Era un buen año de reos en el Sella que siempre suele mostrarse más generoso conmigo que el Cares. Cada tarde salía con fe y alta la moral debido a los buenos resultados diarios. Por fin las piraguas respetan el horario y no suelen molestar después de la siete.
Aquella tarde decidí entrar una recta ancha y de poca profundidad que suelo pescar a mosca seca río abajo, como a mosca ahogada, afeitando las raíces de las orillas que siempre me reservaron alguna sorpresa. Nada a pesar de un nivel de agua, con olitas vivas, ideales para que mi tricóptero engañe algún inocente. Donde termina la recta hay una curva seguida de un pozón donde salen truchas todo el día y reos según sus caprichos y más seguros al oscurecer. Total si no pesco nada me dedicaré a peinar la curva. Otra raíz profunda de la orilla y nada.

De repente siento unos graznidos largos y agresivos en el prado de la orilla ubicado a mi izquierda. Primero no les hago caso y sigo peinando el agua. Luego me acuerdo del tema de los agüeros que saqué en otro escrito y formulaba más o menos así :Malos Agüeros

Cierto ambiente de superstición rodea la acción de pesca. Léonce de Boisset en su magnífico libro “Les Mouches du Pècheur de Truites” (Las Moscas del Pescador de Truchas) confiesa que al ir de pesca tiene en cuenta, como lo hacían los Romanos antes de la batalla, los presagios deducidos del vuelo de las aves (dextrum auspicium sinistrumque). Lo explica con el ejemplo de un cuervo encontrado en el camino: si el cuervo levanta el vuelo hacia la derecha es un buen agüero, si se va a la izquierda es un presagio nefando. En la historia del mundo desde la más remota antigüedad existe esta atención a los agüeros. Citaré otra vez estos hermosos versos del Poema de Mío Cid que resumen de manera sorprendente el destino del Campeador:

“A la exida de Bivar ovieron la corneja diestra
E entrando en Burgos oviéronla siniestra
Meçió Mío Cid los ombros y engrameó la tiesta”

(“A la salida de Vivar tuvieron la corneja a diestra
Y al entrar en Burgos tuviéronla a siniestra
Mío Cid se encogió de hombros y levantó la cabeza”)

Como El Cid inclinaría personalmente a encogerme de hombros. Sin embargo lo que me pasó aquel día me deja pensativo. La gran diferencia que existe entre la poesía y el racionalismo es que la poesía sabe intuir temprano lo que el racionalismo demostrará más tarde. Federico García Lorca admitía que la superstición, diremos sana, nutre, igual que la intuición, la imaginación del poeta.

Inaguantable Presión

Tuve que quitarme estos hervores de la cabeza para poder seguir pescando metódico y concentrado convencido de que en algún momento un pez iba a coger la mosca. Lo único que pasó fue la persistencia de los graznidos a mi izquierda. Cuando llegué a la curva se cebaban algunas ”truchinas” que convencí a duras penas con mi hormiga. Entre ellas, muy cerca de mí subió un reo. En tan corta distancia mi 0,10 no aguantó la clavada y partió en el nudo de mosca. Es un auténtico rompecabezas el de los nudos de mosca que pueden, o deben, ser distintos según la marca de los hilos. Mientras saco otra hormiga aparecen en la orilla de enfrente, no dos pescadores como pasa a menudo, sino tres, todos a boya. Cada uno elige un sitio y empieza a lanzar. El que está enfrente de mí parece apuntar a mis botas porque su artefacto cae muy cerca. Me desplazo un poco más abajo donde se repite lo mismo con el siguiente. Decido marchar. En mi tierra les abría cantado un Padre Nuestro y dos Ave María. Pero hace tiempo que he decidido callar la boca en España entendiendo que al ver la matrícula de mi coche los que no me conocen pueden tomarme por uno de esos indeseables que desgraciadamente andan por los ríos.

Entre ver y no ver

Salgo al prado y subo claudicando, más arriba de donde empecé, hasta una tabla larga donde al sereno siempre comen algunos peces. Ni me acuerdo de los cuervos que ya desaparecieron. Con fe entro en la tabla. No hay pescadores pero tampoco se ven cebadas. ¡Qué raro! Lanzo un poco a ciegas a algunas buenas posturas que conozco. A las diez y cuarto levanto por fin una trucha que se me suelta. Está oscureciendo, es el momento ya de poner el tricóptero. Cada noche hago lo mismo. Cambio el terminal por un hilo más fuerte y ato un tricóptero becada. Con la linterna que tengo de luz blanca y potente, no hay problema pero hoy, sí. No consigo enhebrar la mosca y después de varios intentos busco otro tricóptero de anilla más abierta que finalmente sujeto pero no entiendo porque me costó tanto lo que habitualmente hago con facilidad. Es una imperdonable pérdida de tiempo a estas horas. Lo explico por los nervios pues mientras intentaba cambiar el artificial vislumbré dos cebadas de reos. Entre pitos y flautas son casi las diez y media.

El primer reo no me hace caso pero con la oscuridad es muy posible que haya sido fatal la presentación. Otra vez me pregunto porque veo tan mal. ¿Será por las sombras de los árboles de enfrente? Es aconsejable elegir para el sereno un tramo muy abierto y con la mayor claridad posible. El segundo reo está en la cola de la tabla a unos dos metros del rompiente. Al oscurecer los reos acostumbran desplazarse a ese tipo de postura para degustar los insectos que bajan. Son mucho más glotones que de día. Lanzo hacia la cebada y me preparo a clavar suave, condición imprescindible cuando se deriva río abajo. El reo entra y enseguida se revuelve ruidosa y pesadamente hacia la corriente. Esa sensación de musculoso cuerpo que llega a la mano es muy sensual, es uno de los encantos de las grandes capturas. Después de revolverse mi contrincante se tira a la mitad de la corriente donde salta con plateada elegancia y al caer se libera llevándome la mosca. Comprobaré luego que se rompió el nudo de la anilla. Es demasiado tarde para colocar otra imitación y además me siento desanimado. Todo me fue mal. Eso pasa en la vida de un pescador pero hoy no se puede hablar de cenizo sino de una verdadera cenizada.

He perdido la batalla por motivos que podrían tener explicaciones lógicas y racionales, como una incomprensible equivocación de gafas, pero mientras vuelvo penosamente al coche me arrepiento de no haberles hecho caso a los graznidos de cuervos a la siniestra y de no haber cambiado de tramo de río en vez de “mecer los hombros” con desdén. –gR–

Escrito por Admin

Deja un comentario