En este caso no se trata de la ley que se aplica con desigualdad según las personas, estricta para algunos y liberal para otros. No. Fue un invento de Julio el gordo, el del bar, porque en el pueblo había dos Julio, el gordo y el flaco por eso era imprescindible precisar la característica física. El flaco era peluquero y andaba con la cabeza ladeada a la izquierda por mirar siempre de ese lado hacia el espejo, los cabellos de sus clientes, una manía suya pues si hubiese mirado igualmente a la diestra como a la siniestra no hubiese quedado nunca con esa cabeza de gallina cuando se inclinan a un lado para observarte mejor.

Julio el gordo nunca salía del bar y al desplazarse daba con la barriga en cualquier obstáculo, sillas, mesas y demás. Tenía los pies inflados por aguantar tanto peso; sólo gastaba zapatillas que iba arrastrando ruidosamente por el suelo. De tanto comer o por lo que sea tuvo que ponerse temprano una dentadura postiza sujeta en el paladar con una ventosa pero cuando se ponía de mala uva con un cliente el hablar fuerte le despegaba la parte superior del aparato que bajaba y subía dejando ver un espacio intermitente entre dientes y encías. Le chiflaba gastar bromas escribiendo cosas en pequeñas tablillas bien visibles desde la sala. Una de ellas decía:

“Este bar invita dos veces a la semana ayer y mañana”

Si por casualidad alguno volvía al día siguiente, contestaba sin inmutarse, “Está bien claro, el letrero dice mañana “¡ji!¡ji!” En otro letrero se podía leer:

“Lo imposible lo hacemos de inmediato para los milagros tardamos un poco más”

Cuando alguien lo leía en voz alta, a Julio le gustaba comentar que los clientes de los bares son los peores de todas las profesiones, que todos aceptan esperar turno en casa del dentista, del médico o en las cajas de las tiendas pero que en los bares exigen atención inmediata. Tenía unos cincuenta años y en tantos años detrás de la barra, había acumulado un montón de conocimientos sobre la persona humana. A veces entre trasegar y atender soltaba algunas cosas. Un día vino Juanito a venderle algunas truchas y así charlando éste le dijo:

– Yo no podría quedarme todo el santo día así detrás de la barra esperando a los clientes. ¿No te aburres?

– ¡Coño! No puedes imaginar lo que se ve desde detrás de la barra. Por ejemplo al tío tacaño yo lo capto enseguida y hay 2 categorías, el que no se pierde ninguna ronda barata pero por lo menos algo paga, el otro que es peor, es el que se va a mear cuando llega el momento de sacar la pasta. Éste tiene una intuición fantástica del momento oportuno. Finalmente cierro los ojos porque lo único que me importa a mí es que me paguen.

– Por eso no me ves mucho a mí porque no quiero que me inviten siempre y dinero no tengo bastante para gastarlo en copas.

– ¡Joder! No hablaba por ti Juanito. Sólo cuento lo que observo desde mi rincón. Mira, los que no aguanto son los presumidos, los que se las saben todas de todo. No puedes tocar un tema y se te meten en la conversación y te comentan que no es así que te lo van a explicar y si se tomaron algunas copas son peores todavía. Para ellos acabo de inventar una nueva ley del embudo. Ayer fue y lo repetiré cada vez que haga falta.

– ¿Cómo es eso?

– ¿Conoces a Campomici el Italiano del aserradero, al que le dicen “el Campi”?

– ¿Quién no conoce a ese gilipollas que se está gastando todo lo que ahorró su padre en una vida? Dicen que es el barómetro de la cabronería.

– ¿Y cómo lo explican?

Simplemente porque en este pueblo, respecto a lo de ser cabrón, sólo hay dos opciones, ser más cabrón o menos cabrón que el Campi.

– ¡Ja!¡Ja! Mira, antes decía que era el mejor pescador del país y ayer por haber pescado más que uno de Madrid que no tiene ni puta idea de la pesca, explicaba que era el mejor de Europa y se sentía capaz de ganar el campeonato del mundo. Nunca se te ocurriría lo que le dijo a Rocío la hija de Pepe.

– ¿Qué le dijo?

– Se sentó frente a ella en aquella mesa del fondo y empezó a hablar de pesca. Como de costumbre explicó que los demás pescadores son unos inútiles que sólo él sabe pescar y terminó declarando así con seriedad, descaradamente : ¡El que le está hablando a Ud. Señorita es el mejor pescador del planeta!

– No sé si lo que le falta es un hervor o un par de veranos pero algo le falta, no cabe duda. ¿Entonces qué hiciste?

– Me fui al otro extremo de la barra y me puse un embudo entre panza y cinturón al mismo tiempo que me colocaba una moneda en la frente mirando al techo.

– No me digas que intentaste mandar la moneda a la boca del embudo.

– Eso, sí, y la fallé adrede. Cuando el Campi me vio se acercó presumiendo de lograr la cosa a la primera. Le coloqué el embudo en el cinturón comentándole que acertar era complicado, que para mí, por la panza, era más fácil y sin embargo fallé. Él entonces levanta la cabeza, coloca sigilosamente la moneda en la frente y cuando la quiere mandar, le vuelco en el embudo un vaso de vino tinto que le corre por las piernas hasta los pies.

– ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Vaya cachondeo!

– Era para cagarse de risa. Daba saltos como un loco, quería matarnos a todos y salió a la calle disparado diciendo que volvería con la escopeta.

– ¿Y volvió?

– Hasta hoy, no, y me temo que tarde bastante. Ni a la calle se atreve a salir por miedo a que la gente le señale con el dedo.

Guy Roques

Texto aparecido en el último libro de Guy Roques “Delirios de un Pescador a Mosca (II)”
Editorial Sekotia, colección A Mosca

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