Oí un ruido similar al disparo de un calibre 22 L.R, seco y corto, la exteriorización sonora del brutal trauma molecular desarrollado en décimas de segundo en el interior de la puntera, que estalló descolgándose en varias piltrafas a lo largo del bajo

La prolongación del brazo

29 de septiembre de 2012, un día  caluroso en un río de la Galicia profunda, una mezcla de sudor y tierra en las manos y en la cara; aguas casi paradas con truchas que veníamos recechando desde trescientos metros más abajo, escondiéndonos tras enormes piedras  y  vegetación jurásica. José Ramón se había adelantado buscando un escenario más cómodo; “tu aprovecha esta postura que es muy buena que yo voy  a adelantarme…”. Venga ya. Para postura la  mía: me hago un hueco por una trocha y se me cuelan por el cuello de la camisa hojas secas y qué se yo qué más seres de ese submundo; arrojo  la caña sobre un peñón y luego me encaramo sobre él agarrándome con las uñas a su superficie musgosa. Una trucha ha cebado dos veces tras una macolla, ahora se trata de posar la línea sobre esa isleta y que la mosca explore la cara oculta; primer lance, corto, medio metro más de línea,  nuevo intento. Oí un ruido similar al disparo de un calibre 22 L.R, seco y corto, la exteriorización sonora  del brutal trauma molecular desarrollado en décimas de segundo en el interior de la puntera, que estalló descolgándose en varias piltrafas a lo largo del bajo.Era la  tercera vez que rompía una caña, la primera, con la puerta del coche, una kali Kunnan para los Black-Basses,  la  segunda, una sin marca que me habían prestado; pinché la mosca en la cubierta de una de las ruedas del coche para extender y secar la línea de seda, mientras recogía las cosas; lo que pasó después es indescriptible. Sin embargo  nunca había roto una caña en acción de pesca; yo mimo mis cañas hasta niveles ridículos. Guardé los trozos -meticulosamente y  en silencio-  en un bolsillo del chaleco. Dieciséis años abriendo el mismo tubo, desplegando la misma funda sobre el capó del coche y uniendo los cuatro tramos con un leve toque espiralado absolutamente personal, todo ello ejecutado bajo una liturgia que para sí hubieran querido los mejores Stradivarius.

En 1996 había ido  a la tienda de los Antúnez. Creo que  entonces estaba por la calle Modesto de la Fuente; me atendió Sandro. Yo quería una buena caña y él me habló de la SAGE  RPL +, la verdad es que el hombre sacó allí la de cuatro tramos, la montó y me pidió  que me fijara en ciertas virtudes, al tiempo que oscilaba como haciendo un lance en vacío; vale, me la llevo. Me miró con sorpresa: pero… si ni la has probado!!, que sí, que no, total que me dice, mira, insisto en que la pruebes, podemos quedar un día en… no recuerdo bien, creo que era una urbanización por Aldea del Fresno; allí estuvimos media mañana domando vencejos hasta que conseguí  que me diera la caña.  Desde entonces me ha acompañado permanentemente.

No se debe presumir de  las cañas que uno lleva partidas, como si fueran triunfos o meros instrumentos consumibles. Supongo que sólo el arte del esgrima –recordando los célebres versos improvisados de Cyrano de Bergerac-  comparte con nosotros tanta fusión y mutua dependencia entre brazo  y máquina. Y hablo del esgrima por la aprensión que me produce hablar de  la simbiosis del cazador con su perro, comparación en la que –a pesar de su falta de lógica-  me siento  cómodo  una vez he asumido que un objeto inanimado puede despertarme  -en ciertos casos-  sensaciones afectivas más propias de una mascota a la que,  a su vez, subo normalmente un escalón más y termino humanizándola, con idéntica falta de lógica.

 A pesar de mi admiración reconocida por  la competición, este vertiginoso mundillo ha favorecido el uso instrumentalizado de todo cuanto rodea a la pesca, no ya solo las actuales antiestéticas carreras río arriba y abajo violentando los ritmos de la naturaleza, o el destrozo conceptual  que nos  han inoculado exitosamente  con tanto perdigón y tanto muelle sino, sobre todo, el haber favorecido el desplazamiento del epicentro de nuestra actividad desde el pez como trofeo (en su amplio sentido) al pez como simple número acumulativo para la consecución del verdadero trofeo, que ya no es el pez –absolutamente cosificado- sino la copa.  Es casi seguro que pocos competidores en plena faena se fijan o recuerdan las características de la librea de sus últimas capturas; el momento de contacto con el pez no  va más allá de  mirar río arriba con impaciencia mientras el control sujeta, mide y suelta  cada trucha anónima que se va maltrecha sin el agradecimiento de nadie.

