Si alguien quiere reconciliarse con el Más Allá tiene que leer las historias de fantasmas de Dickens, solo él pudo convertir a un espectro en un pelma tedioso

Miedo

Si alguien quiere reconciliarse con el Más Allá tiene que leer las historias de fantasmas de Dickens, solo él pudo convertir a un espectro en un pelma tedioso. Decía este enorme escritor que se requiere mucho coraje para compartir experiencias psicológicas, especialmente si éstas adoptan un matiz extraño; y decía que un viajero digno de confianza que hubiera visto una serpiente marina monstruosa no tendría reparos en mencionar su experiencia. Pero ese mismo viajero, habiendo tenido algún presentimiento singular, un impulso, un sueño u otra impresión mental, dudaría antes de confiarle a nadie sus pensamientos.

Septiembre 1.984. Castillo de San Martín de Montalbán. Fortaleza militar del siglo XII; en ruinas y la huella evidente del ingenio templario. Magníficos espolones, contramuros inexpugnables y murallas almenadas defendían la cara Sureste y, al otro lado, al fondo del patio de armas, un modesto lienzo dejaba la misión protectora a un abismo horadado por el río Torcón. El río era mi objetivo y solo había una forma: cruzar su enorme plaza y salir por el otro extremo a través de una poterna desde la cual se accedía al borde del profundo barranco, solo practicable en tortuoso zigzag hasta llegar al cauce. El descenso llevaba algo más de media hora, y el premio era unas tablas vírgenes plagadas de blackbasses de mediano tamaño. Caña de fibra de vidrio, carrete Mitchell y la caja de los rapalas. Ese día me pudo el ansia y no emprendí hasta la noche el viaje de vuelta.

Comencé el ascenso alumbrado solo con una luna llena que rozaba la silueta en contraluz

del bastión medieval. Visto desde mi posición, divisaba ese conjunto en perspectiva similar a la veleta de una torre mirada desde su base, o sea, casi vertical, aunque lo cierto es que, sobre todo, iba pendiente de dónde hincaba las botas. Llegué a la ya citada poterna y comencé a cruzar el recinto amurallado. Una noche brillante. Pasé los restos de la torre del homenaje y de la boca de mina, que dicen los de allí; realmente es un aglomerado de silos, caballerizas y aljibes subterráneos; calabozos, refugio posterior de nigromantes, inadaptados y fugitivos. Luego, la sombra negro mate de una de las imponentes albarranas, en lo alto de la cual, unos meses antes, se celebró una fiesta del Temple o no sé qué y un chico se mató despeñado; lo encontraron al día siguiente reventado contra el ripio del antiguo foso. Me senté en un escombro de mampuesto y mortero para descansar un momento y encendí un cigarro (entonces fumaba). El olor de los peces me recordó la excelente jornada de pesca y sentí un gratificante cansancio. Aplasté la toba y me dispuse a cruzar la puerta principal, enfrente de la cual había dejado el Dos Caballos. Era, y es, como un pequeño túnel, una puerta abovedada de paredes quemadas; fue muy rápido, un rebufo de aire denso y una brusca oscilación en la luz de luna del interior. Aun recuerdo la nítida percepción física de tener a alguien cerca, muy cerca, a la espalda, tapando por completo y por un momento el hueco interior de la puerta. Una instintiva zancada me puso fuera del castillo y luego un amago de volver la cabeza, aunque dudo que realmente quisiera ver. Poco más que decir; apenas pude distinguir unos cardos secos al fondo, en el interior del castillo, que se movían levemente contrastando con la quietud nocturna del entorno. Y una tristeza repentina que me dejó abatido dos o tres días y que prefiero no explicar. Una tristeza insondable que no pude reconocer como mía, era de otro. Siempre había pensado que el miedo puro e irracional, el que Charles Dickens calificó como impresión mental, eclosionaba en nidos misteriosos del cerebro y luego se proyectaba al exterior; pero desde entonces creo que, a veces, ese miedo no nace en nosotros, sino que realmente viene de fuera.

