Montaje realista de un saltamesetas

Las comunidades de Madrid, Castilla-La Mancha, Extremadura, Andalucía, y otras que conozco menos en esta materia, albergan ciudadanos mosqueros cuyas salidas de pesca hacia los ríos del norte de España exigen someterse a duras condiciones, por regla general.

El mes pasado, en la cafetería desayunaban dos de estos ciudadanos, en la misma barra en que yo hacía lo propio y aprovechaba para leer el periódico.

Anochecer desde el puente de Hospital

Al anochecer, uno de ellos estaba acodado en el pretil del puente de Hospital de Órbigo, respirando la humedad de la vega y mirando fijamente a un paisano en medio del río, caña en ristre y cambiando de moscas. No es fácil nuestro mundo. No se trata de dos viajes al año a paraísos remotos en días perfectamente incardinados en el ciclo anual del buen padre de familia. Son muchos fines de semana, durante las estaciones del buen tiempo, en las que tu familia aspira legítimamente a compartir cosas contigo, o días laborables

hurtados con más o menos transparencia a tu puesto de trabajo; interminables rutas, gastos sin contraprestación sensata, alguna agresión a tu apreciado hígado, cansancio… Históricamente el río ha sido esencialmente de los ribereños: un ratito entre tarde y cena, y si no se mueven media vuelta y para la casa. De hecho, es lo lógico.

Pero ahí estaba aquel mosquero, donde y como hemos estado muchos, en el puente de Hospital mirando río arriba, con el glúteo dormido por las cuatro horas de autovía y poniendo a Dios por testigo de su alianza con las Tierras Altas. Probablemente no piense en nada, ni espere nada, solo mira. Se hace tarde, me alejo del puente caminando y me vienen a la mente sensaciones y recuerdos.

Muchas veces he subido al norte yo solo, con mi bote de coca-cola en el posavasos y una bolsa de frutos secos en el asiento del copiloto. Y muchas veces he salido con los amigos o con la familia. Sin duda lo ideal es preparar el viaje en compañía – me encanta compartir un río al alimón- pero no hay tantos días, ni tanta conjunción de astros, como para estar dependiendo constantemente de que los demás puedan, y para mí la compañía es deseable, pero no decisiva. Al final termino programando según disponibilidad propia de días y si lo haces con antelación, sorteos de cotos por ejemplo, puedes conseguir coincidencias y adhesiones.

Peleándome una truchona en el Miño. Aparte de ver a un amigo, allí el tema es un truchón, éxito, o ninguna, fracaso. no caben mas opciones. 1000km ida y vuelta.

En cuanto a que la compañía sea tu familia, no sé, no es decente dejar a la tropa en la población más cercana a expensas de la hora, incierta, a la que a ti se te ponga salir del agua. Otra cosa es que programes un viaje y, de paso, pegues unos cañazos en un rato muerto; eso no es pescar, propiamente, pero recuerdo días estupendos enseñando a mis hijos molinos de agua decrépitos, viejas morrenas de glaciares y visitando con mi mujer recónditas iglesias románicas. Sin ir más lejos, el fin de semana siguiente al que escribo esto, mi esposa hará turismo por León y quedaremos para cenar. Ella ha hecho siempre gala de un absoluto respeto y un absoluto desinterés hacia mi afición, actitud que nunca le agradeceré lo bastante. Queda otra posibilidad: que ambos sean pescadores. No tengo experiencia sobre el particular, aunque a lo mejor en este caso es importante no trabajar en lo mismo.

Un saltamesetas no se separa jamás de su cartera y de su móvil, ni en acción de pesca ni nada. Te pueden robar hasta el auto en la orilla del río, pero con una Visa y un móvil te pones en marcha de inmediato. En cuanto al equipaje, poco que decir, allá cada cual, no es el objeto de este escrito, pero sí es importante que la bolsa de pesca -si no quieres llevarte más de un berrinche- la dejes bien preparadita en tu casa en las horas o días siguientes a tu última salida, de forma que puedas cogerla cuando toque de nuevo sin necesidad de revisar nada. Concluida la jornada de pesca, te subes la bolsa y la caña buena al hotel, oreas el chaleco, tiendes el vader, restauras los bajos y acicalas las moscas usadas. Lejos de casa nuestro ánimo es más vulnerable. La liturgia da peces y autoestima, así que comencemos el día siguiente vestidos como un pincel y con todo el equipo reluciente. Y además, así no te arriesgas a que te lo roben del maletero. Hablando de coches y dado que sin él no saltas mesetas, solo decir que tenga cuatro ruedas y que ande. Si es un TT tocho, no pasa nada pero llévalo con estilo, no amargues a los demás si te rozan las zarzas. De todas formas no nos asuste meter un turismo por donde haga falta, lo hemos hecho toda la vida en un marco de sensatez. Basta con ir más despacio y desarrollar cierto arte para los baches.

