Sólo el río sabe dónde se esconde el corazón más duro de la montaña, el granito macizo que se coció en las profundidades remotas de la tierra. Sólo el río va ablandando luego la roca más abajo y llenando de liquen, musgo, hierbas y luego arbustos y bosque la ladera. Nos parece suave el agua, delicada, de seda, pero es la única sustancia que puede cortarlo y romperlo todo, amasar el mundo, construir la vida.

Mira el pescador hacia la nieve que ha caído en Gredos estos días y sabe que ha empapado hasta el fondo ese corazón rocoso de la sierra. Luego, durante meses, irán destilando savia o sangre o agua esas montañas. Quienes paran su curso, ensucian su transparencia, construyen muros para atesorarla y la dosifican para venderla están malditos. Han olvidado que fuera del río no hay misterio, ni civilización, ni alegría. Nada más triste y opaco que un río de aguas rápidas convertido en Estigia, pantano o charco grande.

En miles de años de civilización y de palabras no hemos encontrado una metáfora tan buena para explicar la propia vida con su final al fondo, junto al mar. Y luego a nuestro Manrique le han cogido cariño los biólogos explicando al abrigo de sus versos el precioso ciclo del agua. Su regreso del mar en forma de nubes inmensas, lluvia, nieve y vuelta a comenzar, de nuevo río abajo y nosotros dentro.

No podría vivir en un lugar llano, sin ríos y sin árboles. Las montañas, los robles, todos estos torrentes me protegen del tiempo. Envejecen mi piel y mis huesos, pero no mi mirada, ni mis ganas de pescar.

Pero el hijo pescador no piensa aún en todo eso. Sus pies encuentran sin pensar el equilibrio y sin pensar todos sus músculos se mueven coordinados para poder lanzar sin mucho esfuerzo una pequeña mosca hacia un rincón lejano de la corriente. Fuera del río el tiempo fluye, dentro de él el tiempo está parado, el pescador lo domina, lo adelanta o retrasa a voluntad según la dirección de su camino. El agua va hacia abajo inexorable pero el pescador está quieto en un punto del espacio-tiempo, suspendido o flotando o de pie en una roca que hunde sus cimientos muy abajo, donde el tictac del tiempo se mide sólo en millones de años. Tal vez han pasado unos segundos desde que la trucha mordió el señuelo hasta que yace en sus manos agotada o tal vez han pasado muchos años y en este breve parpadeo, deslumbrado por el sol, ha pasado la mitad mi vida.

Del Blog Mi Hijo el Pescador
Texto: Ramón J. Soria Breña. -bosquimano-

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