En “El Cantar del Agua” (Ed. Tutor, ISBN es 84-7902-479-8) Guy Roques ha querido transmitir una suma de conocimientos y pensamientos acumulados durante 40 años de viajes de pesca. En la Primera Parte, “Moscas Atrás”, nos relata algunos recuerdos importantes de su pasado que evolucionan hacia una meditación muy personal y original ya que Guy, tuvo la idea de inspirarse en temas mitológicos como El Mito de Sísifo o el Mito de Proteo.
En la Segunda parte, “Cuentos de la Orilla”, el lector se preguntará hasta qué punto lo que descubre es ficción o realidad. Leyendo con calma entre renglones aparecen las soluciones de estas crucigramas literarias. La Tercera parte, “Taller de Invierno”, es significativa de una gran ciencia de la pesca. Será muy difícil que los mosqueros, hasta los más veteranos, no aprendan algo. En la Cuarta Parte, Nuevos Horizontes, Guy nos cuenta algunos de sus viajes por el mundo. Además de ofrecer una base de datos imprescindible al que quiera emprender un viaje de pesca, este final expresa, poéticamente en algunos textos, una amplitud de miras que sólo los horizontes y ríos desconocidos pueden infundir. A continuación presentamos el primer cuento de la 2ª parte

Cuento erótico de la pastora eléctrica

El tiempo se me antoja un avión supersónico cuando me acuerdo de mis primeros pasos por los impolutos ríos de mi tierra. El mundo “civilizado” todavía no se había caído en la histeria consumista con sus hediondos y mortíferos residuos, no existían los cultivos intensivos tupidos de nitratos y abonos podridos, ni la proliferación ganadera cebada con piensos tan mal pensados. Los prados eran prados, abiertos, libres, donde el hombre, mi semejante según dicen, no había colocado alambrados ni inventado, con mayor motivo, las vallas electrificadas. Para cuidar del ganado había zagalas y zagales que no tenían reloj y sólo se contrataban en las fincas de un año para otro. Ni siquiera se les ocurría la idea del trabajo pagado a la hora.

En aquella Arcadia perdida iba a pescar, siempre al mismo río truchero, el que estaba más cerca de mi casa, cada vez que podía escapar, sin perder ninguna oportunidad de charlar con la gente campesina o desperezarme, en las horas de sol, a la sombra de un árbol. Si no regresaba con una docena de truchas consideraba que el día se me había dado mal, pero sin hacerme drama porque no he esperado que se escuchase el tantán de los puristas de hoy para aprender a respetar la pesca y limitarme en las capturas. El que se cría en el campo no necesita capitalinos escarmientos sobre la vida de la naturaleza.

Nunca se sabe de fijo porque ciertas cosas pasan o no pasan, sin que haya especial motivo por lo uno ni por lo otro. Lo cierto es que un día de mayo florido al llegar a la altura de la pradera de Julián, así llamaban un inmenso prado que parecía bajar corriendo hasta unas raseras del río, me llamó la atención el ladrido de un negro mastín que estaba vigilando un rebaño en compañía de una pastora joven, sentada a la sombra de un roble con el busto un poco ladeado, en una postura muy personal, que impregnaba su persona de elegante gracia. Hacía un rato que la estaba fisgando a través de la maleza, acostumbrado a anticipar a cualquier intruso, inclusive a la guardería, cuando ella hubo de divisar mi sombrero entre las ramas bajas e intentó calmar al perro, sin ningún efecto notable, menos el de envolverme, como en una onda de paz, por la nota melódica de su voz.

Cuando por fin se alejó aquel asqueroso animal, observé, al aproximarme un poco más, que la chica estaba leyendo en un libro de tapas regastadas, con una portada donde se veía a un cura de sotana aleccionando a una joven de trenzas rubias. El título era “Justine ou l’Infortune de la Vertu”. Aunque este tipo de libro nunca fue santo de mi devoción me acerqué a preguntarle si le gustaba y cómo lo estaba pasando con aquellos primeros calores casi de verano.

