Introducción

Ahora algunas de las mejores, o al menos más caras, cañas de pescar tienen algún tipo de garantía que cubre toda clase de roturas, pero también hay muchas otras que sólo sustituyen la pieza dañada cuando la quiebra se ha producido en el curso de un uso normal (algo por otra parte difícil de definir) de la herramienta; y otras que no tienen otra garantía que la universal por evidentes defectos de construcción.

Una caña partida no tiene porqué arruinar una excursión de pesca en tierras exóticas. Un trozo de una vieja caña de fibra de vidrio (enmarcado en rojo), y el buen hacer del pescador, permitió seguir disfrutando con la bravura de los macabíes.

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Cuando una caña sin garantía (o con una garantía que no cubre las circunstancias en las que se ha producido la rotura) se parte no siempre es fácil, o barato, conseguir un repuesto del tramo dañado. En esto casos intentar la reparación de la caña es una buena y no demasiado complicada solución.

Una caña de pescar es un utensilio robusto y a la par frágil. No es fácil romper una caña en perfectas condiciones simplemente tirando con ella del sedal: la caña flexiona progresivamente y, conforme la fuerza aumenta, el esfuerzo se traslada a zonas con más resistente estructura. Pero esto no quiere decir que sea imposible hacerlo: si el pez es lo suficientemente grande, nuestros brazos lo bastante fuertes, la línea lo suficientemente gruesa, y el freno del carrete está lo bastante apretado, la caña puede acabar diciendo basta. Cuando eso ocurre, cuando el material falla por haber sido llevado más allá de su límite, se produce una pequeña explosión y a menudo la caña se fragmenta de tal forma que la reparación resulta imposible.

Por suerte, la mayor parte de las veces no es a pura fuerza que la caña claudica. Los ya habituales compuestos de fibra de carbono y resinas, que aúnan ligereza y un enorme módulo elástico, son bastante frágiles: un golpe contra una rama, un señuelo que choca con fuerza contra el puntal en el curso de un lanzado fallido, una caída…No hace falta mucho para partir una caña, y a menudo, aunque aparentemente no haya ocurrido nada, el inicio de la fractura se produce por un pequeño golpe, y posteriormente bastará forzar un poco para que la definitiva rotura se produzca. En estos casos es más habitual que la brecha sea limpia, y una quiebra limpia tiene muchas más probabilidades de ser reparada con éxito que una rotura con bordes quebrados, o con aplastamiento, que afecta a bastantes centímetros de caña, y que a menudo supone fisuras invisibles que se extienden bastante más allá de la zona aparentemente dañada.

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Cuando la rotura afecta a una gran longitud de la caña la reparación es difícil.

Materiales para la reparación de cañas

Reparar una caña exige poco gasto, otra cosa es que queramos dedicarnos profesionalmente al montaje y reparación de cañas de pescar y adquiramos por ello una serie de herramientas específicas que nos hagan el trabajo más fácil.

El proceso normal consiste en cubrir la rotura y algunos centímetros a cada lado con una funda que quede perfectamente unida al material de la caña y que tenga unas cualidades de resistencia, elasticidad y flexibilidad compatibles con el trabajo que luego debe realizar.

Esa envoltura podemos realizarla fácilmente mezclando una fibra resistente, como puede ser fibra de vidrio o kevlar, y una resina epóxida. Un material que no difiere en mucho al que forma muchas cañas.

También podemos utilizar un tubo, ya sea procedente de alguna caña rota o adquirido para la ocasión en un comercio del ramo, de algún compuesto de fibra de vidrio o fibra de carbono. Ese tubo debe tener un diámetro interior similar al diámetro exterior del tramo que hay que reparar.

Por último, podemos combinar el primero de los sistemas con un enchufe interior, tipo espiga, que sirve para que los tramos queden perfectamente rectos y, si la espiga es de un material resistente y elástico, para que el refuerzo exterior sea más fino y discreto.

Para una emergencia nos puede bastar con un hilo resistente que sirva de ligadura y un barniz que quede firme y elástico cuando fragüe.

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Una reparación tosca pero eficaz.

En la ilustración que acompaña este párrafo se muestra el estado actual de la primera caña que yo reparé: una caña telescópica de lanzado ligero, de fibra de vidrio, que se había partido un poco por encima de la empuñadura. El arreglo consistió en dos capas de cinta plástica de embalar, una ligadura de hilo de coser zapatos cubriendo totalmente el tramo dañado, y varias capas de barniz de poliuretano como refuerzo final. El resultado no es muy elegante, pero hace casi veinte años de aquello y la caña, aunque sólo estuvo en uso dos o tres años más, aguantó sin volver a romperse.

