¿Por qué puedo decir que una mosca es mi favorita? ¿Porque es la que más truchas me da? En mi caso no van por ahí los tiros; quien pretenda encontrar una mosca infalible capaz de pescar en todos los sitios y en todas las épocas probablemente se sienta bastante decepcionado con este artículo. Mi mosca favorita no es ni la mejor, ni la más pescadora; pero tiene una historia detrás. Mi propia historia.

Todo empieza bastantes años atrás, cuando las cosas eran bien distintas. Hubo un momento en que ni siquiera existía ConMosca, los ordenadores personales eran poco potentes, y las conexiones vía modem eran lentas e inestables. En aquella época alguien tuvo la idea de crear una lista de correo para poner en contacto a pescadores de toda España. Ese pionero fue un amigo asturiano, José Ramón Arias, al que los más veteranos seguro que recordaréis, y a quien desgraciadamente hace años que he perdido la pista. Por aquel entonces, yo comenzaba a

desplazarme a pescar a lugares más alejados de mi residencia, y la información que se intercambiaba en aquella lista de amigos era un auténtico tesoro. Recuerdo la primera vez que fui a pescar al Carrión, a la altura de Triollo. Ante mi desconocimiento absoluto de la zona, lancé la correspondiente pregunta, y alguien me contestó con total amabilidad con todo tipo de detalles sobre la mosca que mejor resultado le había dado la semana anterior. Se trataba de una emergente de CDC, con cuerpo en dubbing marrón y una brinca fina en cobre. Con estos datos, y algunas aportaciones personales copiadas básicamente de los modelos de emergentes de Marc Petitjean, monté unas cuantas moscas, que tuvieron la virtud de permitirme hacer el largo viaje hasta el río con el convencimiento de estar en posesión del secreto del éxito. Varios meses después, pude ver una foto de la emergente original, y resultó que mi imitación sólo se parecía en el tamaño y en el color. Era radicalmente distinta; seguramente mucho peor. Pero entonces yo aún no lo sabía, y mi confianza al calzarme el vadeador era ilimitada. Como desde siempre he sido bastante impaciente, cuando mis compañeros Ginés y Manolo aún no se habían terminado de equipar, ya estaba bajando a trompicones hacia el río. Y cuando ellos llegaron, me vieron desanzuelando y soltando la primera trucha del día, con lo que no me quedó más remedio que repartir equitativamente entre los tres las moscas montadas según mi equivocada interpretación de la receta original. Y la verdad es que las truchas se portaron bastante bien, y el día de pesca fue de lo más agradable.

Una variante de este montaje se puede ver en la galería de vídeos de montaje, bajo el título de “Emergente en CDC”. Hay alguna diferencia con la mosca que usamos en el Carrión, básicamente en los colores; pero el montaje es el mismo. Últimamente he aprendido en ConMosca que es más efectivo montar el CDC en forma de flequillo hacia delante, para que el cuerpo vaya más hundido. Si se trata de pescar, mejor hacer caso a los expertos; pero yo voy a seguir con mi historia, que es la historia de una mosca no muy bien montada.

Otro capítulo interesante sucedió en tierras asturianas, en los lagos de Saliencia.. Pescando con streamer desde un talud, vi acercarse pausadamente por mi derecha un hermoso salvelino, que de vez en cuando subía a coger algo de la superficie. En ese momento tenía puesta una línea hundida, y no me daba tiempo a cambiar de carrete. Quité el streamer, y anudé la emergente. No me preguntéis qué tipo de razonamiento seguí para ofrecer esa emergente a un pez que probablemente venía comiendo insectos terrestres caídos en el agua. Ante dos cebadas seguidas, tiendo a ofuscarme y mis pensamientos suelen tomar recorridos poco relacionados con la lógica. Cuando, en su tranquilo paseo, el pez pasó justo delante de mí, a un metro escaso de la orilla, pude poner la mosca en el agua. Sólo con la longitud del bajo, con la línea de hundimiento rápido apoyada en las piedras. La mosca cayó detrás de la cabeza del pez, que se giró, pareció decir “gracias”, y la tomó sin ningún titubeo. Curioso lance que terminó con la foto que acompaña estas líneas. Un bonito salvelino sujeto por alguien que se parece al que veo en el espejo por las mañanas, pero que en la imagen aún no tiene canas en la barba. Lo que sí reconozco es el sombrero. Ya en aquella época estaba descolorido, pero muchos años después sigue indestructible. No sé con qué material está hecho; yo creía que era algodón, pero debe tener mezcla de kriptonita o algo así. Envejece más despacio que yo.

Por supuesto, hay otras historias que contar acerca de esta mosca, o de alguna de sus parientes. Por ejemplo la favorita de Ginés, que cambia el material del cuerpo por oreja de liebre. Y, nunca mejor dicho, a fe que le ha servido para mojarnos la oreja a los demás en más de una ocasión. Recuerdo una vez en un río de Guadalajara, con un calor sofocante y los peces inactivos. Estábamos en la orilla de brazos cruzados, charlando con un pescador natural de la zona. Más bien, escuchando sus lecciones. Nos estaba contando que habíamos tenido mala suerte con el día, pero que el coto sí que tenía peces, y muy buenos. Justo en el chorro que teníamos delante el mes pasado le había partido una trucha de más de dos kilos. “Esas saben latín” nos dijo con un tonillo un poco autosuficiente. Recuerdo que Ginés, para confirmar el lugar indicado por el colega, dijo simplemente “¿Dónde? ¿Al lado del chorro?” y con un movimiento que a mí me pareció a cámara lenta puso la mosca en el lugar indicado. Antes de escuchar ninguna respuesta, un cabezón inmenso salió del agua y se tragó la emergente, montada en un 18. Ginés clavó, la caña se arqueó al máximo, la trucha dio dos carreras…y partió. Recuerdo perfectamente la boca abierta del ribereño, y la extraña calma de Ginés, que ni se inmutó. “Pues sí que es grande, sí…Lo malo es que se ha llevado la mosca y era la última. Oye, Jesús, ¿no tendrás otra?…”

Pero me estoy desviando. La historia de esta mosca no es una historia de éxitos o fracasos, de capturas y roturas. No es eso lo más importante. Es la historia de una mosca que nació porque en un momento hubo una comunidad virtual de locos por la pesca que, en la distancia, se trataban como amigos y compartían su afición y sus ganas de aprender. Por supuesto, no todo era perfecto, y pronto aparecieron esos personajes que ahora denominamos “trolls”, pero que entonces llamábamos, con un estilo mucho más ibérico, “tocapelotas”. Lo bueno es que no eran anónimos, y eso les hacía mantenerse más moderados.

Era un tiempo que se va alejando, en el que la pesca era distinta, los ríos eran distintos, y estaban poblados con especies tristemente desaparecidas. Por ejemplo, los guardas. Guardas con nombres y apellidos, que sentían cada tramo de río como algo propio. Siempre sabías que te los ibas a encontrar por la orilla a lo largo del día. ¿Dónde están? ¿Por qué han desaparecido? ¿Cuándo hemos decidido que la pesca es un recurso tan insignificante que no merece ser vigilado? No puedo dejar de acordarme de la novela de Mario Vargas Llosa, “Conversación en la catedral”, y su pregunta recurrente: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Eso mismo me pregunto yo sobre la pesca. ¿Cuándo pasó, y por qué no nos dimos cuenta?

“Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos.” Miguel de Unamuno.

Jesús García Azorero. -azorero-

 

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