Día de perros

Había pescado una sola vez el coto de “El Condado”, fue en el año 96 y, en aquellos comienzos, bien guiado por los pescadores veteranos a los que acompañaba, Eusebio y Luis, y con las pocas pero hermosas truchas que llegué a tocar, la leyenda de ese mítico acotado aumentaban mis expectativas de mosquero novato cada día que pasaba. Trascurrió todo el invierno, la correspondiente primavera y parte del verano a la espera de volver al Porma el 17-7-97, como garantizaba el papel rectangular que inspeccioné una vez al mes por miedo de que se esfumase semejante privilegio.

Llegó el momento. Mi intención era salir de mi casa el día antes y dormir en León tal y como hicieron mis amigos, que tienen más tiempo libre y hacen las cosas como se debe, pero era un día laborable y se me enredaron algunos temas que había que abordar a primera hora de ese mismo día 17: bueno, no hay problema, paso un momento por el trabajo y a las nueve estoy de camino y puedo estar lanzando a la una, almuerzo algo sobre la marcha y pesco sin parar hasta que termine el sereno. Hablo con los colegas, y quedamos en vernos ya en el río: empezaremos tarde, búscanos entre Secos y la tabla de Villafruela que por ahí estaremos. La cosa se alargó un poco, se alargó bastante porque eran las once y media cuando doblegaba el último asunto, pero bueno, las pintonas se moverán a las tres y casi puedo llegar a esa hora. En ruta. 400 kilómetros y, sin mirar la hora, programo mentalmente que cuando me detenga a echar gasóleo compro un sándwich envasado en plástico y una cocacola y me lo como en carretera, no pierdo tiempo en cambiarme de ropa, da lo mismo. La M-40 esta mal de tráfico, muy mal, pero vale, no pasa nada, aunque la hora y diez minutos que suelo tardar desde Toledo al túnel del Guadarrama cuando viajo de madrugada, ni de coña. Cerca de Villacastín se me enciende la reserva, imprevisión y pereza de la noche antes, pero no hay problema, paro en una autoservicio que me dice que ha elegido usted gasóleo A y no ha terminado de hablar cuando me suelta un chorro que rebota en la chapa del coche y me empapa los pantalones, la camisa y un poco de la corbata. Cuelgo el boquerel tranquilamente y me voy a la oficina a buscar al padre a o alguien de la familia del dueño, y me salí con el resguardo de un incierto parte de siniestro de responsabilidad civil dando gracias, porque allí dentro moraba un eslabón perdido de reacciones imprevisibles. Me quité el traje – lógicamente- y lo metí, salvo la chaqueta que ya iba en la bandeja, en una bolsa de basura con cierre para que no oliera todo a petróleo y me lavé como pude en el servicio de caballeros; así que, con los vaqueros y la camisita de pesca, puse nuevamente proa a mi destino, haciendo cálculos de hora de llegada que cifraba, de forma incontestable, alrededor de las 16,30 h. Medina, Tordesillas, Benavente, las orillas del bajo Esla, los chopos, el páramo leonés, estupendo, no importaba nada, hasta que me saca de mi relajación un amable automovilista que me da señales y me prevengo para encontrarme con los de tráfico, disminuyo velocidad, compruebo el cinturón… pero otro conductor me da luces también y además este saca medio cuerpo por la ventanilla indicándome algo de forma desaforada, con impetuosa gesticulación, en fin que me aturde y miro hacia todos los lados hasta que detecto que voy soltando un chorro de humo azul como los aviones de la pascua militar y me detengo justo en otra gasolinera, en donde ya puedo bajar del coche y compruebo que cae aceite al suelo, caen chorritos por todos los sitios como si se hubiera abierto un coco. Llamo al servicio de Asistencia y cuando llega, diligente, el gruista me dice que el tema es serio, no sabe bien lo que ha pasado porque está todo perdido de aceite negro pero que sea lo que sea –parece un gripaje- el tema no es solucionable en el momento, extremo este que yo había intuido y de hecho ya estaba en comunicación con los teléfonos correspondientes para que se llevasen mi coche, tenía entonces un extraño modelo de segunda mano, Bertone Todo Terreno de color azul tricapa metalizado con “Powered by BMW”, decía en