Ahora sé que tuve bastante suerte. Las roturas con mejor pronóstico son las de los tramos más gruesos: el material en estos lugares apenas precisa flexionar y cualquier tipo de refuerzo es suficiente.

Los más graves problemas los plantean las fracturas del puntal de la caña. Es entonces cuando además de aguante se requiere flexibilidad, y cuando con más frecuencia la caña se vuelve a romper, habitualmente justo por encima de la zona restaurada. También son las roturas del puntal las que más afectan a la acción de la caña: habitualmente queda algo más lenta tras la reparación, y el peso extra del remiendo “tira” tanto más cuanto más cerca está de la punta.

Se entiende que hablo sólo de reparar cañas de los habituales compuestos artificiales. Las cañas de bambú refundido siguen un procedimiento muy diferente, y bastante más complejo.

clip_image005La práctica

El ejemplo muestra la reparación de una caña que había sufrido un fuerte golpe, pero que aún no se había partido completamente. El dueño se dio cuenta inmediatamente del daño y la caña no volvió a ser utilizada hasta después del arreglo. Esto fue una suerte, pues posiblemente si la fractura se hubiera completado la zona afectada habría sido mayor.

El primer paso es analizar el problema. En muchos casos el barniz puede dificultar la observación, por lo que no viene mal eliminarlo de la zona a reparar. En este caso concreto después de reparar la caña hay que volver a anillarla y barnizarla, así que la eliminación del barniz será completa.

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El barniz se quita fácilmente con una navaja y un poco de cuidado. La hoja (representada por el trazo rojo) debe moverse casi paralela a la caña.

Para quitar el barniz de una caña de fibra-resina no hay que utilizar nunca ni una lija ni disolventes químicos (salvo que sepamos sin lugar a dudas que el disolvente atacará sólo al barniz exterior y no afectará a la resina que forma parte del compuesto base de la caña). La forma más rápida, cómoda y segura, de eliminar el barniz es utilizar una navaja o un cuchillo con la hoja de hierro (el acero es más duro y, sobre todo en el caso de cañas de fibra de vidrio, puede rayar la varilla). No conviene que el filo sea el de una hoja de afeitar, pero sí que debe estar muy bien asentado, sin irregularidades.

Con la navaja se raspa el barniz de arriba abajo y colocando la hoja casi paralela a las fibras, de esta forma no hay peligro de cortarlas. Nunca debemos ejercer presión con la hoja colocada perpendicularmente.

Colocando un enchufe de espiga

En el caso del ejemplo la caña no estaba totalmente partida, pero la cortaremos con una cuchilla afilada o con un cuchillo de sierra para poder realizar una unión interior, de tipo enchufe de espiga, cuidando que el corte sea limpio y no se separen longitudinalmente las fibras. Habitualmente el corte no queda tan nivelado que luego no podamos saber cuál era la posición de cada tramo con respecto al otro, pero por si acaso no viene mal marcar la caña, antes de cortarla, con una línea que cruce la zona dañada.

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El diámetro de la espiga debe ser similar al diámetro del interior de la caña (1). La espiga la cortaremos de forma que vaya unos dos centímetros por cada lado más allá de la zona dañada (2). La marca blanca nos permitirá saber cuándo la espiga está correctamente colocada (3).

El siguiente paso es medir con un calibrador el diámetro interior de la caña en el tramo roto y preparar lo que será la espiga del enchufe: un trozo de otra caña, o un cilindro de madera ligera y elástica (puede ser avellano, saúco, madera de balsa…) de similar calibre. En el caso de utilizar un trozo de caña debemos desde el principio buscar aquel que tenga el diámetro adecuado, aunque podemos lijar un poco (con lija al agua del n.º 300 o algo más fina) la parte más gruesa para conseguir que entre en la caña. También lijaremos el borde exterior en los extremos de la espiga.

Una vez que el material que formará la espiga tenga el diámetro correcto ajustaremos su longitud. Conviene que la zona reforzada sea lo más corta posible. De esa forma la acción de la caña cambiará poco, y los esfuerzos que la caña deba soportar se trasladarán con más facilidad a lo largo de toda su longitud. Considero que no es preciso intervenir en más de dos centímetros arriba y abajo de la zona dañada (por tal entiendo aquel tramo que muestra aplastamientos, grietas o fracturas, si un trozo de la caña está más estropeado que el otro tengámoslo en cuenta). Si el corte fuera limpio bastaría con una espiga de cuatro centímetros.

Medimos y cortamos la espiga a la medida adecuada. Luego colocamos la espiga junto a uno de los tramos en que debemos introducirla y marcamos (para esto me gusta utilizar corrector blanco, Tipex o similar) un punto que nos indicará después que la espiga ha sido correctamente implantada.

