Siempre comienza allí, en esa tabla ancha y de buena profundidad que hace más de un siglo suministraba agua a un molino de aceite. Luego se va estrechando entre un paredón de granito en cuyo borde se agarra un gran sauce y la orilla opuesta abrupta y llena de maleza desde la que es muy difícil lanzar. La cabecera es un chorro rápido, grueso y profundo que hace un rizo y luego un remolino antes de meter el agua en la cueva de la roca. Allí tocó el pescador la trucha más grande de su vida y ese sitio le atrae siempre, como un potente imán, muchos días de abril aunque pocas veces toque pez en el lugar.

La caminata hasta la tabla es larga y pesada. Luego está el vadeo no siempre posible y siempre complicado para cambiar de orilla. Luego un nuevo cruce para dejarse descolgar por la rasera sin hacer mucho alboroto y sin que el agua le llene el vadeador porque aquel sitio tan transparente sigue siendo profundo. Una vez allí, el pescador dice en silencio: “ya está” y saboreará una hora larga en la que lanzará aquí y allá disfrutando de cada segundo de agua, de la belleza del paraje, de las siguientes cuatro tablas y pozas que le esperan más arriba y que, a esa hora de la mañana, sabe que nadie ha tocado aún.

Hacia abajo, el río se descuelga en una sucesión de largas y anchas chorreras con la única orilla accesible llena de canchos de granito rosado y pulido, diminutas playas de arena en las que las nutrias dejan la firma de sus huella y trozos de roca afilados desprendidos  de la abrupta loma que empuja el agua hasta el balcón de la lobera. Esa zona le gusta a su hermano, pero no a él, tal vez porque le duele recordar los días felices junto a Ángel, su maestro pescador, que ya no vive. A Ángel le gustaba mucho aquel trozo de río de aguas rápidas, así que él, entonces, se adelantaba un buen trecho para que pudiera pescarlo a gusto y a su ritmo.

La felicidad es siempre escurridiza, poco definible, muchas veces inexplicable, pero aquella tabla nunca falla. En cuanto se sumerge en el borde de la rasera con el estruendo del agua tras de sí, la siente y la toca. Da igual que clave o no clave alguna trucha. Le parece un lugar mágico por eso, porque siempre se siente bien pescando allí.

Hoy el pescador no sabe que pinta en la ciudad. Le fastidia pensar que aún le faltan muchos meses para volver al río. El nunca ha tenido paciencia. Hasta piensa que en realidad pocos pescadores tienen eso, “paciencia”. Esa virtud ha sido siempre supuesta por todos esos tipos que precisamente no son pescadores. Él no conoce a algún pescador mosquero que tenga mucha paciencia.

La felicidad es siempre complicada, por eso hay que buscarla, perseguirla, pescarla y no esperarse quieto, con paciencia, a que pase a nuestro lado para agarrarla. El agua es igual que la felicidad, a veces escurridiza y bronca, en ocasiones profunda y muchas veces rápida. Nunca se para. Pero en este lugar es muy nítida y cercana. Está muy clara y es muy transparente, esa emoción y el agua que le rodea.

Del Blog Mi Hijo el Pescador
texto: Ramón J. Soria Breña. -bosquimano-
Fotografías: Fernando Alonso Cortés Rodríguez

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