a  su espalda. Ahí fuera, ahí mismo, estuvimos todos. El cielo, también de ese dichoso sepia, era aquel día azul radiante, un día de abril de un año de principios de siglo.

Aquella misma tarde, cuando terminamos de comer y tras la foto de rigor,  nos fuimos a lo libre del Esla y nos repartimos. En mi caso seguí los pasos de dos compañeros y, ya en el río, me fui rebajando hasta encontrarme con un corro de pintonas. Anillos imperceptibles que delataban truchas grandes y cautelosas; veteranas criaturas que pastaban exuvias y emergentes en un rincón escogido con inteligencia diabólica, como siempre.

Vadeé desde bastante abajo, pero se me hizo complicado alcanzar la  postura. Arriesgando llegué finalmente hasta una salguera por delante de la cual estaba mi objetivo. Para sortear esa fronda blanquecina había que moverse en lateral hacia el centro del río. La corriente tiraba y,  por debajo de la superficie, mis pies mantenían una dura batalla para mantener el equilibrio, arramblando piedras del lecho, hincando las punteras y amagando hacia los lados en una especie de danza ingrávida. Cuatro dedos para el borde del peto. Ya casi puedo, medio metro más…

Una puñetera rama que aun me molestaba, la mano húmeda que me resbalaba en la empuñadura, las mangas mojadas…  Una pequeña vía de agua helada por la espalda.

Tengo a tiro a la primera del grupo y lanzo aprovechando un intervalo del aire. Por encima del antebrazo vislumbré el movimiento de las copas de los chopos y el cielo azul del fondo. La caña proyectó línea absorbiendo un metro de reserva que  me salpicó agua en la cara, y se extendió, soberbia, posando suavemente la mosca…  demasiado a la izquierda. Mierda. Tengo los codos empapados y más de un litro en las botas. Una nueva subida algo más escondida, necesito ganar ángulo, elevo los talones, un leve castañeo de dientes me recuerda que estoy casi a merced del padre Esla… y solo me une con la cordura un hilo muy fino. Otra ceba más. Es imposible que el minúsculo cerebro de un pez calcule, con semejante mala leche, ese exacto lugar que me pedía dos cuartas más a la izquierda…Pero daba lo mismo, unos minutos antes ya había traspasado el  Rubicón.  Pude volver, pero aguanté en medio de  la corriente. Las truchas me miraban con orgullo y esperaban; era la guerra.

Cada uno de nosotros tiene rincones en su alma para vivencias de insignificante apariencia externa; espacios que –salvo uno mismo- nadie de tu alrededor conoce, al menos no en su verdadera dimensión.

Posé de nuevo la mosca con la certeza de que ese era el lance esperado. Sin sorpresas, subió la trucha y clavé.  Era muy buena. Se defendió arrancando hacia mí a medias aguas, como una locomotora; incliné la caña, perdí de inmediato mi precaria estabilidad y la corriente me dio un par de lentas volteretas. Todo se ralentizó unos segundos; adiviné la silueta borrosa del pez nadando en círculo, cerca del fondo, en un filial entendimiento con el río que me resultó sobrecogedor. Luego hice pie y me moví torpemente hacia la orilla, como cualquier mamífero terrestre que ha osado frivolizar con el agua. El mango de la caña asomaba a un par de metros. Permanecí unos minutos sentado. Fue la última vez que hice algo con la honestidad de un niño.  Luego, sin pensar demasiado, me cambié en el coche y aparecí entre el grupo ya vestido de ciudadano. Terminamos una cena gloriosa brindando con chupitos de licor pucelano de cilantro.

¿Porqué les cuento este episodio?, no estoy seguro, será uno de esos rincones de los que les hablo; en cualquier caso es verdaderamente difícil ver el pasado con el relieve necesario. Quizá los dioses quisieron que la impresión sufrida por una estúpida imprudencia  haya protegido del olvido no solo a ese magnífico día, sino a la agradable sensación –compartida con ellos- de estar creando algo.

No voy a  cansarles y, si les soy franco, a mí no me quedan fuerzas para ensayar una detallada descripción de quienes éramos. No estamos todos en la foto y aun así apenas memorizo los nombres de los retratados. Buscábamos para saber más, eso sí lo sé, con la inquietud de quien pregunta y con dudas en el horizonte. Como en esas carreras de los colonos con sus caravanas –en el legendario Oeste- cuya ingenua alegría  tornaba en recelo cuando cada cual encontraba su propio lugar y su propio destino.

Nos conocimos a través de Internet, rudimentaria red de entonces. La mayoría procedíamos de zonas ribereñas, pero había de todo. Las interminables parrafadas y barrocas discusiones nos hacían más llevadero el cuartel de invierno. Aprendimos cosas. Nos reuníamos a veces, pescábamos, visitábamos exposiciones y, por supuesto, cenas y copas con la desmesura  que tales eventos merecen. Acometimos algunas ideas de trabajos en común, intercambiamos materiales, publicamos en algunas revistas, algún viaje y -al término de unos años- esa cohesión fue desapareciendo y perdimos la  conciencia de grupo, aunque mantuvimos estrecha amistad entre algunos de nosotros.

Éramos pescadores a mosca, una extrañeza en el vasto mundo de las aficiones; cada cual dispuesto a morir por su escudo y su blasón. Eruditos entomólogos, joviales lanzadores, silenciosos y soberbios amigos del recato y del retiro, excéntricos que cambiaron su televisor por una pecera, que aprendimos – como autómatas durmientes- de polímeros y siliconas cuando nos ordenó el río; que amaron a las aguas y a sus moradores más de lo que la lógica permite, que oteamos universos paralelos mirando por el ojo de un anzuelo sujeto al torno.

Pescadores a mosca que, junto a su foto y sus recuerdos, se desvanecen día a día en busca de sus ríos predilectos, arrastrados por el viento como el polen de los alisos.

“Diario de pesca. 12 de octubre de 2004. Última salida de la temporada. Da lo mismo si hace viento, si llueve, si se te riza el bajo o se te vuela la gorra. Un Esla casi desconocido para mí por la poca agua que llevaba y un día de perros, hacia las doce de la mañana del domingo, con la capucha del impermeable puesta e hinchada por el aire y las polarizadas con gotas de lluvia, le grité a Félix,  “pero… ¡¡¿y lo a gusto que estamos?!!”.  A esa hora se terminaba de enderezar un fin de semana que se me había complicado y que casi me impide llegar a la cena, a cuatrocientos insignificantes kilómetros. Ha sido una de las reuniones más cojonudas y que mejores sensaciones me ha dejado.”

A todos, en especial a Félix, fundador de la Tertulia y al que hace muchos años que no veo.

A los ríos limpios del planeta, y si son trucheros, mejor.

A Conmosca y su paciente labor de seguir poniendo en contacto a la complicada fauna de los mosqueros.

Marco Payo. Toledano.

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