Publicamos la traducción de una lectura seleccionada del libro “Dry Fly. New Angles” de Gary Lafontaine publicado en 1990. Un libro de referencia que nos muestra una mirada en el amplio mundo de la pesca con mosca seca desde una perspectiva científica. El capitulo 1 que trata este artículo, Why anglers fall (Por qué los pescadores fallan), no tiene desperdicio y nos dará algunas pistas para corregir fallos.

Hay tres razones principales (y una multitud de razones secundarias) por las que fracasa un pescador de mosca seca: no evitar el dragado de la mosca, asustar al pez, o usar la imitación errónea.

Los lanzados de larga distancia arruinan la presentación de la mosca, creando más oportunidades para el dragado. Nadie, por muy hábil que sea, puede manejar una mosca seca mejor a cuarenta pies que a veinte pies. Las diferentes corrientes simplemente arrastran esta línea extra lo suficiente como para sacar a la mosca de su línea natural de deriva.

Hay dos tipos de dragado. Uno es obvio, cuando la línea se tensa al final de la deriva y la mosca raya en la superficie. Normalmente, el pescador en este punto simplemente levanta la línea y vuelve a lanzar. El otro tipo, micro-dragado, es más sutil. La mosca se mueve casi imperceptiblemente. Si el lanzado es superior a quince pies, el pescador no puede ver su mosca con la suficiente nitidez como para detectar el micro-dragado, pero está ahí. Puede apostar por ello, especialmente si el pescador lanza con  un bucle estrecho y una línea recta y estirada sobre el agua.

(…)

Harry Ramsey fue mi primer profesor (…) Me invitaba unas cuantas veces al año a ir a su casa y leer sus libros. Sus primeras palabras al abrirme la puerta siempre eran: “Ve a lavarte las manos antes de tocar mis libros”. Sus palabras de despedida, cuando iba a la biblioteca para devolverme a mi casa, siempre fueron: “Te dije que podías leer mis libros, no que te los aprendieras de memoria”. (…)

También me enseñó sus secretos, esta vez a sabiendas, para el rececho. Él usaba sus habilidades de guardabosque para sorprenderme a lo largo del Mill Brook, y cuando me capturaba mientras furtiveaba las aguas del tramo acotado, siempre me sermoneaba durante una hora, enfadado conmigo no por pescar furtivamente (lo que no le preocupaba en absoluto), sino por dejarme coger.

Me localizó fácilmente la primera vez, y su voz ronca se elevó sobre el río: “¿Realmente crees que las truchas no pueden verte?”

Me asusté mucho, pero siempre tuve claro por qué no salí corriendo: estábamos hablando de pesca. “He cogido algunas”, le dije. “Ya las he visto”. “Sólo quería pescar”. “Bueno, puedes pescar si yo te pillo, porque soy el guarda de este coto, pero no puedes pescar si cualquiera de los socios te ve porque entonces ellos la tomarían conmigo. ¿Está claro?”

Ninguno de los socios me pilló nunca, aunque alguno pasó muy cerca de mi escondite en el espeso sotobosque bajo los robles. Harry me capturó tres veces, todas en el primer año y medio, y nunca después. En esas ocasiones, dijo: “Te he visto. Ahora me debes un favor”.

La primera vez el favor fue fregar y encerar el piso del club de pesca. La segunda vez fue ayudar a repoblar el coto con peces de piscifactoría. La tercera vez, casi un año después de que me pillara luchando con una buena trucha en Poison Ivy Pool, el favor fue participar en un concurso de pesca.

Uno de los socios había traído a un invitado, un experto en la opinión de los miembros del club. O al menos, el hombre era suficientemente buen conferenciante y suficientemente buen lanzador como para dar esa impresión. Tal vez esto molestó a Harry, que se molestaba fácilmente si alguien usurpaba su gloria. O tal vez no; quizás Harry realmente no era partidario de las ideas sobre pesca que aquel invitado promocionaba. Sin duda, los principios básicos sobre pesca de aquel hombre le resultaban repugnantes.

