Últimamente se habla de los noveles, de los mosqueros noveles, que si tal técnica será complicada para el novel, que si es aconsejable que el novel haga tal cosa…

Mosqueros noveles

Últimamente se habla de los noveles, de los mosqueros noveles,  que si tal técnica será complicada para el novel, que si es aconsejable que el novel haga tal cosa… Sin embargo, pese a estar de moda, reconozco que no consigo entender bien la carga descriptiva de su uso actual, más allá de las definiciones oficiales. Intuyo que el término trasciende de la condición temporal de novatillo, entendido como la antesala iniciática que todos conocemos.

Más bien, veo en lo del novel de nuevo cuño no tanto un adjetivo transitorio como un sustantivo –los noveles- que identificaría  a una supuesta población estable de mosqueros sujetos permanentemente al magisterio mosqueril de alguien; una sumisión de por vida. Se podría visualizar como una revisión del  clásico de Aquiles y la tortuga, donde el novel – Aquiles – termina por convencerse de la veracidad de la paradoja (aunque sea falsa) y, en consecuencia,  desiste para siempre de poder ser mejor que el maestro – la tortuga-.

Se les cita, se  habla de ellos… sin embargo, para ser justos, ni yo mismo estoy seguro de haber visto alguna vez un novel de estos; nadie se me ha acercado y me ha dicho, por ejemplo, “hola, soy fulanito de tal, mosquero novel”. Leo cosas, alguna foto, algún avistamiento lejano, pero no tengo certeza… no podría afirmarlo, sinceramente. También había fotos de las caras de Bélmez, y luego mira qué chasco.

Bien podría ser que el novel fuera una mera invención del propio experto, perpetrada a

fuerza de identificar a ese colectivo como destinatario  pretendidamente real de sus consejos en las tertulias y publicaciones. Cumpliría entonces  una función similar a la descrita en aquella excelente película de Night Shyamalan,  en la que el villano buscaba la existencia del superhéroe como el opuesto necesario  para  existir conceptualmente.

Incluso más,  por inusitado que parezca, cabría que, al final, los mosqueros noveles no sean sino ectoplasmas parapsicológicos emanados  de expertos obsesionados con el pupilaje. El poder de la sugestión es enorme.

Aclarado, a mi manera, el asunto de los citados noveles, cabría preguntarse por la identidad de los también citados expertos mosqueros. ¿Quiénes son? no lo se, pero hay rastros interesantes: si analizamos los inmensos problemas técnicos de los  noveles, impúdicamente expuestos al público en múltiples textos, se hace evidente que no puede ser otro novel quien los resuelva; debe ser alguien preparado, un hijo del  estudio y del trabajo de campo, un coach vocacional.  En el río hay mosqueros de todo tipo, los hay del montón, los hay expertos,  los hay veteranos…pero no animo a nadie a andar tocando las narices a un veterano, es hosco y distante, como los osos viejos. Así que vayamos a localizar egagrópilas de experto.

Saber cuando estamos ante un pescador del montón y cuando ante un experto puede sernos muy útil, no es lo mismo compartir un rato de pesca con alguien que  cuide  de tu propia mejora y superación de errores, que compartir ese rato con un pobre desgraciado del que la única certeza que tienes es que te  dejará pescar tranquilo y disfrutar del día. Dándose la situación, aconsejaría dos truquillos que no suelen fallar. Primero, ofrécele unas moscas tuyas y observa su reacción; si  las acepta agradecido, te pregunta sobre su uso óptimo y las brinda un par de elogios… desconfía, casi seguro es un mosquero del montón. Pero si te las devuelve educadamente con sonrisa condescendiente y, acto seguido, te muestra varias suyas y te explica, con generosidad y altruismo,  cuántas docenas de pintonas pescó un día con una de ellas, yo diría que ahí  está el experto.

Hay un segundo truco infalible. Cuando lleves clavadas un par de truchillas y veas que el otro aun no se ha estrenado (no es tan raro, pese a tratarse de un potencial experto), suspende la pesca un momento; sujeta ceremonialmente la mosca en la anilla de la caña y ofrécele pescar en la postura tuya. Atención, si acepta, ya está, es uno del montón. Si rehúsa, bajo un argumento del tipo “a mí ya me da lo mismo una trucha más que menos” y,  paternalmente, te invita a que sigas divirtiéndote, tienes a tu lado a un  experto de pies a cabeza. Ahora bien, cuidado porque, por razones incomprensibles, el experto arrastra –como alma impenitente- la íntima necesidad de probar subrepticiamente que él es mejor, con toda la danza que esto conlleva. No es lógico, ya lo sé, pero es así.

Quizá el novel sea al experto como el novato es al veterano,  aunque las diferencias son enormes.

El novato tradicional era objeto de un desdén  teatralizado que concluía, al cabo de los días  o los meses, con su ordenación como miembro de pleno derecho y perfectamente integrado en el gremio correspondiente. En realidad era del gremio desde el principio, de ahí el carácter necesariamente oficioso de los ceremoniales.

Al Novato no le gusta que se le agrupe en aulas con otros novatos. Es castizo como un aprendiz de herrero medieval, como  un estudiante recién aterrizado, como un cazador adolescente. El novato es un podenco joven que se interna febrilmente en un mundo desconocido, con la ambición de ser uno más en el grupo; muerde a los merodeadores, ignora a los ruidosos y respeta  profundamente al veterano.

Y el veterano es solo un novato con cicatrices. Parece poco pero es mucho.  Ves como llega al río y como se va sin apenas ruido. No elude un reto si la ocasión lo requiere, pero jamás percibirás en él la necesidad de demostrar. El veterano se reconoce a si mismo en  el novato que comienza; respeta el valor de quien intenta abrirse camino por sus medios y, sobre todo, sabe enseñar con su presencia y con su silencio.

Y siempre, siempre,  es el novato quien –si procede- busca al veterano, jamás  al revés.

Cuaderno de pesca. Río Esla.  Junio de 1.996. Coto de Quintana. En las tablas mi amigo Eusebio es un maestro. Admiro su porte hierático en el río y su economía de movimientos; y algo más. Lleva muchas, muchas horas de río; la única forma de tener una encina de cien años es esperar cien años, y no suelen existir atajos. Entramos lentamente por el azud y pescamos despacio. Al final, él veintitantas   y yo tres o cuatro. Fue mi última salida de la temporada y esa desproporción me fastidió el invierno. Esla y Porma hay que saberlos pescar. No guardo rencor a estos ríos, y siempre que puedo voy a ellos. Se que en un ochenta por ciento de las veces o fracaso o termino cabreado, pero las truchas están ahí y si  dominas la pesca en esas aguas, te diviertes. No es suerte, ni es más o menos abundancia, es cuestión de sabiduría.

Marco Payo. Toledano.

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