El mejor pescador a mosca del mundo

¿Qué y quien es un gran pescador? ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que fulanito es uno de los mejores pescadores? ¿A qué nos referimos si decimos de alguien que es el mejor pescador del mundo? Este tipo de preguntas no son invento mío, de hecho hace pocos días leía un delicioso relato de William Humphrey en el que afirmaba que Skues ha sido el mejor pescador de truchas que jamás haya existido. Esta misma semana el tema ha sido objeto de un interesante debate cibernético con un amigo, comentando, precisamente, otras referencias sobre el mismo asunto.

El mundillo de los adjetivos calificativos es complejo. Yo no podría decir de mi mismo que soy un gran pescador, primero por la enorme modestia que me caracteriza y, segundo, porque lo agradable realmente es que sea otro quien lo diga de ti. No obstante, sí que podría aplicarme algunos otros adjetivos, por ejemplo, soy un pescador a mosca normalito o soy un pescador a mosca perseverante. Con respecto al prójimo suelo ser generoso. Reconozco que, en varias ocasiones, he utilizado el apócope “gran” para calificar a pescadores que, a mi parecer, exhiben notorias habilidades, incluso no he dudado en extender esa calificación a colegas que por unas cosas u otras no son santos de mi devoción, procurando en estos casos usar los recursos apropiados para dejar grave constancia de mi ecuanimidad, por ejemplo, fulanito es un poco tal, pero reconozco que es un gran pescador. Además, una calificación de este tipo es más cómoda que otras como eficaz, solvente o buen pescador. Por un lado, evitas dar la sensación de que tu elogio es el resultado de una auditoría, tendencia natural de nuestro cerebro binario que suele ordenar las cosas conforme a dos grupos incompatibles: bueno-malo, alto-bajo,

guapo-feo, izquierda-derecha etc.- y, por otra parte, no se mete en el jardín de los calificativos comparativos sobre los que comentaré un poco más abajo. En definitiva, si yo estoy departiendo con unos compañeros de afición y digo que tal pescador es un gran (y equivalentes como formidable, estupendo, excelente…) pescador, sugiero más entusiasmo y admiración que juicio alguno sobre el destinatario, al mismo tiempo que eludo todo esbozo de comparación que pudiera poner en guardia a los contertulios a quienes hablo, de forma que, perfectamente, todos podrían ser grandes pescadores.

Lo siguiente sería ¿y qué nos hace ser “grandes” pescadores?, casi lo he dicho ya: ni lo sé yo, ni lo sabe nadie, ahí está la ventaja de su uso: no existe un criterio tipificado previamente que lleve a que podamos ser nombrados grandes pescadores, depende de que nos apetezca en un momento dado dar esa opinión sobre alguien. Así de sencillo. Doy por hecho que no solo dependería de que nos apeteciera, sino que tendríamos nuestras razones, por supuesto; pero valdrían cualesquiera otras, así que nos da igual. Podemos utilizarlo sin miedo tanto para referirnos a gente conocida y famosa como a perfectos desconocidos del público.

El problema se complica –o no, según lo enfoquemos- cuando entramos en los calificativos comparativos, porque hay que comparar obviamente; y eso siempre es molesto. Por ejemplo: fulanito es mejor que menganito. Es un disparate que solo se puede entender en ambientes cerrados y de mucha confianza, donde la base de referencia para comparar suele ser superficial y radicalmente subjetiva, y nuestra santa opinión viene avalada no por datos sino por el tono de voz, el ruido de los nudillos en la barra y un glorioso exceso de cervezas. Digo que puede ser un disparate porque, hecho en serio, entraríamos en un terreno complicado por la desproporción entre lo directo que es y esa inevitable subjetividad.

En cuanto a los superlativos –otro nivel más- es increíble pero, incluso en esta solemne categoría encuentras aparentes referencias a un Olimpo que en realidad se deshincha de inmediato: “zutanito es un grandísimo pescador”; parece que quieres singularizar algo, que quieres destacarlo especialmente, sublimarlo… pero al final más de lo mismo; es lo malo de los superlativos que llamanabsolutos -mucha chapa y poco motor- desprestigiados por el abuso de que son objeto y relegados, incluso a constituirse en herramienta de crueles ironías.