Eligió a alguien, yo, con un estilo de pesca totalmente opuesto al visitante. La idea de una competición de pesca no me preocupaba. ¿Por qué había de hacerlo? Yo era un niño, y competir en cualquier juego, baloncesto en el patio del colegio o pesca de trucha en el arroyo, era por diversión. Sólo los adultos no compiten por diversión.

Harry había dicho a los socios que para ser justo con un visitante que no conocía el coto, él iba a traer a alguien que tampoco hubiera pescado antes Mill Brook. Por esto me eligió a mí, el furtivo desconocido.

El visitante comenzó en la poza por encima de la casa del club, caminando por el césped hasta el final de la poza, y haciendo falsos lances mientras comenzaba a vadear. Pasó su mosca por la izquierda, por la derecha y por el centro. Sus lances llegaron hasta la cabeza de la poza, treinta pies aguas arriba, y a los rincones de ambas orillas. Actuó entre las constantes exclamaciones y felicitaciones de los socios, pero cuando pasó su tiempo de quince minutos, no había capturado ninguna trucha.

 Harry, sin embargo, dijo “Suficiente”.

Alguno de los socios había sonreído al verme llegar por la mañana. Mi vestuario probablemente era cómico: pantalones caqui holgados, un viejo jersey verde, sombrero gris, y pintura negra de camuflaje bajo mis ojos que me hacía parecer un guerrero ninja. Así me había dicho Harry que me debía vestir.

Ni siquiera sus comentarios sobre mi vieja ropa y mi decrépito equipo me preocuparon o me hicieron dudar sobre el resultado de la competición. Tenía el secreto de Harry, y por lo que yo sabía era el único que lo había aprendido; en toda mi vida de pescador no he encontrado a nadie que lo entendiera tan profundamente como él.

Mi poza era Muskrat Bend, y desaparecí entre la espesura para aproximarme desde la izquierda. La mayoría de los socios no sabían dónde estaba hasta que Harry les indicó mi posición. “Está pescando” les dijo.

Yo tenía un perdigón de plomo a noventa centímetros de la mosca para protegerla de los repentinos golpes de viento y poder colocarla exactamente. El bajo y la mosca bajaban oscilando sobre la corriente elegida. Inmediatamente, en cuanto la mosca tocaba el agua, bajaba el puntal de la vieja caña de fibra de vidrio para crear un poco de línea floja entre la mosca y el perdigón. La caña seguía la mosca consiguiendo una deriva perfecta de hasta casi diez pies. Esto es el estilo que llamamos “dapping”.

Todos mis movimientos eran lentos, un ritmo cuidadoso que llevaba tiempo, pero que no lo desperdiciaba. Las truchas respondieron bastante rápido. La primera postura me dio dos peces: una arco iris y una espléndida común, una trucha que no había nacido en libertad pero que había vivido en el río lo suficiente como para aprender.

El invitado gritó: “¡Eso no es pescar a mosca!”. Abandonó la competición tras el tercer lote de pozas. Algunos de los socios aparentemente coincidieron y se fueron con él, pero muchos se quedaron junto a Harry. Y Harry fue nuevamente feliz.

Harry comenzó su lección: “En la época de Walton ni siquiera usaban carretes. Este deporte ha ido cuesta abajo desde entonces”.

En los libros hay diagramas representando exactamente lo que la trucha puede ver fuera del agua. Los cálculos, con un ángulo marcado en grados, prueban que el pez tiene puntos ciegos detrás y delante de él. Trazos ilustrando cómo los rayos de luz se desvían al entrar en el agua demuestran cómo un pescador debe disminuir su altura para ocultarse del pez.