la chapa, llantas de aleación y seis cilindros. Todo ese conjunto salió para Toledo en una pequeña góndola, rumbo al taller de José Bascón que era el único que entendía algo de semejante artefacto, y yo llamé a un taxi que amablemente me ofrecía el servicio de asistencia, cargué el material de pesca, miré el reloj y le dije al conductor que me llevase al río, al Condado quiero decir, en donde yendo ligeritos podríamos estar hacia las seis y media para encontrarme con mis compañeros, que si me habían dicho que estarían en Villafruela o no sé qué a las 13,00 h aproximadamente, a esas horas, ya con el sol bajo, podrían estar en cualquier punto de la meseta norte. En efecto no les encontré y le dije al taxista, tras recorrer varios kilómetros de caminos de vacas, que me llevara a León, donde alquilé un Fiat Brava como medio de locomoción para volver a mi destino y eso parece que empezaba a violentar no sé si la literalidad contractual de la póliza de seguro o la paciencia del tramitador del call-center, pero bueno, lo cierto es que era un coche prácticamente a estrenar, también azul, con el que me recorrí cuantas vías existen a lo largo y ancho del mítico coto sin que fuera capaz de localizar a mis compañeros y, como ya era bastante tarde y a sabiendas de que el sereno crepuscular podía ser lo mejor del día, me bajé ligero por un pradito para pescar la caída de un azud hasta que ya no se viera nada. No obstante, a las dos horas y pico de dar varazos infructuosos se levantó un viento algo más fresco de lo esperable que dejó al río más muerto todavía, por lo cual recogí los bártulos con la intención de cenar algo y salir tirando de nuevo para Toledo; el caso es que cuando conducía por la local 3141 decidí parar un momento a orinar, antes de meterme en ruta, y me orillé a un lado sin percatarme de que el lecho de hierba aparentemente firme del borde de la carretera escondía una cuneta, más bien un zanjón en el que se metió casi todo el Fiat Brava golpeando violentamente el spoiler delantero, del que vi salir un fragmento importante por el costado izquierdo, quedando el coche metido de cabeza con una de la ruedas traseras levantada medio metro sobre el suelo. Obviamente me hubiera resultado imposible sacarlo de ahí sin la colaboración de unos soldados que pasaban viajando a su cuartel y se pararon, alarmados por la polvisca, a echar una mano; la maniobra de salvamento no fue sencilla y, además del citado spoiler, hubo daños en una chapa de la zona del guardabarros que rozaba una rueda delantera, y los antinieblas, los dos rotos. También el maletero se hundió de forma ostensible al presionar con las manos en una maniobra de desencaje; la ventanilla del conductor no se cerraba porque se había doblado la guía de la luna lateral, que sirvió de asa a uno de los soldados para tirar del vehículo, y el retrovisor derecho se salió de su sitio y se balanceaba, laxo. Puesto en ruta reflexionaba sobre las aficiones, y me tuve que poner ropa de abrigo porque la meseta norte y la sierra de Guadarrama, en el mes de julio a las dos de la mañana y con el aire entrando implacable, te deja congelado literalmente. Llegué a casa algo alucinado y me sorprendió encontrarme a mi mujer despierta. En fin, no parecía grave, la niña pequeña tenía fiebre y no se le iba con Apiretal, haciéndose aconsejable pasar por el Servicio de Urgencias. Allí, sentados, me preguntaba Elvira que qué tal el día de pesca… sin problema, mañana te comento. Al día siguiente fui al de Avis a devolver el Fiat, conocido de toda la vida, Nazario, ahí tienes el coche, ¿todo bien?, bueno algún roce, sal a verlo. La verdad es que no caí en quitarle el polvo y algunos manojos de hierbas porque la impresión no hubiera sido tan fuerte.

Mi Todo Terreno, efectivamente, se había gripado un poco, lo que me obligó a cambiar de coche, y la bolsa de basura con el pantalón del traje –casi diluido por el gasoil y con textura similar a las espinacas- apareció debajo del asiento algunas semanas después, cuando retiré los objetos personales para dejarlo en un concesionario.

Marco Payo Yubero. -toledano-

 

Escrito por Admin

Deja un comentario