San Pedro, Santo patrón de los Pescadores bien sabrás por tus ministros que tengo las caderas rotas y cada día me cuesta más salir de pesca. Pero no pasa nada, puedo durar así; si no me muevo mucho apenas si me duelen. Un buen amigo me canturrea que es una bobada operarme, que nunca se sabe, que puedo quedar peor que antes, que ya es hora, que debo jubilarme de la pesca.
Gran San Pedro permite que me jubile y no vuelva al río, que me quede en casa bien tranquilo y sólo salga a la calle a comprar el periódico para leer lo que no vale la pena de escribir. Tolera que me sienta frente al televisor para mirar lo que no merece ser visto, que vuelva a fumar para amenizar las tardes y que de tanto comer sin ejercicio engorde como un chancho.

Permite que no vuelva a Santa Marina del Rey la Flor de la Ribera, que no salga a las orillas del Órbigo a contemplar las copas de los chopos cuando se mueven en el azul del cielo, sufre que no me siente más entre las amapolas a preguntarme si sus pétalos son de sangre o de terciopelo.

Permite que no conozca más los acelerados latidos de mi corazón cuando, entre el laberinto de los ranúnculos, una pintona gigante aspira mi mosquito y lanza sonoras gavillas de agua en el silencio de la tarde.

Permite que me olvide de las desconcertantes truchas de Cantabria, de la silvestre belleza de sus valles y que no pise más las caprichosas aguas del Asón ocultando imprevisibles sorpresas en sus restaños y remansos.

Permite que no me moje otra vez el orbayo asturiano, que no me entretenga más cogiendo anaranjadas mombresias cuando el reo me pone en lista de espera hasta la noche; no me dejes surcar más las verdinegras aguas del Cares con invisibles hormigas aladas, niégame ese temblor que me invade cuando brinca una saeta plateada en el extremo de mi caña.

Permite que no vuelva más a Galicia a vivir las emociones de sus frondosos y secretos ríos donde a veces me hablan las Meigas de sus arcanos y del misterio de los riscos; quítame para siempre el pulpo a la gallega, la llameante queimada, el orujo de hierbas, todo lo que tiene un silvestre sabor a duradera amistad.

Permite que no ande más por el mundo, que por la Patagonia los pescadores digan ¿qué pasa que no vino el “francés” este año? Era muy mayor ya. Acepta que no vuelva la mancha amarilla de mi bote a surcar nerviosamente las prístinas aguas del Futaleufú en busca de la sin par fontinalis o de aquella mítica dama que sólo persiguen los locos y los poetas.

Pensándolo bien, gran San Pedro espérate un rato, que no hay apuro, que las cosas de palacio se hacen despacio y, si no es mucho pedirte, permite que me pongan 2 caderitas nuevas y luego ya te contaré, cuando se te antoje llamarme para charlar sobre pesca, si es verdad que existes, porque yo, sin faltar al debido respeto, no lo tengo bien claro.

Epílogo

Nunca me había planteado una posible jubilación de la pesca con mosca y cuando me llamaron la atención estuve largo tiempo meditando para solventar una incertidumbre que se me metió en el cerebro como la niebla en el río. Me acordé entonces de un compañero de pesca que durante un sereno espectacular salió de su tramo enojado, pasó por un caminito cerca de mí declarándome en plena eclosión de moscas de mayo:

  • Me jubilo de la pesca a mosca
  • No me toques los anzuelos le contesté (no puedo asegurar hoy que empleé la palabra “anzuelos”)
  • ¡No es broma! (insistió él)
  • Pero ¿qué te pasa Michel? (era su nombre)
  • Me pasa que estuve peleando media hora para enhebrar una mosca y no lo conseguí, ni con gafas. Me está bajando la vista cada día más. No quiero sufrir pescando. Lo dejo definitivamente. Me buscaré otro pasatiempo.

Esta última palabra me lo explicó todo. El que practica la pesca como un pasatiempo e incluso como un oficio puede jubilarse porque siempre se situó en una perspectiva de límite en el tiempo. Espera que llegue ese momento, acepta franquear una frontera para dedicar el resto de su vida a otra ocupación.

A la inversa el que siente la pesca como una parte intrínseca de su persona no puede concebir la idea de límite o acabamiento porque equivaldría a programar su muerte. Para esta raza de pescadores perder la pesca equivale a perder la vida. En su diccionario interior existen cantidad de palabras raras pero la palabra “jubilación” ha sido tachada desde su niñez. A este tipo humano podríamos llamarle “Pescador Perpetuo.”

Claro que aparecen varias etapas a lo largo de la vida del pescador que coinciden perfectamente con las energías vitales. La fuerza de los 40 años no es la fuerza de los 70 pero pasamos por sucesivas adaptaciones que nos permiten seguir por los caminos del agua exactamente como por las sendas de la vida.

Lo cierto es que el Pescador Perpetuo es un personaje aparte bastante pesado y hasta repugnante para su entorno. Entre no pescar o divorciarse el pescador perpetuo elige el divorcio y si, por suerte, su mujer le quiere bastante para aceptar su obsesión, él, disfrazándose de razonable humanidad le promete compensaciones como viajar por el mundo, ver cosas nuevas. Y la mujer se pone contenta y no le da la espalda en la cama hasta que se entera de que un viaje que sea únicamente turístico para su consorte es inconcebible, puesto que para él un viaje sin pesca es como un viaje sin comer ni beber. De cierta manera la pesca es para él un alimento del alma.

guyRoques

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