Menos en tienda de campaña -que me resulta absolutamente imposible- he dormido en todo tipo de establecimientos y siempre he procurado que tengan parking propio o muy cercano, para no andar con los equipajes por la calle, y que, a ser posible, esté situado en el interior de una población. La habitación –muy importante- alejada de cualquier ruido nocturno. Nuestra casta suele tener excelentes recuerdos de las cenas. Una buena despedida del día con platos y los vinos del país, un paseo adivinando las huellas de reyes y prebostes, puertas blasonadas y puentes medievales, en cuyo borde apoyarse divisando truchas hasta que se te enfríe el estomago. Luego, hablar con casa y el resto cada cual; pero, por favor, no descojonemos una magnífica y brillante mañana por una resaca, digamos, innecesaria.

Por supuesto no es el alcohol el enemigo del saltamesetas; esta especie tiene dos predadores naturales, uno rápido y peligroso, el sueño. Otro tenaz e inagotable, la pereza.

Desconozco los fundamentos fisiológicos del sueño pero, guiado solo por mi experiencia, hay uno que ataca por la mañana temprano, especialmente si te pilla la salida del sol y llevas conduciendo treinta o cuarenta minutos sin haber realizado un desayuno en condiciones; es similar al que aparece un poco antes de la comida de mediodía, con el estómago vacío y algunas horas de coche en las costillas. Ambos son terribles, los peores. Están a medio camino entre la somnolencia y el desfallecimiento y sólo avisan una vez y luego te duermes. Al más leve síntoma detente, porque te puedes matar, bebe agua y come algo dulce. Siempre llevo, para reponer hidratos, mazapán de mi ciudad porque te carga rápidamente, no se endurece, no pringa; y está muy bueno. Después del almuerzo nos planea la clásica modorra, que avisa más y suele disiparse abriendo un poco la ventanilla, pillando una buena conversación si vamos acompañados, o escuchando algo de música que resulte motivadora. No nos afecta mucho porque lo normal es apurar en el río hasta por la tarde. Y por último, el sueño nocturno. Básicamente es el que nos acompaña la noche de regreso a casa. A veces se trata de apurar con los reos en el Narcea, cenar algo y poner proa anocheciendo o ya de noche. Con este duende no sirven historias porque lo que te dice el cuerpo es que es hora de dormir. Si vas con otros puedes cambiar impresiones, pero a las dos horas ya no hay impresión que valga sobre todo si el día no ha sido glorioso, el copiloto empieza a mover la cabeza como un pato mareado, tu a decirle que se duerma, que vas bien y él, por solidaridad, aguanta como puede hasta que se queda frito. Sólo o acompañado, lo mejor es parar en una de las grandes gasolineras de autovía, comer un poco y tomarte una lata de bebida energética. Es cafeína en vena y cada cual debe valorarlo conforme a su clínica, pero ojito que a esas horas y con la zurra que uno lleva, lo que te juegas es el pellejo.

Y la pereza. La pereza es el único pecado capital (así al menos los llamábamos) al que tengo realmente manía. La pereza no se cura con virtud de la diligencia, sino con curiosidad y con presencia de ánimo.

Llegando al coto de Caranceja, Cantabria. Cuando he hecho planes, se cumplen.

Sin perjuicio de alguna teoría alambicada, al río vamos a por peces, y si no los cogemos nos vamos jodidos. Estamos ante el reto más duro, a saber, el camino nocturno de vuelta, cansado, un fin de semana sin atender a la familia, combustible, hoteles, comidas y… se ha dado bien, pocas truchas pero buenas, aquella de un kilo que me partió, la que me subió tres veces en la misma postura y al final me hice con ella, la de la tabla pescando al alimón con el compañero, nada, que me rechaza, a ver, déjame a mí… a la primera, qué triunfo, rememoras una y otra vez cada pelea de esos dos días, llegas a tu casa a las 4,00 h. a.m. y entra por la puerta un terrícola feliz. La otra cara: camino nocturno de vuelta, cansado, un fin de semana sin atender a la familia, combustible, hoteles, comidas y…dos sardinillas que se colaban por la red de la sacadera antiestrés. Ya puedes darle vueltas a las formidables fabes, a las muchas risas con los amiguetes, a las copas, a las disertaciones nocturnas sobre montajes y a los impecables apilados, que buen rollo todo… pero no es así exactamente; cuando ya llevas 250 kms desempedrando carretera y divisas el negro sobre negro de la Sierra de Guadarrama, no te salva nadie. La familia, allí sola; las fabadas, prorrateando, a 150 € cada una; las dos truchitas, con sus padres y los lances de presentación, olvidados. No será esa pena cósmica lo que comentes mañana en público, pero tampoco cabe ardid bajo el inmenso cielo estrellado de la meseta. Así que lo primero, cojamos truchas, cúrratelo. ¿Florituras, virguerías y experimentos? los que quieras, pero que no se nos pase haciendo el tonto la hora buena. Ve a por ellas, pon en práctica todo lo que sabes, piensa cada movimiento, vigila el río constantemente optimiza el tiempo y la estrategia. Yo soy pescador de seca, me gusta mucho más que cualquier otra cosa, pero abramos la mente en el momento preciso: si seca, seca, pero si ninfa, ninfa, y si más abajo, más abajo, y si sereno, sereno, no hagamos caso de las nuevas modas que reniegan de tan maravilloso momento. Aún así, fracasaremos muchas veces y, llegando a Guadarrama, nos asaltarán pensamientos negativos; en ese momento no nos engañemos a nosotros mismos, lo peor es trivializar; esta es nuestra afición ¿si o no?, pues dignidad, te ha ganado el río y otra vez será; sigue a Kipling: vuelve a preparar la siguiente salida “sin un gesto ni un suspiro” e intenta hacerlo mejor. Y hay más. La prueba reina, que raya en el abandono depresivo, viene cuando se acumulan varias culadas seguidas del género que acabo de describir. En esas horas bajas, cuida mucho las compañías porque eres carne de cañón. Limítate a una profilaxis adecuada olvidando por un tiempo jornadas inciertas de pesca y juega a caballo ganador, habla con los colegas ribereños que te orienten, vete a un intensivo de apariencia salvaje o tírale la seda al bass o al lucio hasta que te recobres. Y si insistes en hurgar la herida yendo a otra aventura dudosa en casacristo, vete tú solo; el roscón de reyes sin testigos se asimila mucho mejor, tal es la condición humana. Y tres cosillas más como refuerzo para combatir la pereza:

