En una noche de lucidez concluí que cuatro horas de automóvil hacia el norte de España –en busca de torrentes de agua limpia- no eran mucho más viaje que las rutas habituales a oriente u occidente.

Moscas

Abril, 1.994. Llevaba más de media hora ante el río Carrión, Coto de Triollo, sin moverme, con una caña, un carrete y una mosca enorme. Me introduje  en el cauce y comencé a pescar. Primera conclusión: “aquí no hay peces”. Para quienes procedemos de la pesca en ríos de llanura y embalses, no es fácil asimilar que en un cauce transparente -donde sólo ves piedras y tierra- haya, justo donde estás mirando, ahí mismo, un par de truchas. No sabía distinguir una ahogada de una seca. Estuve  medio día pescando a seca con una maravillosa ahogada de León y me extrañaba que no flotase bien.

Como otros muchos, empecé de chico pescando carpas y barbos en el río, muy contaminado,  para poder fumar tranquilo con mis amigos. Entonces era masilla (miga de pan, agua, aceite y colorante) o patata con cebador y a la picada, o a la ova, la más señorial, cuya materia prima  recolectábamos en los azudes que rodean la ciudad, o a fondo con plomo y  cascabel, pero eso era para principiantes.  Me iniciaba también en la caza –complemento perfecto-  donde todo era campo, perros y buenos maestros de grave presencia. Luego el black-bass y el lucio, comprábamos -y también nos hacíamos- nuestros propios  señuelos de madera de balsa, con nombres más o menos aborígenes.

Perfeccioné con los años, con paciencia y con dedicación; cañas de inglesa, pesca en barca, vinilos, etc. Pero 1.994 fue un año más de profunda sequía y, junto con algunas grandes encinas centenarias, agonizaban históricos embalses de Extremadura y de Castilla-La Mancha. En una noche de lucidez  concluí que cuatro horas de automóvil hacia el norte de España –en busca de torrentes de agua limpia- no eran mucho más viaje que las rutas habituales a oriente u occidente. Y así,  ya adulto, casado, con un hijo y otro en camino, me hice mosquero. Desde el principio me impactó la complejidad y la exigencia artesana de los cebos -las moscas-  usados  en este arte,  e hice lo que no había hecho hasta ese momento en relación a mis aficiones camperas: empecé a leer. Revistas y más revistas, libros, tratados entomológicos, foros pioneros, salvajes y descontrolados, y correspondencia analógica y digital con nuevas amistades del gremio.

empecé a leer. Revistas y más revistas

No conseguí nunca conciliar esa advenediza actividad teórica con la formación vital y practica -respecto al campo-  que recibí a la edad en que se moldea la cabeza de una persona. Quizá por eso, mis primeros pasos en el corte y confección de moscas fueron displicentes y, en cuanto aprendí los rutinarios pasos del montaje convencional, anudé arbitrariamente hilo amarillo, cercos grises, collar miel pajizo, alas del mismo cuello, cuerpo de pelo de liebre muerta de mi propia mano, y brinca y cabeza con el mismo hilo amarillo. A tomar por saco… Con eso respondía a mi incapacidad personal para pasar en tirolina del libro de  Rafael del Pozo al mundo del Benchside. Lo terrible es que con aquel adefesio de mosca, que hoy  está en el cuadro de honor de mi caja de efémeras, triunfé en plazas como el Cabriel, el Cea o el Abión, lo cual, unido a alguna otra experiencia por el estilo, abonó el escepticismo entre mis fundamentos  autodidactas.  Desnortado de esta manera, y consciente de la  pérdida de respeto a las fuentes que por mi parte se avecinaba, busqué en las enseñanzas de la Historia: Barroco, Neoclásico, Romanticismo, Modernismo… en fin, los padres  fundadores cada uno con sus moscas, los siglos de oro de las ahogadas, el descubrimiento de las ninfas y la entusiasta arquitectura de la actual pesca a seca.

busqué en las enseñanzas de la Historia

Acepté con rigor monacal sugestivos nombres de ascendencia inglesa o francesa relacionados -por criterios de fantasía, conjunto o imitación exacta-  con una buena parte de los insectos de las aguas que eran identificados por su inextricable nomenclatura científica, con juvenil alegría. Se me desató una furia importante en torno al atado de moscas y mis cajas se convirtieron en un jardín de clásicas cuyo modelo natural, minuciosamente descrito en mi cuaderno de campo,  me afanaba  por localizar en las piedras, en el aire o en el estómago gastroscopiado de alguna pobre trucha. Buenos tiempos. Llevaba en el chaleco un cedazo plegable con el que filtré más agua que un operario de Las Médulas, y desarrollé un estilo para pillar veleritos parecido al de los osos con los salmones. Ratos enteros mirando- eso sí, con perplejidad y confusión creciente- a una masa informe de  animalitos retorciéndose en la  malla o pegados a mi mano húmeda, o sencillamente reventados entre los dedos. Un día de aquellos, en el puente de Valdelinares, Ucero, un colega comentaba a sus acompañantes el buen síntoma que suponía ver volando, por allí,  tal cantidad  de lo que fueran, en latín; a pelo, sin microscopio, ni flexo, ni chuleta con las claves de identificación. Algo me fallaba en todo esto, pero las moscas de conjunto desviaban mi atención y me iban salvando de  situaciones comprometidas, la Tricolor, la Royal, la Universal de Ragot, una maravilla con la que disfruté investigando… Y la Adams.

