Hacía días que no pescaba nada o casi nada. Me daban guerra los esguines y cuando algún reo se dignaba en asomarse era al orto o al ocaso; para tragar los infernales caenis cuyas imitaciones mías eran dignas de atención en el torno y de maldición en el agua. Sólo valían para revolver algún bicho que luego se escabullía para siempre.

No sé si  los otros pescadores son iguales pero yo tengo a veces el sentimiento de no saber pescar de no haber sabido pescar nunca. No sé recordar el mogollón de peces que pesqué desde que empecé en este deporte hace más de 45 años. Me olvido de todo cuando no consigo resolver la pesca, mi experiencia no sirve, sólo me obsesiono por el desapacible momento que estoy viviendo.

Terminábase la temporada en Asturias. Crucé el Sella para pescar un tramo que al andar de los años me propinó varias capturas. Cardúmenes  de muiles parecían perseguirse a medias aguas. Otros me daban un susto en las orillas. Entre las cebadas de esguines plateaba de vez en cuando un pez que se dejaba seducir de lejos por mi efemerita, se daba cuenta del engaño al acercarse y se piraba espantado más veloz que una saeta. Puse una copia de las moscas que derivaban, unas menudencias amarillentas. Lancé por debajo de unas ramas que casi tocaban el agua y moví ligeramente la  puntera. Mi bajo de línea que empieza con 1,50 metro de trenzado  fino va bien para este tipo de trampa. No acierto siempre pero en esta ocasión, sí. La mosca saltó como si fuera viva y fue tragada en el acto por un pez que resultó ser una trucha que no pasaría de 25 cm. Al cobrarla experimenté una extraña sensación de calma recobrada.

Caenis

Repetí varias veces el lance pero sólo aparecieron algunos  esguines más. Empezaba a oscurecer y regresé a la cola del pozo que había cruzado una hora antes. Desgraciadamente estaba ocupada por un mosquero. Charlamos un rato y le pedí permiso para cruzar detrás de él. Más abajo vi la gorra de otro pescador. Sólo me quedaba una corriente que nunca me dio peces. Por si acaso quise poner un tricóptero. No sé cómo pudo ser  pero fallé 3 veces el nudo de mosca a pesar de una buena luz de mi linterna frontal. Como soy algo cabezón cambié el tipo de nudo que por fin apretó sin deslizar como pasó con los precedentes. Era de noche ya. La corriente sólo era un espejo sin la menor señal de vida. Decidí marcharme. Anduve sin pescar hasta el pozo donde empieza la senda que sube hasta la carretera.  En la margen derecha del pozo siempre hubo un remolino más o menos marcado según el nivel del agua. No se puede dejar de observarlo a cualquier hora, es casi una obligación. Iba a doblar la caña para entrar en la senda cuando veo en la umbría algo que no es un movimiento de muil. ¿Habrán salido algunos peces a comer? ¿Comerán caenis? No puedo cambiar ahora mi tricóptero, gigantesco si se compara con lo que he visto derivar toda la tarde. ¡Qué más da!  Lanzo mi mosca hacia una zona luminosa y hago que raye la superficie para medir más o menos la distancia. Cuando creo que he sacado suficiente línea de mi carrete apunto hacia las cebadas, animo un pelín y en el acto clavo a ciegas un pez que se dispara con fuerza hacia las raíces de un sauce. No tengo más remedio que bajar la puntera y aguantar preocupado por si el nudo improvisado algunos minutos antes en mi 0,10 va a partir o no. Pues no, poquito a poco a la luz blanca de mi linterna acerco el pez a la sacadera y finalmente entre patinazos, rodillazos, ver y no ver lo cobro. Es una hermosa trucha del Sella que pasaría de 40 cm. Y de repente me siento otra persona, de repente me siento un pescador que acaba de acertar en su arte en una situación compleja.

Trícoptero de becada

Ya es hora de marchar, también sale el joven que pescaba por la otra parte del pozo. Le comento lo que acabo de vivir con emoción. El me ayuda a subir por la senda llena de zarzas y le regalo el tricóptero “becada” que acaba de deleitarme tanto.

En el camino de regreso me pregunto porque dos peces, sobre todo la última pintona, me han devuelto la moral, porque mañana saldré con la certeza de saber pescar. También pienso que si la pesca a mosca no me deparase casi de continuo tantas sorpresas y emociones la habría dejado hace rato haciéndoles caso a mi piernas que piden compasión.

–gR–  Verano 2009

Escrito por Admin

Deja un comentario