(Intermezzo literario sobre presuntos acontecimientos reales y algunas acepciones de la palabra “cojones”)

Fort Babine es un poblachón al Noroeste de la ciudad de Smithers en la Columbia Británica (Canadá) al que sólo se accede por un ripio de 100 kilómetros, ubicado a orillas del Babine River, desagüe natural del descomunal Babine Lake. A unos 30 Km. río abajo se cruza un puente donde osos y pescadores intentan convivir en su pelea para capturar los salmones que remontan para desovar y morir, algunos en el camino, la mayoría en el lago cuyo fondo es un cementerio de espinas.

Contar lo que nos pasó en un desmelenado viaje que hicimos cinco locos por la pesca y yo se hará en su tiempo ya que no es bueno escribir en caliente. Mucho mejor es la distancia, dejar que las cosas decanten naturalmente. Entonces me van a preguntar : ¿Qué pinta aquí la alusión al Río Babine? Hay en la vida días de rutina y otros tremendamente peregrinos como se va a entender.

Al volver de este viaje a Canadá tenía programada una operación de cadera algo complicada un lunes a las 14 horas. Resulta que en el quirófano que me tocaba el cirujano de la mañana había tomado mucho retraso por haber salido, según me comentaron luego las malas lenguas, a cepillarse por cojones una enfermera pelirroja de pesadas tetas. Y yo esperando en una antesala aguantando un frío de cojones mucho más agresivo que los vientos canadienses.

Cuando por fin me acomodan en el banquillo se me acerca un enano narigón que presume de ser el anestesista y me dice que se llama Anastasio. Enojado al ver que me descojono de risa ante esta casualidad de palabras, se le alarga la nariz y mientras chilla “manda cojones” me planta la jeringa a lo bruto y me pide que empiece a contar corderos… y yo a preguntarle si no le importa que cuente osos. Supongo que la inyección no me hizo efecto enseguida pues recuerdo que llegó el cirujano con un casco de cosmonauta y el cuchillo en ristre diciendo que listo para abrir que se ha tardado demasiado, que la operación iba a durar mucho y tenía yo que mentalizarme con cojones, que de todas formas “sin cojones no hay gloria”. No tuve más remedio que contar osos.

El primero lo vi claramente desde el puente del Babine River pescando tranquilamente desmenuzando un salmón vivo que echaba por las prístinas aguas una nube de sangre que se me antojó salir de la acuchillada cadera. El segundo, mellizo del primero, me apareció en la puerta de un cagadero típico y maloliente que hay en un extremo del puente, un grizzli cojonudo rasguñando la puerta con su enorme garra. En las últimas el hombre tiene recursos que el mismo no se esperaba. Entre ajustar pantalones y sacar el frasquito de amoniaco que llevaba como repelente, ese mismo que me aconsejó un buscador de oro en Alaska, todo fue uno. Con la nariz entumecida por el olor, ya que estos bichos tienen un olfato acojonante, el monstruo gruñe, se levanta, duda si partirme en dos o no y por suerte, echando lágrimas amoniacadas por los ojitos se da la vuelta hacia el bosque de pinos y arces y se aleja pisándose los cojones.

Del tercer oso, sosia de los demás, no tengo recuerdos claros. Mientras estaba pescando aguas abajo del puente sentí de pronto un griterío (siempre hay mirones en los puentes) para avisarme de un peligro y era que el grizzli estaba bajando hacia mí. Entre dejar la caña de dos manos por una parte y pensar como podía huir ya era demasiado tarde. El animal se tambalea hacia mí sin que se le pueda sospechar las intenciones, y yo más acojonado que en el cagadero, poniéndome instintivamente de perfil en un intento pueril de achicarme, y diciéndole castañeteando las mandíbulas: “No me toques los cojones. Pasa, pasa que no te hago nada”.

Desgraciadamente aquel osazo hubo de considerar que le estaba pescando su territorio y ya cerca de mí empezó a empinarse cuan largo era, algo como la altura de mi habitación en la clínica donde la enfermera pelirroja, la de las tetas, me abofeteaba la cara con sus uñas barnizadas para despertarme, que todo había salido bien aunque a partir de ahora, sobre todo los primeros días, iba a tener que echarle cojones al asunto.

Guy Roques. -mosqueroandante-

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