Pero hay más en el repertorio. En mis tiempos decíamos superlativos de relativo, ahora no lo sé; alguien decía que la cultura es un bachillerato bien aprendido y a mí me pilla algo lejos ya. Son otra forma de comparar, un ejemplo: “Fulanito es el mejor”, ciertamente busca situarse, encontrar un puesto en un colectivo, pero no remata, falta consistencia. Es un grito de guerra o un intento de conclusión bizarra de esa conversación etílica descrita hace un momento; parece que dices algo importante, pero el eco se diluye en el caldo de exclamaciones estentóreas tan propias de nuestro idioma.

Otra modalidad de relativo es la que introduce de nuevo un matiz de posicionamiento, esta vez más conciso: “Perenganito es el mejor pescador que conozco” Interesante, pero mucho cuidado que la lías. Al proferir semejante afirmación delante de unos cuantos colegas, se te puede originar un problema porque les has tocado las pelotas a todos ellos y al mismo tiempo. Si lo dices por internet la gravedad del problema es directamente proporcional a la cantidad de mosqueros que conozcas. Sea como sea, estamos ante un comentario delicadillo en la mayor parte de las veces, y poco más, a decir verdad, porque las razones a través de las cuales has llegado a esa conclusión son –igual que en lo del “gran” pescador- tan absolutamente respetables como irrelevantes. Lo apropiado, seguramente, es evitar estas cosas y, en último extremo, si te ves compelido a hablar, procura tener reflejos y relativizarlo con un: “uno de los mejores que conozco” o algo por el estilo que posibilite que, quienes te rodean, puedan pensar que el resto de las butacas las tienes reservadas para ellos.

Y un tercer ejemplo de superlativo relativo. Éste, frente a todos sus hermanos descafeinados, paradójicamente pervive intacto todavía. Su secreto es el sólido anclaje en unas referencias ineludibles que (ahora si) reclaman objetividad por los cuatro costados; lo que unido a su origen relativo, o sea, de medición con respecto a otros, constituye un mezcla explosiva. Atención, ahí va: “fulanito es el mejor pescador a mosca de Toledo” o, mejor, su mayor y más vertiginosa versión: “menganito es el mejor pescador a mosca del mundo”. Invocamos a su complementaria y previa versión interrogativa, también interesante: “¿quién es el mejor pescador a mosca del mundo?”, sencillo en su planteamiento, sereno, perfectamente delimitado en su enunciado. Un auténtico tesoro del castellano que, sin embargo, está en peligro hoy en día. El peligro es el mismo que en los casos anteriores: banalización, uniformidad, mero recurso de cortesía… evitémoslo en este caso.

A tal pregunta, tal honor. La respuesta está muy clara: Santi Amantini. Y si preguntamos por el mejor pescador a mosca de Europa: Pablo Castro. Y si preguntamos quien es el mejor desde hace tantos o cuantos años, pues modas y promedios y el que salga. ¿Campeón es igual a ser el mejor?, por supuesto, no lo dudemos ni aun cuando los propios afectados renegasen de ello, sería comprensible por pura bonhomía:
– Primero: el vértice en que confluyen y cobran sentido las distintas habilidades y conocimientos de un pescador se llama “coger peces”.
– Segundo: hacerlo pescando a mosca.
Tal y como están las cosas de liadas, los límites definitorios sobre qué es o no es pescar a mosca constituye una discusión no consensuada; si esos límites se establecen convencionalmente de forma reglamentaria e igual para todos, deja de ser un problema.
-Tercero: hay que establecer un sistema de medición previamente conocido por todos y
– Cuarto: realizar la medición comparativa buscando la mayor objetividad posible de entre lo posible. Parafraseando al político inglés, es el peor sistema exceptuando todos los demás; elimina dudas y digresiones estériles.

