Comencé a pescar cuando era muy pequeño. Apenas lo recuerdo. Pescaba con mi padre en el, famoso en aquella, Parque Sindical, situado en el río Manzanares, Madrid. Muy pequeñito, con apenas un año, las corrientes del río me llevaron después de intentar arrimarme donde no debía. Supongo que entonces ya sentía la llamada del agua. Afortunadamente, aguas abajo, mi padre, que estaba pescando y escuchando los gritos de mi madre, pudo hacerse con el bulto flotante sin ningún problema. También pesqué muchísimo en el mar y creo que, desde mis comienzos, mi afición ha crecido cada día un poco más, y todavía no he llegado a ese punto de relajación que supongo que la edad termina imponiendo, cosa que no sé si me ocurrirá en algún momento. Al menos por ahora, reniego de ello.

La pesca a mosca vino después. No fueron las cañas francesas ni inglesas las que provocaron la debacle. Ya entonces, hace unos treinta años, quizá algo menos, había pescadores de mosca en nuestro país, aunque no resultaba nada fácil verlos pulular por nuestros ríos. Uno de ellos, un médico habitual del río Neira en Lugo, fue quién me metió

el veneno por la vena sin apenas darse cuenta. Lo único que hizo fue permitir que le observara y prestarme su caña, una Winston, durante unos minutos. Así que, parafraseando a un personaje de “Amanece, que no es poco” –cojito pa to la vida… -Recuerdo que durante mis primeros años con la mosca, sin muchos conocimientos a mis espaldas, resultaba muy fácil hacer grandes pescatas de truchas. Hoy, tras ver la evolución sufrida por los ríos y sus truchas, entiendo que, aparte de la salud de las poblaciones, la presión de pesca es un factor determinante en el éxito de la actividad. Entonces, los ríos no regalaban su premio así como así a los pescadores de cebo, cucharilla y mosca con buldó, que por cierto eran legión. Sin embargo, la mosca seca en manos de un inexperto pescador era capaz de hacer estragos.

Junto con la pesca a mosca, y en el mismo lote, venía la oportunidad de aprender a fabricar uno mismo las moscas. No pasó mucho tiempo hasta que, a pesar de la inexperiencia, mis moscas eran las únicas que ataba a la punta de mi terminal, salvo extraña excepción o compromiso. Recuerdo hoy que mi primera captura con una mosca fabricada por mi fue una preciosa trucha salvaje del río Ablanquejo. Lo tengo grabado en una película y hoy todavía me sorprende la imagen de la expresión de ilusión que reflejaba mi cara.

Si tuviera que elegir tres o cuatro moscas para usar toda la temporada sería complicado. Un porcentaje muy elevado de mi tiempo pesco con el Pardón de Meana, mosca que utilizo desde hace muchísimo tiempo y que aún hoy me sigue sorprendiendo por su efectividad. Pero claro, esta no es una mosca, sino un sistema de atar efémeras en sus estadios de seca o emergente, por lo que comprendería, según el tamaño y el color, una enorme cantidad de modelos. También están entre mis preferidas, para la temporada avanzada, estadios muy jóvenes de diminutas emergentes de efémera y tricóptero y, como no, hormigas.

Mi pasión por la mosca seca me ha convertido en un pescador de ninfa del montón, a pesar de que reconozco, y lo he comprobado por mi mismo, que la pesca con determinadas ninfas y sistemas puede llegar a ser muy productiva, incluso me atrevería a decir que dañina. El 95% de mi tiempo pescando lo hago con moscas en la superficie o muy cerca de ella. Esto tiene su lado bueno y es que esa insistencia me ha permitido sacar partido de jornadas en las que parecería imposible pescar con mosca seca. Como con todo en la vida, uno se especializa y me atrevo a decir que la pesca con mosca seca es mi especialidad. Por ello, organizo mis jornadas y escojo mis cotos y mis destinos en función de este importante detalle, con la intención de optimizar mi tiempo pescando a mosca seca.

Otra de mis pasiones es la de innovar en los montajes. Creo que es algo común en muchos de nosotros, los mosqueros. Me atrevería a decir que uno de los grandes atractivos de la pesca con mosca es esa ilusión que muchos tenemos justo antes de probar nuestra gran creación o nuestra gran evolución de una mosca antes creada. He llegado a retirar de mis cajas cientos de Pardones que funcionaban a las mil maravillas sólo porque una evolución me había proporcionado mejores resultados. También me ha ocurrido, lo confieso, tener que volver a recuperar, si aún estaba a tiempo, las antiguas moscas por que el éxito fue sólo flor de un día. Creo que esta inquietud te ayuda a crecer como pescador y como montador y sobre todo te permite salir de la rutina y la monotonía. Debo reconocer que, en mi caso, me obliga a ir cargado como un burro con tanta caja y tanta mosca, pues muchos de los modelos creados funcionaron o están esperando el momento ideal para hacerlo…

Esta inquietud tiene una consecuencia y es que muchas de las moscas que monto terminan en la “caja de los fistros” que es como llamo al receptáculo donde meto todas aquellas moscas que son sustituidas por otras aparentemente mejores. Lo curioso es que la “caja de los fistros” está cada vez más y más llena, pues me da coraje regalar los “fistros” y no las que llevo en mis cajas ya actualizadas. Así que, normalmente, comparto mis moscas más actuales, salvo que me soliciten un repaso de la caja de la discordia.

Luis Meana

Escrito por Admin

Deja un comentario