La idea de “interpretación sospechosa” de Umberto Eco, desarrollada en un libro suyo sobre los límites de la interpretación, es muy bonita: vas por la calle y un tipo te está mirando. Empiezas a pensar: ¿por qué me mira? Lo normal es que no te mire por nada, casual, pero ¿y si era por algo? ¿Y si estaba ahí porque tu estabas ahí? Y si fuera así: ¿porque razón te miraba?… ¿Paranoia o el camino correcto para descubrir porqué realmente se fijaba en ti? Y descubrir, incluso, que había un motivo importante.

Junio 2006. Rio Cabriel. Los ríos naturales como este son de mañana y caída de tarde. En esa época solía pescar un rato, me iba a dormir al hostalito de Carboneras y, al día siguiente, madrugaba y daba latigazos hasta las once. Puente de Villar del Humo; río arriba pasas la zona de ciprínidos y, cuando el río dobla a la derecha, se encajona en uno de los típicos cañones de aquellas serranías calizas, desde lo alto de los cuales las águilas reales y los buitres observan a esos puntitos grises avanzando con la inconfundible torpeza de un ser humano. Hay poco espacio en el lecho de la hoz, apenas si cabe el río, la arboleda en galería, unos metros de cantorral y –entremedias- una vereda flanqueada por un seto rupícola de arbustos leñosos, lo cual finalmente viene a ser una especie de pasadizo estrecho. Para transitar por la zona tienes solo dos opciones, o el cauce o la vereda. Ese día llegué a media tarde y aparqué donde siempre. Mal asunto, ya había un coche. Me cambio y salgo de marcha, no sin antes fisgonear el vehículo no grato, un utilitario de color blanco, bastante sucio y cascado. No hay señales de que pertenezca a un pescador, más bien a un jardinero, tijeras de poda, guantes, un pequeño hacha y unos alambres. El plan era subir pescando hasta llegar de sereno a la tablita de la nutria y, cuando no vea, regresar ligero por la vereda para cenar en Carboneras. Rebañé algunas pintonas con el tándem de trico-ciervo y ninfita artesana; en cuanto al sereno mal, solo una, eso sí, preciosa. Últimas luces, una ligera brisa y de vuelta trotando con la caña desmontada, guiándome por el tono blanquecino de la senda y por los matojos que me rozaban los hombros. Pensaba en mis cosas y me interrumpe el chasquido de un ramaje seco en el suelo, que casi me hace caer. Elevo a las alturas un par de lindezas e inicio el tramo más largo, una rutina que me divierte porque siempre voy aplicando algún truco nuevo tratando de optimizar el tiempo de regreso… me detengo bruscamente, he oído por detrás chascar la rama con la que había tropezado hacía un instante. Me parece distinguir unos pasos y luego silencio. Tras unos segundos mi cabeza procesa explicaciones sensatas y sigo. Me detengo de nuevo, está vez ha sido el típico sonido hueco de unas botas arañando el suelo terroso; oigo de nuevo ese ruido. No percibo a nadie en la vereda. Pienso rápido, otro pescador que baja, pero no hay otra ruta que este camino, además debería aparecer ya porque son ruidos cercanos. Sigo caminando despacio. Pasados diez metros oigo de nuevo un ruido similar al que yo mismo produzco con las mangas al rozar los arbustos. Noto al corazón bombear, mi mano derecha aprieta la caña desmontada, avanzo unos pocos metros, me cuesta percibir con nitidez porque sensorialmente estoy confuso. Hubiera dado cualquier cosa porque apareciera súbitamente un corzo a la carrera; doy una voz, ¡hola!, y a cambio oigo de nuevo unas botas raspando el suelo, incluso un leve golpeteo de piedrecillas. De forma instintiva cambio la caña a la otra mano y con la derecha saco de un bolsillo del chaleco mi querida Opinel, adelanto quince metros y salgo rápidamente de la vereda para esconderme en una oquedad lateral, levemente abalconada, bien tapado y con campo de visión suficiente. Me invaden pensamientos disparatados. Permanezco absolutamente inmóvil, apenas respiro. Desaparece el miedo y, al mismo tiempo, voy sintiendo una agresividad extraña, onírica, infantil y primaria: se han cambiado los papeles, ahora acecho yo. Pasa bastante tiempo. Lentamente empiezo a moverme pero me sorprende el ruido de un coche; murmuro maldiciones e inicio rápidas zancadas casi a ciegas. Pienso en el jardinero como autor de las pisadas, aunque es materialmente imposible que me haya sobrepasado. Sólo consigo ver a lo lejos las luces traseras que suben el repecho y se incorporan a la carretera. Paso por donde estaba aparcado su coche y sigo hasta el mío. Suelto la navaja, la caña y el chaleco y arranco sin haberme despojado del vader. No tardo en alcanzarlo, a esas horas la carretera solo tiene zorros y lechuzas, no pasa de sesenta, en la primera recta le aviso con luces y lo adelanto al tiempo que busco la ventanilla del conductor: ahí estaba, un señor de bastante edad, corpulento, con cara angelical y concentrado en conducir, aunque nos miramos durante un instante que se me hizo eterno.