Ella levantó los ojos hacia mí, clavándome su mirada azul en la mía, produciéndome un escalofrío eléctrico que todavía hoy queda memorizado en las neuronas de mi médula. No lo pasarán peor las mariposas traspasadas por un alfiler. Abarqué en un cerrar de ojos, intentando que no se me note nada aunque siempre he sido muy torpe en ese aspecto, su fina cabeza adornada de rizada y oscura cabellera, su falda larga y ligera, azul con lunares blancos, lindamente abultada en el pecho, como estrangulada en la cintura.

Le pedí permiso para sentarme a su lado un ratito arguyendo que las truchas no picaban con tanto sol y que necesitaba descansar si no quería llegar al sereno deshecho y rendido. En vez de preguntarme sobre la pesca, como hiciera cualquier pastor del otro sexo, a ella se le dio por comentar la forma rara de mi sombrero, el cual me quité en el acto descubriendo mis abundantes y negros pelos, aprovechando la maniobra para arrimarme un poco más a ella. Mientras me secaba con la mano algún trasudor en las sienes ella empezó a tocar, muy preguntona sobre su función, la infinidad de inútiles que traía entonces en el chaleco. Noté que sus dedos no eran de campesina sino más bien de estudiante por lo fino y cuidados produciéndome otra vez, a pesar de la espesa vestimenta, esa extraña sensación electrógena que me invadió todo el cuerpo. Al moverse descubrió sus tobillos que penetraban en unos zapatos bastos, de tipo borceguí, indignos de recibir aquella delicada ofrenda. No sé como se me ocurrió asir uno de ellos con la mano, como si cogiese la empuñadura de mi caña. En un momento pensé que se iba a ofender, mas en vez de tirarme el libro a la cabeza, se echó de espaldas en la verde alfombra del prado mientras alguna vaca mugía a lo lejos. Las mujeres son así de imprevistas y seductoras. Mi corazón latía rarísimo, pataleando como avispa en telaraña, tuve ganas de marchar corriendo pero en vez de soltarle el abandonado tobillo le acaricié la dulce pantorrilla cuesta arriba.

Mis manos corrían por las sensuales formas de aquella Venus ribereña sin encontrarle ningún fallo de su creador. Al besar las puntas erguidas de sus senos que empecé a cubrir y descubrir con su larga cabellera, viéndola tan joven e inocente, le dije que me parase porque ya me iba descontrolando. Su única respuesta fue acariciarme la nuca con la mano lo que transformó el flujo eléctrico en alta tensión que sólo una violenta descarga podría expulsar, un exorcismo de amor que emprendí desenredando los largos pelos negros que tapaban su sexo con forma y raro gusto de azucena. Cuando por fin le saqué su falda de lunares y demás inutilidades, me pareció que toda la belleza del mundo se había concentrado en una sola mujer. Hubo un instante en que la estética emoción fue más fuerte que el deseo de un cuerpo a cuerpo impugnado por las electrizantes vibraciones que aniquilaban ahora mis otras facultades. Me cruzaban la mente imágenes insólitas, desacordadas, como una eclosión de Dánicas a las que se tiraban enloquecidas miles de truchas tan glotonas como mi boca sobre la suya.

Lo que ocurrió después quedará nuestro secreto, una fuente donde beber en la travesía de la vida. Hay recuerdos que se deben respetar igual que si fuesen ríos o peces. Creo que nuestros gemidos cubrieron el chapoteo del agua en la rasera, explosión de amor, fusión, efímero pero imborrable placer que por las noches de Mayo florido vuelve a veces a rondar, fantasma ya inmaterial, los desvanes de mi memoria.

En la pradera de Julián han instalado, hace años, un pastor eléctrico.

Guy Roques.

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    2 comentarios

  1. Cuartero 22/11/2014 at 19:21

    Sueñan los pescadores androides con truchas eléctricas????

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