Reconozco que soy un empedernido cascacañas. Con las cañas de bambú frágiles en el puntero tenía disculpas. Pero el carbono aguanta más y me pasa lo mismo. Menos mal que sé repararlas e incluso en algunos casos presumo de mejorarlas. Depende del sitio de la rotura. De todas formas, por estas razones, nunca compré cañas de gran valor y me convencí de que con las cañas baratas pescaba igual. La excepción es mi Loop de 11 pies en 4 tramos para pescar a ninfa. Tiene 3 años y todavía está enterita. ¡Pesco poco a ninfa!

Creo que merece la pena contar cómo rompí mi primera caña de carbono. En 1978 publiqué mi primer libro sobre pesca a mosca en francés “A Propos de Mouches”. La tirada de 1500 ejemplares se agotó en algunos meses. Fuera de las revistas especializadas había entonces muy poca información sobre la pesca a mosca y los libros se vendían bien. Con una publicidad mínima me llegaban encargos de particulares y de las tiendas de pesca. En una de éstas tuve un problema con el comerciante que andaba muy mal de tesorería y en vez de pagarme los numerosos libros vendidos me ofreció, como equivalente, una caña de carbono Fario de 9 pies. Mi primera reacción fue rechazar la oferta porque en aquella época 9 pies pasaba por un tamaño exagerado. Solía pescar con una caña de bambú de 8 pies. Se me ocurrió luego que al aceptar el trueque solucionaba el problema del dinero y al mismo tiempo podía probar un material totalmente nuevo para mí.

Me llevé la caña. La probé en el jardín de mi casa con inesperada satisfacción y decidí usarla en serio. Recuerdo que cierta mañana de abril, desde mi ventana observé unos nubarrones que a ratos embozaban un sol incierto. No tenía especial interés en salir de pesca pero no trabajaba aquel día y me sentía presionado por dentro de tal forma que no tardé en recoger la parafernalia y sacar “la mula” (Coche Citroën BX protagonista de varias anécdotas). Pensaba pescar un río a unos 80 km. de casa, fértil en eclosiones de Baetis Rhodani, pero cuando llegué y abrí la puerta del coche un ventarrón de mil demonios me llevó el sombrero que ascendió hasta las copas de unos fresnos antes de recaer lamentablemente. Entendí que la pesca iba a ser un infierno incluso en las zonas reparadas a las que acudo en tales situaciones. Eran sólo las 10 y pico, me sobraba tiempo, decidí pasar a otro valle más lejos pero habitualmente más sereno. Arreé la mula tres cuartos de hora más. Al llegar la aparqué en una plataforma que domina un río mediano llamado “La Mare”. Observé de inmediato que en la gran tabla de abajo se producía una actividad que parecía intensa. Me puse el disfraz en un santiamén y bajé a todo correr por el pedregal que me separaba del río mirando para el agua, apenas para el suelo con lo que patiné en una piedra movediza cayéndome de bruces en el río, golpeándome de mala manera en la rodilla derecha. Quedé allí pataleando algún tiempo hasta que se me alivió el dolor. Al levantarme, a duras penas, mi caña me pareció rara. Estaba rota a la salida de la empuñadura de corcho mas no se trataba de una rotura seca sino de un reventón de las fibras de carbono que se habían abierto como por efecto de un martillazo…

A unos treinta metros, donde termina la tabla en rasera, se ceba una trucha dibujando círculos anchos y profundos. Me acerco con pies de plomo. Sujeto con la mano izquierda la parte reventada de la caña y lanzo a la buena de Dios. Con dificultad logro colocar medianamente mi efémera. Entra la trucha, la clavo, peleamos. No puedo soltar la mano izquierda si no se dobla la caña. Para colmo de avatares me doy cuenta de que por las prisas me olvidé el salabre en el coche… Menos mal que estoy en una pequeña playa donde consigo, a lo bruto, arrastrar mi captura una hermosa fario verdinegra de unos 300 gramos. Hay días así de mala y buena suerte al mismo tiempo.

Comprendo que no puedo seguir pescando de esa manera. Ellas se ceban, como enloquecidas, a las Baetis. Respiro profundamente. Me acerco a un castaño para cortar una rama fina que empiezo a trabajar con la navaja hasta poder introducir unos 20 cms. en el canal interior de la caña entre las fibras de carbono. Éstas ya no se doblan pero se mueven torpemente. Tengo que endurecer el arreglo. Me acuerdo de la cinta aislante que tengo siempre en un bolsillo por lo útil que es en varios casos de emergencia. La voy enroscando esmeradamente en espiras progresivas que al final cierran toda la parte rota. Vuelvo a pescar descubriendo con asombro que lanzo y clavo casi normalmente. Menos mal que al puntal no le pasó nada. Saco unas cuantas truchas disfrutando como un enano malherido porque esa maldita rodilla me duele cada vez más. Tengo que salir del río antes del oscurecer…

A la vuelta me fui directamente a casa de un amigo osteópata que me diagnosticó un desplazamiento leve de la cabeza del peroné y me lo arregló en un dos por tres. Es muy bueno. Me regañó por no haberle traído un par de truchas mientras le contaba la aventura y las insospechables virtudes de la cinta aislante. El hombre se desternillaba de risa viendo el gran caso que yo hacía de aquella cinta cuya nueva aplicación me maravillaba y la poca atención que ponía en mi lastimado peroné. Me trató de “loco por la pesca” me recetó cataplasmas de arcilla y rodillera.

Al fin y al cabo el día no se me dio mal. Pasan los dolores pero las grandes emociones, nunca.

Mi caña siguió lanzando durante años así como la rescaté en el río. La jubilé cuando me pareció corta, todo es relativo en este mundo, y la cambié por otra de 10 pies…predestinada a durar poco.

Guy Roques. -mosqueroandante-

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