7 de julio de 2012. Coto de la Bañeza, por Soto de la Vega. Pesqué muy bien, bastantes pequeñas y dos grandecitas. Vi comer a un truchón de tres o cuatro kilos, impresionante, pero no volvió a aparecer. Me funcionó de nuevo la verdecita en cdc y collar tenue; a eso de las nueve de la tarde se formó la madre de todas las tormentas, llevándose lo poco que quedaba de luz. Estuve un buen rato alebrado bajo un aliso, con culebrillas por todos los sitios pero, vista la situación, decido irme al coche que estaba, precisamente ese día, a tomar por saco. Además, para acortar, dejo el camino que se aleja de la orilla y sigo atrochando junto al cauce. No me gustan las tormentas, no me gustan nada. Y la tengo encima. Tropiezo con una piedra y busco la linterna de minero. Una chispa y el trueno casi simultáneo. Vaya tela, otro relámpago ilumina toda la chopera y veo por el rabillo del ojo algo raro, dirijo la linterna y a unos tres metros de alto un ramo de flores secas atadas al tronco de un grueso chopo y una cruz amarilla pintada justo debajo. Me quedé enfocando al simpático bodegón con la boca abierta y, tras unos segundos, seguí caminando sin razonar mucho, luego volví mecánicamente, saqué el móvil y tiré una foto. Al día siguiente el río barrado y no pude pescar. El guarda me habló de que podría ser un recuerdo anónimo al Sr. Molina, transeúnte muy querido en La Bañeza que cantaba coplillas a las muchachas y dormía por el pueblo o por el río cuando había bebido suficiente. Apareció muerto en unas paleras aguas abajo y no se le conocen familiares. A través de Internet y de conocidos he recopilado algunos escasos datos. Hubo diligencias judiciales y al parecer se archivaron, pero no quedaron claras las circunstancias, dicen que acababa de cobrar una paguilla, qué se yo; os acompaño una foto de un grafiti con su retrato, miradlo bien; lo que dice esa mirada es que los relatos que anteceden no son de miedo, en absoluto; son un modesto canto a los guiños de la vida que invitan a reirnos de nosotros mismos y de nuestras frágiles certezas, y nos ayudan a intuir que un atardecer en un río no es solo un atardecer en un río y que un rayo de luna puede ser mucho más que eso. Me gustaría saber cosas del Sr. Molina, si es posible. Si alguien puede aportar algo estaría agradecido. La foto de las flores y la cruz no la publico por respeto, no quiero frivolizar. Por respeto y porque me quedan muchos serenos solitarios y oscuros allí mismo…

Cuaderno de pesca. Septiembre 2001. El fin de semana pasado estuve en el pueblo de mi esposa, Los Yébenes, corazón de los Montes de Toledo. Eran vísperas de la Patrona, la Virgen de Finibusterre, rondeñas, seguidillas y fandangos manchegos. No hay sitio en el mundo donde el venado, el jabalí estofado o la cecina (perdón, leoneses, esta es de ciervo) sean mejores. Unas migas, que un servidor prepara en condiciones, o unas gachitas de harina de almortas.