Antes de la SAGE había tenido algunas cañas más; recuerdo la primera de todas, marca Mister Fly, muy barata y muy parabólica, que al poco relegué al dudoso honor de acompañarme por el río Tajo a recechar carpas en superficie. Era una caña blanda y, cuando clavabas un buen pez se combaba desde la empuñadura. Me daba lo mismo que su “acción” fuera de punta o de otro sitio, nunca he dado mucha importancia a  esto de las acciones; no porque no haya diferencia entre las distintas opciones, que obviamente las hay y son notables; me refiero a que la adaptación a una acción u otra es automática; uno cimbrea la caña, luego tantea el peso de la línea con algunos lances y entre el brazo y el cerebro te ajustan perfectamente el modo de pescar, ya está. Obviamente todo se puede llevar a un algoritmo, sobre todo si se pretende que se instituya una cátedra de lance en alguna universidad española. Al fin y al cabo ahí está  Eduardo Punset que, en  la página  197 de su original libro “El Viaje a la felicidad”, te ofrece la  fórmula matemática correcta para tan deseable viaje.

La caña de  Antúnez me dio algún problema al principio, el tramo final a  veces se soltaba; la gente me decía que tanto tramo es lo que tiene. Realmente lo de los cuatro segmentos fue una casualidad, en aquel momento no tenían la de dos en la tienda y yo estaba impaciente. Hoy considero que es indispensable por la facilidad del transporte, sobre todo en el avión. Llevo un maletón rígido con dos tubos cruzados en aspa; la de repuesto es una TFO TiCr que apenas ha visto la luz del sol.

El caso es que con ese pepino de caña ya  me podía codear con la gente de entonces; todo tiene su precio. Se veía bastante Gary Loomis,  Winston, unas Orvis de color negro muy reconocidas… todas eran buenas y todas mandaban bien.  Dependía -y depende- de con quien hables.  Me decían no hace mucho que la Winston es –realmente- la caña que utilizan los norteamericanos de verdad; y que la SAGE va más bien a la exportación, no sé. Por otra parte, si con quien hablas es un profesional del ramo obviamente tirará un poco hacia las firmas que distribuye, es aceptable. Sea como sea, a mí me gustaba escuchar lo de vaya caña, muy buena, de las mejores…  claro que sí, por caña que no quede, moscas, las mejores, líneas, en fin, me tocó la época de las Robinson, un suplicio, pero también de las Phoenix, magníficas, hasta que Pablo Castro impuso el pragmatismo aun hoy vigente: “el plástico es mejor, más barato  y no exige cuidados”… y el Vivarelli, por supuesto, sigo con la parejita y no están tuneados. Una buena caña no da peces, a mí no, al menos. No se si sabiendo exprimir todas sus prestaciones, y que esas prestaciones fueran decisivas en alguna situación extrema, pudieras conseguir algo más que con una caña medianita, no lo sé; pero es difícil apurar todas sus prestaciones hasta el límite necesario para poder comprender las usuales diferencias de precios. ¿Es razonable manejar un equipo caro si no sabes extraerle el máximo provecho? La  influencia de las marcas es un tema complejo, hay ya mucha literatura especializada. ¿Conduciría yo el último modelo de Ferrari sin conocer todas sus posibilidades?, ni lo dudeis, como también conduciría un Aston Martin 1964 descapotable.

La afición a uno de esos coches vintage, con gafas retro y gorra de paño escocés, es igual que encapricharte de una caña de bambú con la que dar rienda suelta a tu flema británica, recreando la parsimonia de un veterano de los chalk streams.  Tengo una que me regalaron en el trabajo, porque alguien los chivó mi afición a la mosca. Está confeccionada por un artesano de Asturias y  lleva mi nombre.  Busqué un carrete digno de semejante prodigio de la artesanía y finalmente encontré al consorte ideal en una tienda de Orvis; un large arbor dorado que es un pasada. Han pescado con ella más los amigos que yo. Al menos una vez al año la llevo  al lago de Villalba de la Sierra a que la dé el aire y se estiren sus nervaduras. Está bien pero, en mi opinión, las propias  limitaciones del material impiden adaptarse a los  tiempos; siempre que me ofrecen algo de bambú repito lo mismo, cuando tengas una de nueve pies, línea cuatro y cuatro tramos, llámame y seguro que nos entendemos, pero no debe ser fácil.

A  Jon Huerga le compré una Scott de seis pies y medio pensando en ciertos  ríos muy cubiertos; la idea se me ocurrió en el  coto de Pereje, pero también estaba convencido de su utilidad en Cuenca. La caña es una preciosidad, pero la he usado muy poco, porque un río cubierto suele ser pequeño y puedes solventar los peores tramos lanzando de ballesta, de punta etc, además es más difícil controlar al pez. Recuerdo una buena trucha del Cabriel que me la lió  dando vueltas a mi alrededor desaforadamente; más que con una caña, tuve la sensación de pescar con el bajo de línea atado al dedo índice. Eso si, cuando has utilizado un día entero esa miniatura, cualquier caña normal que cojas parece una viga pretensada.