Primera, en mi papel de no-ribereño, y tomando un estandar normalito de ciudadano con su trabajo y sus compromisos familiares, sacar 25 o 30 días efectivos de pesca no es ninguna bobada, insisto, en mi caso. No obstante, sea cual fuere tal cifra, es muy conveniente ponerse unos objetivos a principios de temporada e intentar cumplirlos. Dentro del perfil lúdico inherente a nuestra afición, no la liemos.

Segunda, muy personal, procuro no pegarme madrugones, no me impongo obligaciones innecesarias; las truchas comen cuando las personas, más o menos. Hay ríos naturales con buenas madrugadas; si duermes por la zona, lo ideal es dejar ese destino para el segundo día o pasar de las Caenis, sencillamente.

Y tercera, por favor, somos pescadores a mosca y nuestras salidas al río son una auténtica y necesaria terapia; es importante recabar la complicidad de tu gente para que te animen a salir y para que te reciban a la vuelta del viaje como te mereces. Un beso y un “¿qué tal se ha dado?” es suficiente. Trabajemos en ello.

el momento de bajar la ventanilla y apagar la radio…

Voy terminando, para todo hay una puerta correcta. Cuando un saltamesetas llega a su destino siempre debe ser una fiesta para los sentidos. Hay un momento para cada cual y para cada sitio, en el que el viaje de crucero por autovía se cambia por carreteras locales y ante nosotros aparecen esos árboles, ese río, esos peñascos, una referencia que da nombre propio al lugar y nos abre la puerta a nuestro paraíso particular, elevado a mítico durante las largas noches de invierno. Pero estamos en casa ajena, no lo olvidemos. Baja la ventanilla, apaga la música, quita el aire acondicionado o la calefacción y respira profundo. Estamos de visita y nuestra primordial obligación es conocer y valorar cuantas cosas el anfitrión pone a nuestro servicio; no pases por los prados haciendo Surf. Aprende el nombre de cada árbol y arbusto; aprovecha la oportunidad de que te enseñen a distinguir algunos hongos, identifica con su nombre a cada especie de córvido, rapaz o zancuda, distingue a los pequeños predadores que patrullan las orillas; trata de adivinar la presurosa formación de nimbos tormentosos y entiende el mensaje que traen unos elegantes cirros. Estamos en el campo, no nos comportemos como ese niño estúpido que entra en casa ajena tocando todo sin saber el valor de nada y poniendo caritas de asco a cuanto le ofrecen. Entre el coche y el río hay mucho que ver.

En fin, esto es lo que hay. En el cine o en los libros para ver o leer algo bueno tienes que tragarte mucha morralla. Si no estás dispuesto a ello, ni tragas morralla ni verás o leerás lo que valga la pena. Con las truchas puede haber un 30% de días buenos, un 30% pasables y el resto chungos, y eso va en un paquete cerrado, lo compras o no. Decía al principio que el ribereño, en esos días malos, recoge y marcha para casa, pero los saltamesetas nos quedamos pillados a 400 kms de la nuestra, pululando bajo cualquier día nublado y de llovizna. Ríos algo crecidos y viento racheado. Los últimos urogallos del Curavacas observan con indiferencia un puntito gris que serpentea a toda velocidad por largas y estrechas carreteras sin nombre. Ninguno de los habitantes de la sierra sabe que dentro de ese puntito late la indestructible esperanza de que se estén cebando en la próxima curva del río. Pero son cosas mías, el querido colega del puente de Hospital de Órbigo trazará su propio camino.

Marco Payo Yubero. -toledano-

 

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