La tarde terminó curiosa. Me encontré con un amigo, pescador habitual en Extremadura y –como muchos- tardío mosquero. Andorreamos tomando unos cubatas. Me contó que estuvo pescando con barca en un embalse de León para probar, por primera vez, el sedal pesado y los estrimer en las aguas paradas. Por lo visto se le hizo tarde y las sierras circundantes propiciaban que oscureciese deprisa. Los otros dos pescadores que tenía avistados se habían marchado ya. Situación muy común pero que, en su caso, y debido –según él- a esa edad en cuyo tránsito sientes por primera vez una punzada de inseguridad ante la soledad extrema, se sintió incomodo y le acuciaron las ganas de tener todo en el coche y salir tirando. El pantano, que supongo que todo pescador de la zona conoce, tiene una cerrada cerca de la presa de un diámetro realmente grande, así que se dispuso a cruzarla con su barquita neumática y su motorcito. Por cierto, fuimos a Madrid a comprar una para él y otra para mí hace tres años. Él no conoce apenas ese embalse, ya que cayó por allí con ocasión de un viaje de turismo rural con su mujer y sus hijas. El caso es que prácticamente en mitad del pantano asomaba la punta de una roca, postura ideal para el último lance. Se acercó despacito, no fuera a fastidiar la hélice y, cuando estaba a tiro, mandó la mosca a una distancia de quince metros. Ni cebada, ni remolino. Recogió sumergiendo la imitación y, al instante, un tironazo le sacó los veintitantos metros de línea, unos diez de reserva todo en vertical, y rompió el bajo. Se quedó helado. Supuse –erróneamente- que por eso estaba mi amigo, Alberto se llama, apretándose su segundo cubata. Tras dos o tres nuevos lances infructuosos, arrimó la barca hasta la dichosa piedra que resultó ser la aguja de una torre sumergida. La torre era de una iglesia. A pesar de la poca luz, se adivinaban las aristas de una tosca techumbre y un par de buenas campanas. Extraño, porque, que yo sepa, las campanas las quitan de las iglesias de los despoblados. Alberto lo sabe perfectamente. Conocemos por nuestra tierra varios despoblados por las pestes de hace unos siglos. Abandonaban los pueblos dejando a los infectados allí confinados, muchas veces miembros de sus propias familias. Tiempos terribles. La torre sumergida estaba abandonada por otra causa, pero todo desarraigo violento siempre es malo. Es normal ante semejantes espectáculos, como hizo mi amigo Alberto, imaginar allí a la gente hablando el domingo por la mañana, escuchando misa y paseando. Mi amigo no es especialmente miedoso, pero prefirió arrancar y marchar ligerito para el coche. Lo hizo, pero no había avanzado cuatro metros cuando la barca frenó en seco y la quilla giró violentamente ciento ochenta grados. No se fue al agua de milagro, se le había enganchado el cable de fondeo. Sin darse cuenta, y por cierto desorden, la bobina se cayó al agua y se había anclado… El cable – un cable estupendo de acero articulado- bajaba en vertical, paralelo a la torre a una distancia de un metro de la misma. Dio varios tirones pero aquello no se desprendía. Bueno, calma. Se desplazó con los remos a cada lado, aprovechando el poco margen que la situación le dejaba, pero sin resultado. El caso es que el cable estaba tenso, como si de él estuviera suspendido un enorme peso, hasta el punto de que la proa de la barca que sufría esa tensión, se hundía varios dedos más de lo normal. Calma de nuevo. Se hacía de noche y había que tomar decisiones. Esto