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La primera parte de la colocación de la espiga ha finalizado.

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El siguiente paso es pegar la espiga en su lugar. Primero debemos hacerlo en uno de los trozos de la caña, y sólo cuando esa unión sea firme colocaremos el otro trozo. Una resina epóxida de las que fraguan en cinco minutos es ideal para esta labor. Conviene introducir un poco de resina en la caña y aplicar una fina capa en la espiga, hay que tratar de que no quede ningún espacio entre el extremo de la espiga y las paredes de la caña . Durante los pocos minutos que tarda la resina en endurecerse mantendremos la caña horizontal y girando lentamente.

Cuando la espiga esté firmemente sujeta repetiremos la operación en el otro tramo, pero en esta ocasión es mejor utilizar una resina epóxida de fraguado lento.

Si la espiga es perfectamente recta (que se supone que debe serlo) y ajusta con absoluta precisión en el interior de la caña no nos encontraremos con el grave problema de que los trozos han quedado torcidos, pero es difícil que la conicidad de la espiga y de la caña coincidan completamente, lo que permite algo de juego y puede ocasionar torceduras. Para evitarlo ataremos tres lapiceros firmemente alrededor de la zona reparada y los mantendremos así durante varias horas

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Cuando la resina se haya endurecido agitaremos la caña, sin forzar en exceso, y comprobaremos la ausencia de crujidos que indicarían un mal ajuste. Si esos crujidos se producen podemos hacer dos cosas: intentar con un disolvente específico eliminar la resina epóxida para volver a colocar la espiga, o colocar un doble refuerzo externo y esperar que el fallo se produzca lo más tarde posible.

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Ya con la espiga perfectamente colocada (su situación en el interior de la caña se representa por el rectángulo azul) preparamos la última fase: con cinta plástica acotamos la zona que cubriremos con fibra y resina. Especialmente debemos reforzar el tramo ocupado por los extremos de la espiga, el situado entre las dos líneas blancas a cada lado de la fractura. Para no cometer errores, previamente debemos tomar medidas para saber hasta donde llega la espiga.

Colocando el refuerzo exterior

Si la espiga está perfectamente colocada y su elasticidad es la justa puede no ser obligado colocar ningún refuerzo, pero más vale prevenir que curar. Una capa de fibra de vidrio y resina asegurará la unión siempre, y reforzará las zonas que más sufren la presión de la espiga.

Si la espiga es de madera, o no utilizamos espiga y vamos directamente a este último paso (en cuyo caso debemos buscar métodos alternativos para que la caña no quede torcida, como atar unos elásticos en los extremos para mantener la ligadura de fibra en tensión mientras fragua la resina), la envoltura se hace imprescindible y debe ser algo más gruesa.

La fibra de vidrio se comercializa en muy diversas formas: en tejidos más o menos finos de fibras pegadas, en mallas de tiras cruzadas… Para esta función lo más adecuado es utilizar una tira suelta (formada por fibras paralelas, sin torcer) de entre 2 y 4 mm de anchura.

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Hay que enrollar la tira en espiras unidas alrededor del tramo ocupado por la espiga, cubriendo hasta un centímetro más allá de donde estén situados los extremos de esa
pieza.
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A continuación se aplica una capa de alrededor de 1mm de resina epóxida de fraguado rápido (5 minutos), y cuando la resina está aún fresca se vuelve a enrollar la fibra de vidrio, ahora en sentido contrario. De esta forma la resina penetra mejor entre las fibras (cuando la fibra se empapa bien de resina el compuesto es casi transparente, las zonas blancas indican lugares en los que la fibra no ha quedado perfectamente impregnada, lo que suele ocurrir en la segunda capa). Una vez enrollada la fibra alisamos la resina y esperamos, girando la caña lentamente, a que se endurezca, lo que ocurrirá más o menos tarde dependiendo de la temperatura (si la temperatura ambiente es menor de 20º C conviene ayudarse con alguna fuente de calor, como un secador de pelo o la bombilla de una lámpara).

Para que la resina se extienda sólo en la zona que nos interesa reforzar lo más sencillo es acotar esa zona con cinta plástica adhesiva, esto además evita dañar la caña durante el último paso: el lijado. Comenzando con una lija fina para madera y finalizando con una lija al agua para pulir metales eliminamos la resina sobrante y afilamos los extremos del refuerzo para facilitar una flexión progresiva de la caña en ese tramo.

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La reparación está finalizada. Sólo queda comprobarla pescando, aunque podemos hacernos una idea del éxito de la operación flexionando la caña y comprobando que cimbrea naturalmente.

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Un detalle de la reparación ya finalizada.

Alejandro Viñuales

Escrito por Admin

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