Era de noche ya apenas si se divisaban los botes orillados
en la playa, noche austral única después de un día de calor,

Pintura de la serie “Escrituras
Paganas”

noche serena con eclosiones de tricópteros
y truchas enloquecidas despreciando cualquier peligro.

Harto de capturas y peleas fáciles, regresaba hacia el gomón,
mancha amarilla en la penumbra, dirigiendo mis últimos lances hacia la media
corriente.

De súbito me aspiraste la mosca revolcándote enseguida con la
potencia de los grandes peces. Tuve que aflojar rápido y escuchar angustiado la
canción del carrete. Empezó una lucha de verdad bajo las blanquinegras tinieblas
del ocaso.

No había forma de acercarte a pesar de mis tironeos, de frente,
de lado, arriba y abajo para atontarte, pobre amoroso enemigo. Prendí la
linterna y por fin en un halo blanquecino debajo de la ondulante superficie
vislumbré tu noble perfil de marrón espléndida larga, larguísima.

Cuando te saqué la mosca, casi sin tocarte, te posaste en el
fondo cerca de mis botas recuperando fuerzas, como tragando las aceradas espinas
del miedo. Largo tiempo te contemplé, pez trofeo que nadie mediría y no saldría
en ninguna foto.

Y cuando te marchaste, sin prisa, con elegancia, moviendo la
majestuosa cola como una dama su falda, tuve el sentimiento de que el mítico río
me acababa de regalar algo especial, algo para mí solo, un secreto entre él y
yo, como si quisiera que nadie se enterase o tal vez como si quisiera darme una
fina lección de vida.

Guy Roques. -mosqueroandante-

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