no hay que lo corte. Pues lo desato del anclaje. Sí, cojones. Es una presilla con dos tuercas. Ni linterna ni llave. Mi amigo revivía el momento, conforme me lo contaba, con gestos que llamaban la atención de los paisanos de la barra. Yo le deje hacer, como quien deja a un sonámbulo en trance. Se rompió el sereno con una marea caliente que empujó a la hinchable tensando aun más. La noche comenzaba; apenas si ya distinguía –a lo lejos- el bulto del todoterreno en la orilla, que se confundía con las junqueras y los chaparros. ¿Qué profundidad tiene este cochino embalse?. Y el salvavidas, joder, me voy a poner el salvavidas. Entonces le subió un borbotón de sangre de los pies a la cabeza, dejándole a su paso la espalda empapada de sudor frío: algo había tirado violentamente del cable. Tanteó el nivel del agua desde la proa, donde estaba el anclaje. Dios, pero si está a menos de una cuarta. Es el aire… el aire. El cable, tenso, se incrustaba en la borda de goma con verdadera terquedad. Bueno, vale ya de hostias. Agarro con fuerza la cadenilla y venga, un esfuerzo, otro y otro. La proa cedió y entró algo de agua mojándole la rodilla, con tal mala suerte que la mano izquierda resbaló y se introdujo entre el cable y la barca. Dio un grito. También en el bar; hice un gesto para que le dejaran tranquilo. Intentaba ahuecar tirando con la otra mano. Escuchó su propio grito devuelto desde las rocas del monte. Empezaba a deslizar la mano atrapada cuando otro un tirón, un tirón brutal, le desgarro la palma y le reventó la yema del índice. Inmediatamente después cedió levemente y pudo liberarse. Por partes, serenidad. Una venda, rápido. La mano tiritaba y el dedo sangraba con fuerza. Se quitó el salvavidas para llegar hasta la camiseta, con la que se hizo un guante tapando toda la mano. Un nuevo tirón hundió por completo la quilla y abrió una entrada de agua. Alberto se lanzó hacia la popa. ¿Dónde está el salvavidas?. Otro tirón. Lo tuvo claro. La barca se iba al fondo y él con la barca. Al agua. Mierda. Pensó en sus hijas, en su mujer, en sus padres. Oía el chapoteo siniestro de las olas que rutilaban entre sombras, dibujando extrañas siluetas. Aferrado al motor pensó que el pantano, su fondo oscuro, el maldito cable, todo cuanto le rodeaba no era sino una inmensa y única voluntad. Se serenaron los músculos de su cara, cerró los ojos, inclinó la frente y le brotaron unas lágrimas. Otro tirón. Notó –inerme- que el suelo se inundaba y se le empapaban las piernas. Sus hijas le sonreían y le llamaban, su mujer le acariciaba… ese perfume, la luz del salón el domingo por la mañana…. Días de sol en la niñez, con su padre en el río. No pasa nada… duerme; alguien te arropa… “Padre nuestro… que estás en los cielos…”

Pasaron los minutos. El pinar de la sierra anunció un cambio de viento, los últimos reflejos del día anunciaban una noche hermosa. Alberto sintió un alegre balanceo. Con el aturdimiento de quien despierta miró a su alrededor. Distinguió a lo lejos la aguja de la iglesia. No se movió. No hizo un gesto. Dejó que la brisa le llevase.

Las tres historias previas las he contado como las recuerdo; este último es una ficción que envié a los amigos mosqueros en la fecha indicada. Lo titulé “El Campanario”, y me inspiró una ermita hundida en Talaván, embalse de Alcántara, aunque lo ambienté en León. Las iglesias sin culto se llenan de okupas.

Marco Payo. Toledano.

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