Harry Ramsey me enseñó que los hechos pueden ser correctos pero insignificantes, o incluso peligrosos. “Bobadas” me dijo. “Una trucha siempre sabe que tú estás ahí. Siempre. No alguna vez, o muchas veces, sino siempre. No importa si estás detrás, o delante, o al lado. Si estás intentando capturarla, te siente.”

Fue duro para mí no creer en los libros, sus libros. “¿Entonces qué puedo hacer?”

“No puedes esconderte” dijo Harry por fin. “Diablos, incluso un pez de repoblación sabe que estás ahí. Lo que pasa es que él se alegra de verte”.

Harry me lo demostró una tarde en Mill Brook. Me dejó localizando truchas para él desde la orilla, y luego con sus habilidades de guarda y sus suaves presentaciones intentaba el lanzado. No importa desde qué ángulo se aproximara Harry, o si lo hacía desde la orilla o desde el agua. La trucha daba signos de nerviosismo, habitualmente incluso antes del primer lance.

Durante los veranos Harry me buscaba en Mill Brook. Nunca me capturó en los últimos tres años y medio, sin embargo, porque él había educado mis sentidos a ese alto nivel. Para mí no era necesario ver o escuchar a otra persona; como un soldado en combate en la jungla, inconscientemente notaba signos más sutiles y esta alerta instintiva, que nunca se desconectaba, no podía obviar un intruso tan evidente como un hombre. Lo que pasa es que para mí seguía siendo un juego.

Olvidamos fácilmente que la pesca no es un juego para la trucha. El pescador es simplemente un posible predador más en un mundo peligroso, un mundo en el que la trucha posee sentidos mucho más desarrollados que su adversario humano. La única ventaja del pescador es que no intenta coger al pez directamente. Hay una distancia entre el cazador y la presa, que ayuda a que el hombre enmascare sus intenciones. La trucha, sin embargo, sabe que algo no natural se introduce en su mundo.

El pescador tiene dos oportunidades para capturar su trucha. En el primer momento de su aproximación, cuando hay una ventana de veinte o treinta segundos en la que un pez que se está cebando es reacio a dejar de comer. Incluso aunque sabe que algo extraño se está aproximando, seguirá tomando la mosca. El truco es mantener una distancia (al menos treinta pies) y presentar con precisión y rapidez la mosca a una trucha concreta. No se trata de lanzar a ciegas.

Aunque a veces es muy efectiva, esta táctica estropea cualquier posibilidad de capturar más de un pez de cada postura. El pescador debe seguir en movimiento aguas arriba, adelantándose al caos originado por su aproximación escandalosa. Este método, denominado “hot spotting”, no funciona con la mosca seca a no ser que el pez esté buscando activamente alimento en superficie. No es una aproximación sutil y metódica, sino una manera de recolectar sólo las frutas más maduras.

La única manera alternativa de capturar truchas educadas en tal número y tamaño es el secreto de Harry. “Puesto que ellas van a saber que estás allí, la única manera de engañarlas es parecer algo no peligroso”.

Siempre hay  movimiento alrededor de un río. La mayoría no espanta a los peces, produciendo como máximo un instante de preocupación, volviendo después las truchas a su ritmo de cebadas. El pescador no se puede ocultar completamente, pero sí confundirse en este entorno de un arroyo truchero.

Harry capturaba la mayoría de sus peces tras permanecer en su posición de lanzado al menos cinco minutos. Nunca nadie ha arrullado a las truchas como Harry; cada lance era tan rítmico y suave que su repetición inspiraba confianza. A los pocos minutos de ser molestados, los peces volvían a sus posiciones de alimentación. Sabían que Harry estaba allí, pero con la necesidad o el deseo de alimentarse, alegremente lo ignoraban. Primero las truchas pequeñas, comenzaban a cebarse, hasta que las más grandes retornaban y las expulsaban.

Demasiados pescadores nunca dan al pez una oportunidad para que los ignore (…)

Jesús García Azorero. -azorero-

Escrito por Admin

Deja un comentario