La verdad es que me cuesta mucho salirme del canon de los nueve pies, vale para todo, para ninfa también, sin duda.  No obstante, en el Open de Santa Marina  he utilizado siempre dos cañas, la habitual y una Vision de 10 pies; es un coñazo  si hay ramas en la orilla o tienes que salir con frecuencia o, sobre todo,  si pescas la  orilla derecha y vas obligado a hacer lances oblicuos, porque peligran las dos cañas;  pero el invento es bueno, no tanto por las distintas longitudes como por  llevar dos aparejos que puedes utilizar sin pérdida de tiempo y sin tener que luchar contra la pereza;  desde luego da truchas, en mi opinión, aunque fuera de una competición es un poco cante.

Más allá de estos supuestos concretos, efectivamente soy reacio a la versatilidad.  Mi problema es que  no soy ribereño y cada viaje es una cosa muy seria.  Si me siento a gusto y confío  en una caña concreta, o sea en “la” caña, en la práctica es difícil que encuentre el momento  para empezar a hacer experimentos. Cuando se mueven, porque se mueven, y cuando no, para aprovechar todas las oportunidades. Además hay un tema personal: Hace unos siete años –durante la Semana de León- me robaron  cuando pescaba en lo  libre del Sil, en las inmediaciones de Palacios. En la zona no hay más huevos que dejar el coche en algún descansillo de la misma carretera y luego bajar a lo bestia hasta el río. Cuando volví al anochecer tenía un cristal trasero roto. Me dio un mal rollo considerable, pero al final todo lo valioso lo llevaba encima y solo pudieron llevarse la caña de repuesto, una Daiwa de segunda mano originalísima. Conclusión, no estoy por la labor de llevar en el maletero una segunda caña que tenga  valor para mi, salvo que se venga conmigo al río.

Cuando volví a la tienda de los Antunez me proporcionaron en el acto un nuevo puntero para mi querida RPL+, pero entendí que tras dieciséis años ya era el momento de retirarla  de la primera línea de batalla. Alejandro me aconsejó la Sage One y esta vez no le dí la oportunidad de obligarme a probarla en  campo abierto. Es una excelente caña, más fina, al menos igual de potente y se lanza con poco esfuerzo;  no es la prolongación biónica del brazo que yo sentía con la otra, ni lo será nunca, probablemente, como tampoco será la caña con  la que me descolgué en el Miño trescientos metros detrás de una reinona, mejorando la escena de Brad Pitt ni, por supuesto, el día de la compra la eché en el asiento delantero con la ilusión que  llevé la primera a casa después de probarla en aquel pueblo de Madrid; ni yo soy el mismo. He renovado varias veces todas las células de mi cuerpo, no se me humedecen los ojos cuando cambio de coche como me pasó con mi primer Dos Caballos, mi escala de valores se cuenta con dos dedos y he abandonado –se diga como se diga-  a mi caña  favorita en el contenedor de la chatarra espacial, sin que haya hecho nada para merecerlo. Y esto es objetivamente malo.  Nada en mi vida, ni desde luego en mi afición a la pesca,  se sustenta en las más o menos experiencias acumuladas, ni en los más o menos  logros alcanzados. Si se enfría el rescoldo de las emociones de nada sirve la planificación de un viaje, montar moscas o entrenar habilidades. Este año, como todos, me he desperezado de la hibernación con la primera brisa primaveral y he  disfrutado  mis primeras jornadas fluviales,   pero algo ha ocurrido durante el letargo de invierno que aun no se que es, pero no me gusta. Es difícil recordar los sueños, pero intuyo que tengo cosas  pendientes de resolver relacionado con las dos Sages, a las que veo como las primeras de una larga formación de fichas de Dominó. Algo que si no corto a tiempo puede destruir mi afición a la  pesca, igual que una agrupación humana se destruye cuando pierde su código de conducta.

Hoy he montado ambas cañas, están apoyadas las dos en la mesa y me he sentado enfrente de ellas: Tengo que tomar una decisión,  eso es seguro, pero no sé lo que voy  a decidir. Ni siquiera sé sobre  qué debo decidir.

“Diario de pesca. 16 de abril 2002, río Cabriel, coto s/m de Ceñajos. Cuando llegué  –rondaban las 11,30 h.- entré por el  camino cerca del cruce hacia Boniches y estuve hablando con Domingo, guarda de la finca por donde discurre ese tramo, quien me estuvo informando  de cosas interesantes. Llegado al río estuve viendo a varias truchas cebarse en una tabla de aguas muy lentas que subían a alguna virguería  microscópica, tan propia de estas cuencas. Preparé los aparejos con calma de torero y desenfundé mi querida caña. Unos tragos de agua mientras se aireaba el engrase de la línea y me puse en marcha. A los cinco metros andados por el típico senderillo de ribera, un palo me hizo trabanquilla  y me pegué una hostia de libro. A cámara lenta cualquier persona mínimamente observadora se hubiera dado cuenta de que todos mis movimientos, muecas y previsiones fueron destinadas a salvaguardar la caña, objetivo que fue cumplido con menoscabo de mi integridad, en todo caso  el tema no pasó de mero contratiempo. Como digo las truchas estaban puestas y opté por no remover la tabla y tentarlas desde la misma orilla…”

Texto y fotografías: Marco Payo. -Toledano-

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