Debatía con unos colegas sobre la serie de artículos “Mi mosca favorita”. Nos mostramos de acuerdo en que tenía buena pinta, que era una buena idea y que sin duda saldrían muy buenos montajes clásicos.

Entre otras muchas imitaciones salió el nombre de la “Humpy” y comenté que se trataba de una buena mosca: resistente, muy visible, prácticamente insumergible y, en muchas circunstancias, irresistible para las truchas.

Me animaron a escribir una reseña sobre ella…pero no. Sí, es una buena mosca, de hecho siempre llevo unas cuantas en mis cajas, pero no, no es mi mosca favorita. No puedo escribir un suelto sobre ella. En realidad, mi mosca distinguida no es un montaje clásico, y el excelente artículo de Jesús Azorero sobre su favorita, me lo hizo ver claro: mi predilecta es la mosca que figuro; nace como un borrón, como un esbozo que voy puliendo con el paso de los años y que, temporada tras temporada, me demuestra que es la mejor. Y de ella sí que tengo algo que contar…

A finales de los 90, llevaba un par de años pescando a mosca. Un día decidió acompañar a un amigo de la época a pescar el río Carrión. Su compañero tenía Pino del Río junto a otros colegas y él, que no tenía coto, pescaría en el libre que hay por debajo.

Sus recuerdos de aquél día han ido borrándose con el paso del tiempo, sin embargo, siempre recordará el secreto que el río le reveló aquella jornada.

Al atardecer, llegó a una de esas tablas por las que suspiran los mosqueros: fondo pedregoso lleno de vida, altura del agua dónde terminan las minifaldas, líquido corriente que mueve la mosca y orillas a cómodo lance de cola de rata. En ella estaba con malos resultados cuando algo llamó su atención” ¡vaya, una cebada!”, exclamó. Siguió pescando con la mirada dividida para no perder aquel sutil movimiento y, un tanto perplejo, observó como aquella perturbación iba acercándose arrastrada por la corriente. Ya muy cerca de él, la perturbación tornó en un hermoso tricóptero que se debatía y esforzaba frenético por alzar el vuelo. Al furioso golpeo sobre la superficie le seguía un momento de reposo vertical de erguidas y peludas alas, el suficiente para recuperar fuerzas y reanudar el impetuoso batir. “Atrapado en la lámina, este espectáculo no puede tener un final feliz”, pensó aquel novato pescador al tiempo que intentaba cogerlo con su torpe mano…

Pasó su vida anterior arrastrando y moviendo con agilidad su escurridizo cuerpo por entre las piedras del fondo, sorteando, refugiándose de los mil peligros de un medio húmedo y hostil. Él no sabía nada de aquello, su extraordinaria metamorfosis borró todo recuerdo de su vida pasada; para él, que no conocía la existencia del tiempo, sus recuerdos no iban más allá de ese momento de vida recién estrenada, de nueva energía nacida de la necesidad de ascender hacía la luz, aquella luz del extraño mundo que le aguardaba, que le llamaba con voces poderosas y promesas irresistibles. Su antigua forma se resistía a abandonar su anterior mundo acuoso y al tiempo que su recién y maravilloso organismo se debatía furioso por desligarse de ella, algo llamó su atención. Cada vez más, la corriente le acercaba a un gigante que en medio del río no dejaba de observarle. “¡Tengo que liberarme! “, y agitó con renovado ímpetu aquellas maravillosas alas con las que había renacido. Con pavor vio como aquél gigante intenta atraparlo con su enorme mano. “¡Estoy perdido!“, pensó aquel tricóptero, mientras el agua batía furiosa a su alrededor como tempestad en el mar…

Agazapada en su postura, la reina indiscutible del río contemplaba la escena. Acababa de resistirse a las distintas tentaciones con las que el pescador intentó seducirla. Sus cicatrices en la boca y sus problemas de corazón atestiguaban la multitud de ocasiones en las que no pudo…pero ya no. Aquel pescador era demasiado bisoño para engañarla y ella ya tenía mil batallas. Se acomodó confortable en su posición y pacientemente esperó a que el río le llevara aquella comida que el pescador, de manera tan torpe, había intentado coger…y fallado. Ella, mortífera, no fallaría. Lo había vivido ya demasiadas veces y sabía que el destino del tricóptero estaba echado. Y cual felino se relamía esperándolo…

Tras fallar en su intento por atraparlo, el pescador contempla fascinado la inútil lucha del insecto por soltar el lastre que lo mantiene atrapado a su pasado. Lo sigue largo tiempo con la mirada, hasta que la astuta pintona, incapaz de resistirse a la comida gratis que hacia ella se dirige, lo engulle lenta y relajadamente.

No, no tuvo un final feliz

Mi favorita nace de esa observación: de un insecto atrapado entre dos mundos. Y de cómo los peces saben reconocer y aprovecharse de ese acontecimiento.

He sabido, algunos años después y no sin cierto pesar, que las emergencias fallidas de los insectos son un secreto a voces. Algunos autores como Dusg Swisher y Carl Richards llegan a cifrar en un 50% las eclosiones inconclusas, especialmente en las efémeras de menor tamaño. A pesar de ello sigo creyendo que el río me ofreció una lección magistral; de esas con las que adquieres un conocimiento indubitado. En realidad el Carrión fue generoso aquella tarde. Escenificó para mí un “montaje a pié de río ” que me ha dado muchísimas capturas y me enseñó que la observación es una de las claves de todo pescador que se precie, en el caso de los mosqueros aún más si cabe porque del agua, de los insectos y de los peces puedes aprender todo lo que necesitas… o casi.

La Fallida es un patrón de montaje que utilizo todo el año variando los materiales empleados y los colores. Para la Fallida de efémera utilizo un anzuelo recto 2x largo.

Ficha de montaje:

  • Anzuelo: ATZ 1150 Nº 14 -16 o Gamakatsu F22
  • Seda de montaje: Blanca 8/0
  • Abdomen: Spectral flax verde bajo mecha de camello Cahill Cream
  • Alas: Flor de Escoba
  • Saco Alar: CDC Natural
  • Tórax: Dubing de camello Golden Stone + Squirrel
  • Brinca: Spectral flax verde

Victor Herraiz. -Vittorio-

 

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