Sin duda la pesca a mosca contiene muchos conocimientos y habilidades ampliamente desarrollados: expertos montadores, insignes escritores, intrépidos viajeros, magníficos lanzadores, pensadores, artesanos, fabricantes etc. Todos ellos son o pueden ser dignos destinatarios de nuestra admiración y de adjetivos que luzcan merecidamente en su solapa. Adjetivos que, como ya se ha visto al principio, no entran en el prosaico ruido de las comparaciones e iluminan a su acreedor en un homenaje a su propio reto interior. Pero debería haber consenso en que cuando alguien quiera saber quién es, o legítimamente ese mismo alguien aspire a ser el mejor pescador a mosca de Toledo, de Galicia o del mundo, antes de enmarañarse buscando atajos por dudosos y estrechos pasadizos, eche narices, se trague el miedo escénico y el amor propio, abandone la comodidad de su particular y complaciente tribu y se tire con los pies vueltos al Selectivo de su provincia como primer escalón y, con presencia de ánimo y humildad de grillo, intente alcanzar la cima. Si lo consigue, cuando le señalen y digan “ahí va el mejor pescador a mosca del mundo”, no será un adjetivo calificativo en grado superlativo por la generosidad de sus rendidos colegas, más o menos impresionables, sino por la constatación de un hecho cuyo margen de error solo será el estándar atribuible a cualquier obra humana.

Un servidor no es de la competición ni de lejos. Solo he participado varias veces en La Semana y sigo al pie del cañón en el Open de Santa Marina. Cada vez que se me da mal prometo que es el último año que me apunto. Cuando se me da bien –que en mi caso eso se llama salvar el bolo- me vuelvo para Toledo como una moto; en todo caso siempre aprendo cosas nuevas. .

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“DIARIO de pesca, junio 2002. El día 4 martes me fui para la Semana. Dado que ese día tocaba el coto de Salas y que no era un destino aconsejable, fuimos a lo libre del Porma y no hicimos nada de nada. El miércoles tocaba concurso y me cayó un tramo alto de Pesquera en el que no se movió una trucha hasta las cuatro y pico, y entonces comenzó a bajar mosquito, mucho mosquito, y se cebaron como locas. Lo que me funcionó mejor fue un pardón de fábrica casera y una carne leonesa. Al final contabilicé cuatro (cogí cuatro más sin medida) y eso me permitió clasificarme por puntos. Al día siguiente Vegamián. Llegamos tardecito, ya que utilicé parte de la mañana en que me viera un médico el catarrazo que venía arrastrando y que amenazaba con empeorar. Cumplido el gobierno del cuerpo salimos para el coto citado y nos volvimos de inmediato porque el río bajaba muy alto y muy tomado. Hubo tiempo para comer unas estupendas judías en la venta de Remellán (creo que se llama así). El viernes, concurso de nuevo. Me tocó Pesquera otra vez y sólo fui capaz de quedarme con una trucha de 38 cm. Saqué tres o cuatro más sin medida. Mala suerte. Mala suerte y que esto de la competición no es lo mío. Como no tengo práctica pesco trabado, sin gracia y sin picardía, todo ello a pesar de los buenos oficios y consejos de los amigos que me acompañaron. Tuve que acelerar la vuelta a Toledo, y llamé a Troita para cancelar la excursión del sábado y el domingo. No obstante, el sábado no quise marchar sin visitar mi querido Felmín. Fuerte de agua, algo tomado, pero pescable. Dejé el coche en el mismo Getino y pesqué esa zona. Doce truchas en tres horas y media con la imitación casera del Tormentor, que tiene la ventaja de que se ve muy bien. En unos blandos, aguas abajo del puente de Getino, clavé cinco en diez o quince minutos. Qué a gusto, pero qué a gusto. En fin, tomé algo en un bar y salí arreando para mi tierra.

Texto: Marco Payo Yubero. -Toledano-
Dibujos: Manuel Cuartero. -cuartero-

 

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