Sinceramente, no soy capaz de recordar cuando empecé a pescar. Sé que mi padre me llevaba con él al río casi desde que supe caminar, pero si tuviese que fijar un momento en el que los recuerdos empiezan a ser claros, sería más o menos al alcanzar los seis o siete años de edad, que fue la edad a partir de la cual empezaron a dejarme ir solo al río. Una de las ventajas de que la casa familiar del pueblo estuviese a menos de 100 metros de un río truchero asturiano. En esa época las cucharillas Celta y SAR me proporcionaban las primeras capturas, y los viajes a Navia de Suarna dos o tres fines de semana al año me proporcionaron las primeras pescatas en las que las truchas se contaban por kilos, y no por número de peces. Digo esto porque al contrario que muchos pescadores que llegan a los salmónidos desde otras especies, para mí la pesca sin muerte fue una evolución que llegó con la adolescencia y la pesca con mosca.

Recuerdo también con absoluta perfección cual fue mi regalo de Navidad cuando contaba con 12 años de edad. Un kit completo para pescar con mosca que anunciaba en su catálogo una conocida armería gallega. Seguramente no habré manejado un equipo peor en toda mi vida, pero la ilusión de un niño que por fin iba a poder pescar como el francés al que había conocido el verano anterior en el camping de Carrizo, hacía que la calidad del equipo fuera lo de menos. Yo quería sacar tantos peces como aquel señor, al que iba a verle pescar todos los atardeceres recibiendo la regañina de mi madre por llegar tarde a la cena, y lamentando que la timidez típica de un niño me impidiese preguntarle su nombre, ya que a buen seguro, con esto de internet, hoy habría podido dar con él para agradecerle que después de haberle visto, hoy puedo decir que soy un pescador con mosca. Y para agradecerle aquellas moscas que me regaló y que aun conservo, y que muchos años después identifiqué en su totalidad: una tricolor, una gallica-30 y una gris de cuerpo amarillo.

Y entre León, Galicia y Asturias han transcurrido siempre el 99% de mis jornadas de pesca, todo lo demás pueden considerarse viajes de pesca, ya fuese en Navarra, Lleida o Salamanca, o en Irlanda, Portugal o Austria. Si bien en un primer momento mis rios preferidos eran los de la montaña occidental asturiana, aquellos pequeños regatos en los que me manejaba a las mil maravillas pescando con cucharilla y a los que saqué aun mas partido pescando con mosca, con el paso de los años, la evolución me llevó a buscar rios lo más grandes posible y en sus zonas bajas, hasta haber acabado siendo un auténtico adicto del bajo Nalón y sus reos, llegando a pescarlo algún año todos los días hábiles de la temporada que no fuera en fin de semana, ya que salía de la facultad a las 14:00 y casi me iba comiendo el bocadillo mientras conducía camino de Pravia.

Pero los años de estudiante, como casi todo lo bueno, también se acaban, así que como muchos otros compañeros, mis jornadas de pesca se han reducido tanto por motivos laborales que he acabado casi por convertirme en un pescador esporádico, situación que espero cambiar en los próximos años volviendo a residir en Asturias y teniendo a tiro de piedra los ríos que tanto echo de menos.

Y como no hay mal que por bien no venga, reducir las horas de pesca me ha permitido tener más tiempo para montar moscas.  Y también en este apartado he sufrido una evolución importante, pasando de una auténtica obsesión por las sedas y los rayones heredada de un familiar y compartida con innumerables amigos, hasta basar casi la práctica totalidad de mis moscas en unos pocos modelos y materiales concretos. En cuanto a las moscas secas hay cuatro modelos con los que me iría a pescar sin miedo a cualquier parte del mundo: emergente de liebre y cdc, mp-82, emergent sparkle pupa y una efémera oliva en paraloop. Todas ellas pescan desde el día que comienza la temporada hasta que se acaba, solo varío el tamaño, pero estos cuatro modelos son los que desde hace unos años pescan la mayoría de mis truchas, y cuando de pescar a seca se trata, solo me salgo del guión cuando utilizo caenis, escarabajos u hormigas.

Pescando a ninfa, ahogada o estrímer la imitación aun me importa menos que pescando a seca, y podría definir mis preferencias muy brevemente en cada caso. Para las ninfas más pesadas intento que sean claritas (crema, beige…) y que se muevan (cdc, ardilla…) y las más ligeras que sean oscuras (oliva, tabaco…) y compactas. A los estrímers solo les pido marabú, patas de goma y algún brillo discreto. Y a las ahogadas lo único que me atrevo a exigirles es que estén coronadas por alguna pluma blanda de gallina, estornino o perdiz.

Y tampoco tengo predilección por una u otra modalidad, aunque si me dijesen “a partir de hoy solo podrás pescar de esta forma”, no me cabe ninguna duda de que elegiría El Molinón, La Isla o El Texu, con el agua al límite del vadeador, los pies inmóviles durante horas y reos cebándose a unos quince metros de distancia.

Y como en el caso de muchos amigos, para mí la mayor diversión actualmente en mis jornadas de pesca es hacer experimentos y probar cosas nuevas, distintas, alguna tan rara que casi me da vergüenza hasta contarla. Pero a base de hacer experimentos extraños, a veces nos damos de bruces con alguna sorpresa en modo de mosca que, sorprendentemente, funciona; o de bajo de línea que nos permite pescar a seca, ninfa, ahogada o estrímer, sin ser perfecto para ninguna de las modalidades, pero siendo muy solvente para todas ellas; o de tramo de rio que creíamos esquilmado y que resulta que el olvido ha hecho posible una recuperación de la que no sería capaz ni los sueños del mejor gestor.

Y cualquiera que venga de visita a casa podrá comprobar que el fruto principal de todos estos experimentos son cientos de moscas almacenadas en cajas y más cajas, y que si no vieron el rio en el momento que tuve la ocurrencia de montarlas, dudo mucho que lo lleguen a ver. Yo, al contrario que muchos de vosotros, jamás deshago una mosca. Cada temporada monto nuevas moscas y las de las temporadas anteriores las almaceno, al menos dos o tres unidades de cada modelo, ya que si bien en un primer momento pudieron haberse quedado en el tintero, me gusta repasar mis cajas y ver como han evolucionado las imitaciones con el paso de los años, y quizá algún modelo que no llegó al rio en su momento merezca una nueva oportunidad algunos años después.

Para mí en la pesca todo ha sido evolución: cambio de modalidades y cambio de mentalidad, desde el cebo y la cucharilla y la cesta llena de los inicios pueriles hasta hacer que la pesca con mosca sin muerte sea mi “leitmotiv” piscatorio. Si bien el proceso de cambio más importante que he sufrido como pescador, y que se produjo justamente cuando pasé de pescar ochenta o noventa días al año a pescar apenas treinta, podría resumirse más o menos así: “el día que dejé de irme cabreado del rio cuando las capturas eran menos de las esperadas, fue el día que aprendí a disfrutar de la pesca”. Y es que para mí, librarme del miedo al bolo y librarme del ansia por conseguir el mayor número de capturas posible, hizo que empezase a disfrutar del rio de otra manera, y sinceramente, hasta el tabaco sabe mejor cuando uno se libra de sus ansias (y de como sabe el chorizo de Ezequiel, del Aller o del pueblo de cada uno cuando nos lo comemos a la orilla del rio con una buena hogaza de pan de verdad, casi mejor ni hablar).

Si bien al final, lo más importante, es que sigan quedando amigos con los que compartir las jornadas, para alardear de nuestras capturas cuando pican o para contar batallitas con una buena pitanza cuando nos dan calabazas.

Abel Cotarelo

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