El Adefesio y su Alteza la Adams

Iniciarme en la Adams me vino muy bien; no fue para mí una mosca más. Su estudio, las pruebas en acción de pesca, las opciones de diseño, la constatación de su versatilidad durante varios meses, me brindó el refugio que necesitaba; probablemente pudo haber sido con otra, pero era el momento. No es lo mismo relacionarte con miles de personas que conocer muy bien a una, distinto y complementario. La Adams, una obra genial de un montador valiente, fuera Len Halladay o quien fuera, que –muy por encima de las demás- escenificaba en mi evolución una refrescante y eficaz independencia frente a cualquier fuente de inspiración. Cuando la Adams tuvo su segunda juventud en los cenáculos leoneses, probablemente un servidor –sin abuela- montase la mejor Adams de España. Pero hoy no va montaje, sino de moscas; basta decir que pescaba de miedo. Fue un gran momento y otra puerta más.

AFTER WORK SPA FLIES (5 ESTRELLAS).

Porque, efectivamente, para entonces  me estaba introduciendo, a través de unos amigos de mi tierra como mentores, en la cultura del Reino de  León, el reino de los colores, de la seda, las plumas de gallo vivo y de  los tricos de riñonada, del que aprendí mucho y marcó mi interpretación tanto de los  ríos como de las moscas. En aquellos pliegues norteños pervivía algo importante, una centenaria tradición con un “sistema filosófico” tan completo y coherente como el de las tan cantadas instituciones británicas trucheras, y una potencia creadora que nada tenía que envidiar de nadie. Tuve la oportunidad de compartir jornadas de pesca y mantel con algunos de los  grandes del momento vinculados a la competición y, también, con firmes mosqueros leoneses integrantes de un foro que en aquellos finales de los noventa estaba en pleno apogeo. En el ambiente de León, que dejaba ya muy atrás su paulatina conversión de los conceptos de la ahogada a la seca, no se hablaba tanto del modelo natural como de la cultura de autor, y de un puñado de montajes eficaces trabajados por un hervidero de gente inquieta, con las ideas claras y el aplomo del indígena que conoce perfectamente su territorio. En  los bares, en La Vecilla, en los restaurantes, en las semanas internacionales –al parecer sin el esplendor de antaño, según decían-  y en los cuatros puntos cardinales de agua que rodeaba la ciudad, se respiraba pesca a mosca. Verdes, carnes, pajas viejas, tabaco, amarillo, rubiones, corzunos, participaban en patrones sólidos derivados de las características genéricas de los insectos de cada momento. Un juego realista en el que me encontré cómodo y que empezaba a contrastar -evidentemente visto desde mi posición de parcialidad- con un incremento excesivo de propuestas de montaje provenientes del también creciente número de revistas que, de más corta o larga vida, yo seguía devorando desde su primer día en el kiosco.

…un jardín de clásicas…

La focalización monográfica de  montajes concretos en esas revistas, a mediados de los noventa,  que tanto me ayudó en los comienzos, había pasado a ser una oferta un tanto masificada de opciones, y tuve la desagradable sensación de que,  a veces, eran meras variaciones aleatorias de 50 elementos tomados de cinco en cinco, sin el suficiente trabajo de campo para comprobar su solvencia. Sea como sea, con la base práctica adquirida pateando el terreno de la Legio Gemina y ya  con algo de vuelo, fui profundizando con compañeros de otras regiones que me enseñaron  más de los ríos gallegos, con sus cauces sombreados, su pesca al toque en las sobaqueras  y sus tejadillos compactos; del reo  cantábrico y su mundo de pez enajenado, de los preciosos y técnicos ríos alcarreños y conquenses…. Tenía, además, un perchero estable donde guardarlo y un instinto cada vez más desarrollado. Aprendí cosas. En algún momento de entonces irrumpió el CDC para el público en general, que rompió moldes, se absorbió con éxito en lo que respecta a las efímeras y supuso el comienzo del declive para muchos patrones basados en la pluma de gallo.

