En varias ocasiones hablé de mi “reomanía” y todavía hoy no sé si es una pasión o una enfermedad la que me obliga a perseguir los reos donde los haya. Conozco a otros pescadores que se obsesionan por el salmón. Tengo compañeros de pesca que no aguantan los bolos o magras capturas de reos y se dedican casi exclusivamente a perseguir las truchas.
Salen a los tramos libres o a cotos trucheros y se olvidan de lo demás. Yo me estoy preguntando lo que hubiera pasado si en el año 1979 no hubiera descubierto en el Cares que había un pez extraño capaz de llevarme a replantearme todos mis conocimientos en pesca a mosca. Además creo que todos mis progresos en pesca se los debo a él y a la competición. Los poetas necesitamos una musa para nutrir nuestras inspiraciones. Para mí el reo ha sido y es el pez que abierta o calladamente está presente en gran parte de mis escritos. Pensaba que con el tiempo y la edad mi “reomanía” crónica se iba a aliviar pero sucedió todo lo contrario. Empeoró sensiblemente este último verano por contagiar un virus que vino a agravar algo ya bastante grave en sí. Esta nueva “reomanía” probablemente influenciada por la pandemia de moda, he decidido llamarla : “Reomanía –A–“

Por culpa de este nuevo virus cuando estoy cerca de un río “reífero” me siento inmerso en otro universo. Todo lo demás, incluso las obligaciones de la vida ordinaria, me pone nervioso. Perdí la venta de una vieja caravana porque no quise ir a Francia a buscarla. Me la pagaban bien y sólo tardaría 36 horas pero había entrada de reos en el Cares. Es más, puedo mostrarme agresivo con gente que pone mucho interés en temas que me dejan indiferente o que me sacan de la “reosefera”. Si me hablan de fútbol o de política, o por ejemplo cuando, en este momento de la historia, me piden comentarios sobre los hechos y milagros del presidente Sarkozy (al hablar de milagros todos me entenderán) me invade el sopor de la siesta. Entro en una forma de autismo que desespera a mi mujer. Todo me aburre pero cuando llega la hora de salir y me encuentro en mi coche rodando hacia un incierto destino soy otro hombre excitado por una fiebre extraña. Tengo mis lugares de pesca en los dos ríos que están cerca de mi “mansión de verano”, el Cares y el Sella. La primera cosa que hago es mirar cómo están repartidos los pescadores que en este momento ocupan el río. Elijo mi tramo en función de los coches que veo en los aparcamientos habituales. Por eso quiero pescar solo, entrar solo en el río porque si de repente quiero cambiar de sitio no tengo que preocuparme por el compañero que, por muy buena persona que sea, me va a fastidiar la tarde.

Hasta me olvido de importantes problemas porque no quiero dejar de pensar en el hilo o en la mosca que voy a usar. El hilo del terminal es un rompecabezas porque el único efectivo, sobre todo a mosca seca, es el fino: un 0,10 y hasta un 0,9. Creo que el hilo tiene que ser fino posiblemente para ser menos visible pero esencialmente para que la mosca trabaje más naturalmente en las derivas. He hecho cientos de pruebas, hay hilos que parecen fuertes pero después de dos o tres grandes tensiones se rompen. Los hay que no se rompen pero empiezan pronto a rizar sobre todo con las hormigas aladas o con los tricópteros. De momento me quedo con un 0.104 fluorocarbono.

Otro engorro es el nudo de mosca. He perdido peces por romperse este nudo también más o menos resistente según las marcas. En mis investigaciones he llegado a observar que algunos anzuelos tienen las anillas más finas que otros. Las anillas finas son culpables de roturas por el efecto navajadebido a un grosor insuficiente. Para paliar este defecto utilizo casi siempre el nudo cuya ilustración adjunto.

En acción de pesca tenemos que estar atentos y concentrados permanentemente. A veces pasan las horas sin más actividad que la de unas truchitas o de unos esguines y de sopetón, en una postura que no dio señal de vida o que propinó sucesivos rechazos, un reo ataca y si nos descuidamos, cansados por tantos lances en el vacío, la sorpresa no perdona y cuanto más grande es el pez más fatídico es el resultado.

De vez en cuando sin embargo, como los buenos alumnos que han trabajado mucho y bien, tenemos nuestra recompensa: la saeta plateada que a cada salto ilumina la tarde y amenaza llevarse mosca y sedal termina sus endiablados brincos en la red negra de nuestra sacadera. Después de liberar nuestro contrincante con todos los honores debidos al vencido miramos con emoción la huella de su paso por nuestra mano, la plata de ley que ningún dinero puede comprar.

guyRoques verano 2009

Escrito por Admin

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