No se porqué ni de donde vino mi afición por la pesca; mi padre era ratón de biblioteca y en mi familia más directa no había antecedentes de ningún tipo.

Empecé a pescar con 10 años, en los canales de la ciudad de La Haya. Suena muy exótico, pero soy de ascendencia holandesa y veraneaba algunos años en dicha ciudad, en casa de mi abuelo. Solo tenía que cruzar la calle para poder lanzar la cucharilla y pescar alguna de las muchas percas que pululaban por un pequeño canal de aguas turbias. Fue sencillo engancharme a la pesca; pude ver como lo hacían los chavales de la zona y me gustó, una cañita pequeña por mi cumpleaños y cucharillas en vez de chucherías hicieron el resto.

Con 14 años descubrí las peñas de pesca y los viajes en autobuses comarcales con los amigos; las eternas caminatas, las acampadas de cañas, mochila y guitarra, las latas de magro y fabada con pan duro, todo lo que fuera posible con tal de no malgastar mucho tiempo en la gran ciudad.

Masillas, maíz, cucharillas y algún rapala, pez vivo, lombriz, ova, pesca de carpas, barbos y lucios, algún Black Bass y alguna trucha, todo con mi única caña telescópica Grauvell de 3,60m y un carrete Mitchell que me regaló un vecino.

El punto de inflexión y lo realmente grave comenzó en el Río Gallo, cerca del Puente de San pedro en Guadalajara, no recuerdo si en 1988 o en 1989. Me encontraba intentando colocar la cucharilla en una zona despejada de vegetación, cuando vi aparecer un tipo dentro del agua, moviendo la caña hacia delante y hacia atrás. Le pude ver sacar alguna trucha con destreza y no tuve ningún reparo en preguntarle con que pescaba; “con mosca seca”, me respondió mostrando entre sus dedos la imitación.  Acto seguido, sin perder el ritmo ni la compostura, continuó caminando y lanzando por medio del cauce hasta alejarse silbando.

Yo tenía que pescar así, pensé para mi. Sonaba bien eso de la mosca seca. Algo leí en el Caza y Pesca y en la revista Captura, truchas que comen en la superficie, moscas hechas con plumas y que nada tenían que ver con las cuerdas de ahogadas que había manejado en otras ocasiones.

Me dispuse a buscar referencias; pregunté en armerías, leí todas las revistas que pude; las mías y las de un amigo; artículos del periódico que recortaba mi padre, hablé con unos y otros. Descubrí que la llamaban pesca al látigo y que permitía colocar con gran precisión, una pequeña imitación de insecto en el lugar elegido.

Con 17 años pude conseguir finalmente mi primer equipo de pesca a mosca a base de ahorros y Reyes. Una caña Mitchell Thymallus de 8,6 pies y línea 5, un carrete Daiwa de aluminio que hacía un ruido infernal y una cola de rata Orvis DT-5. No tenía ni idea de numeraciones, ni acciones, ni nada, compré el material correcto por pura casualidad.

La emoción de tener el equipo completo en mis manos la recuerdo como si me hubiera pasado ayer mismo, tan clara como la decepción, al ver que la cola de rata era demasiado gruesa para atar la mosca en su extremo. El enorme desembolso económico que para mi supuso el equipo, no permitía errores como el que creía que había cometido, así que decidí enmendarlo y até un trozo de nylon del 16 a la línea, a medio metro la mosca.

En San Fernando de Henares, en la última parada del 104, creo que muy cerca de donde se desenvuelve la trama de la novela “El Jarama” de Sánchez Ferlosio,  había un agua Park que abría sus puertas en invierno como intensivo de truchas; ese fue mi campo de pruebas aquel año. Allí aprendí a lanzar de manera autodidacta, hacia delante y hacia atrás, como lo recordaba de aquel pescador. Pude ver de otros novatos como yo, que la idea de atar un trozo de nylon a la línea era lo correcto, saqué mis primeros peces y tuve mis primeras sensaciones.

El resto de la historia es menos entrañable; aprobé el carnet de conducir, pesqué mi primera trucha fario a seca, viajes por toda la Península, mi primer barbo a mosca, muchas truchas y experiencias inolvidables, nuevos y grandes amigos… y paro 21 años después de mi primera visita al agua Park, en el momento que capturé mi primer salmón a mosca.

He pescado varias especies de agua dulce a mosca; reos, truchas de buen tamaño, barbos, pero no hay nada comparable a sacar un salmón a mosca con una caña de dos manos, al estilo clásico, también llamado ortodoxo; tengo que decir que, actualmente, el rey del río me tiene abducido, consumido y ya nada es igual que antes.

Aun sufriendo esta posesión infernal, me gusta intercalar los bolos cada vez que voy al salmón, con jornadas de trucha grande o al menos, lo más grande posible. Frecuento cotos y tramos libres de Castilla y León, Castilla la Mancha o Aragón e incluso disfruto con jornadas maratonianas de barbos y trucha en un mismo río en diferentes zonas.

Desde el punto de vista exclusivo truchero y dejando el salmón aparte, tampoco hay nada comparable a sacar una gran fario a mosca seca. Encontrarlas mientras recechamos posturas, verlas cebarse, aproximarse lentamente, dar con la imitación correcta, clavar adecuadamente y pelear el pez hasta ensalabrarlo, como decía, no tiene precio. Pesco a ninfa por supervivencia y porque los peces ya no se ceban como antes; no obstante, espero cualquier excusa para cambiar el bajo y poner un trico gris o un spent al otro lado.

Monto mis propias moscas desde hace muchos años. Hago pruebas todas las temporadas, juego con diferentes patrones y combino todo tipo de materiales para conseguir que la mosca trabaje como quiero. Me gusta leer, escuchar y ver atar a otros montadores, enterarme de como ensayan, porqué meten brillos en determinadas imitaciones o acortan las alas y meten ese dubbing. Creo que la mejor manera de innovar y crear buenas imitaciones, es tener bien abiertos los ojos y los oídos; cualquiera puede darte una lección en un momento determinado.

Aunque pesco con todo tipo de imitaciones, soy un fanático de los tricópteros hechos con tejadillo de riñonada. Los uso por defecto siempre, es la primera mosca que ato a mi terminal, hasta que la lectura del río o las eclosiones me obligan a utilizar otros patrones. Los ato en tamaños del 16 y 18, con poco hackle, para que plaquen bien. En mi opinión, una de estas imitaciones cubre un espectro muy grande de situaciones,  más allá de la propia eclosión de tricópteros. Dípteros, emergentes, terrestres o atractoras, siempre que acertemos con las tonalidades y tamaños adecuados.

Tengo la caja de viejas glorias en el bolsillo de atrás del chaleco; pero recurro periódicamente a ella, casi siempre en momentos de desesperación o incluso de nostalgia. He tenido agradables rescates de antiguas imitaciones y evoluciones de las mismas que las han hecho más pescadoras. Disfruto de cada mosca y cada pez que pesco como cuando empecé y creo que es por eso que tengo tendencia a ponerle nombre propio a esas “evoluciones”, porque así me recuerdan sus orígenes, los buenos momentos y muchas anécdotas.

Daniel Agut

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