… irracional afecto hacia todos y cada uno de esos peluches…

Septiembre, 2013. Han pasado años de rutas, de días buenos y  malos, de hacer amigos y de perderlos y de dejar piercings en las salgueras. Aunque el transcurso del tiempo me ha tentado para entrar en la fase de eliminar todas las cajas  habituales del  chaleco y quedarme con una sola, no lo he hecho porque me frena un irracional afecto hacia todos y cada uno de esos peluches inanimados. Ha descendido de nuevo el número de revistas especializadas, y me he ido  interesando en destinos y en publicaciones de otros países. Hubo otras muchas moscas-fetiche, pero nunca olvidé a aquella de alitas grizzly. Ralenticé mi dedicación al montaje y aumenté en proporción las moscas compradas y las moscas “con las que hay que pescar”, que los colegas me facilitan sobre la marcha. Biólogos especializados han puesto en duda bastantes identificaciones de quienes, como yo, nos metíamos a cocinillas de entomología. Hay algunas iniciativas interesantes a  favor del gallo de León y las últimas  generaciones de competición han consolidado y extendido una escuela pragmática, heredera de las controversias clásicas, donde las líneas, los indicadores, los bajos, las moscas etc., se constituyen ingeniosamente en meros recursos moldeables al servicio de la eficiencia, y donde buscar parangones naturales –por ejemplo- a una ninfa de perdigón, carece de sentido.

Unidad de Reserva Activa.

Pese a todo, realmente apenas ha cambiado nada  desde que decidí cruzar el Rubicón hace veinte años. A la hora de la verdad, un demoníaco día 31 de agosto de 2013 en La Bañeza, por ejemplo, mi protocolo  no ha ido mucho más allá de esperar una eclosión; si hay eclosión, atar algo del tamaño y del color del bicho que baja; si no funciona o no hay eclosión, garita o una atractora tipo trico, terrestre o fantasía; si andamos a la zaga de los nuevos pescones, ninfas a la menor ocasión escrutando las guaridas y, si falla todo eso, ponemos el Barón Rojo y uno de los citados perdigones y si no, nos vamos de copas. Lo mismo de siempre, más o menos.

En todas las modalidades de pesca basadas en señuelos artificiales, no cabe duda de que, al margen de un mayor o menor parecido con la presa viva, todos estimulan el ataque del pez. Desconozco en cuántas ocasiones –y en qué grado de concreción- coincidimos con la trucha en lo que pensamos que ofrecemos y lo que ella piensa que se come: quizá imitaciones de terrestres, algunas de dípteros, el Chochín de Antúnez, algún patrón moderno en CDC, no sé, y dudo que alguien lo sepa. Decía John Waller que “aún no sabemos por qué las truchas toman nuestra mosca cuando consienten en hacerlo; de hecho, aún queda mucho por aprender”, hablaba de ahogadas. Para mí, en nada se parece el perfil de una delicada efemerita  al espantajo ortodoxo de collar y cercos; y en cuanto a la importancia del color, es como si confundiéramos a Miss Universo con  Espinete solo porque ambos vistiesen camiseta verde. Sin embargo, ante el hecho incontestable de que en una tablona el pez sube, lo mira con lupa… y se lo traga, sólo cabe mi rendida admiración hacia todos aquellos  predecesores que supieron encontrar, en un mar infinito de posibles opciones, unos diseños que significan “mosca” dentro del cerebro increíblemente especializado de una trucha. Ellos marcaron la senda que el resto nos hemos limitado a seguir.

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“DIARIO de pesca. La Llonga. 19 de julio de 1.999. Llegamos el día anterior por la tarde y me fui un rato a  lo libre, aguas abajo del puente de Cornellana, con el resultado de dos truchas medianas. Por la mañana me puse a los reos en una zona preciosa de fuertes corrientes y remansos, primero con tricóptero y luego con ninfa. Dos reos (uno de más de un kilo) y tres truchas en poco menos de dos horas, hacia las tres de la tarde.  Una gozada que recordaré siempre, el lugar, el río, la soledad. Más tarde tuvimos un sereno precioso, en cuyo transcurso estuvieron cebando a nuestro alrededor descomunales bichos sin que fuéramos capaces de nada serio. Cansado y feliz, apenas con claridad, rodeado de los  contraluces de las sierras asturianas he visto a  lo lejos,  aproximándose hacia mí  con la corriente tranquila de la tabla, una efémera grande, elegante y amarilla. Potamantus Lutheus, Heptagenia Sulphurea, Cloeon Dipterum, da lo mismo.  Nunca había visto una; pasó a medio metro de mi vadeador subiendo y bajando sus alas con cadencia solemne.  No me  atreví a tocarla, llevaba su propio halo de luz y era el centro de aquella  naturaleza crepuscular, en  la que todos fuimos humildes pajes por un momento … y nos inclinamos a su paso.”

Texto y fotografías: Marco Payo Yubero. -Toledano-

 

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