(Antes de pasar a la lectura de mi Pregón quiero agradecer a los organizadores de esta octava edición del Master de Pesca a Mosca de Valencia por su invitación y por el honor que me han hecho al proponerme ser su Pregonero. También tengo que pediros disculpas a todos porque, como cometieron el error de dejarme elegir libremente el tema, escribí lo que el día menos pensado me dictó mi traviesa inspiración, algo que desgraciadamente tiene muy poco que ver con la pesca)

PREGÓN para el VIII Master de Pesca a Mosca de Valencia

“Al salir del canal, la barca-correo comenzó a deslizarse por entre los arrozales, inmensos campos de barro líquido cubiertos de espigas de un color bronceado. Los segadores, hundidos en el agua, avanzaban hoz en mano, y las barquitas, negras y estrechas como góndolas, recibían en su seno los haces que habían de conducir a las eras… Los altos ribazos ocultaban la red de canales, las anchas “carreras” por donde navegaban los barcos de vela cargados de arroz. Sus cascos permanecían invisibles y las grandes velas triangulares se deslizaban sobre el verde de los campos, en el silencio de la tarde, como fantasmas que caminasen en tierra firme.”
Vicente Blasco Ibáñez (Cañas y Barro)

Elegí esta cita como preámbulo de mi pregón por 2 razones. Primero por la admiración que le tengo al fenómeno Blasco Ibáñez como escritor y como pintor. Porque sin ninguna duda el gran novelista valenciano es también un pintor. A medida que fluyen las palabras surgen las imágenes, exactamente matizadas en sus formas y colores: “ los inmensos campos de barro líquido cubiertos de espigas de un color bronceado… las barquitas negras y estrechas como góndolas”… En las novelas de ambiente valenciano de Blasco Ibáñez, desde Arroz y Tartana y La Barraca en 1894 hasta Cañas y Barro en 1902 abundan las páginas donde el autor parece disfrutar expresando sus dotes pictóricas, arraigadas en los luminosos paisajes que hubieron de impactar su retina de niño.

La segunda razón es mucho más personal. Cuando empecé en la carrera de profesor de Castellano existían en cada curso programas de civilización, historia y geografía. Desde el primer año me encontré en una situación incómoda, la de enseñar la geografía del país sin ninguna vivencia propia en el terreno. Conocía un poco Castilla la Vieja ya que, como la mayoría de los estudiantes de mi especialidad, había frecuentado los cursos de verano de Burgos, pero casi nada de otras provincias, de Levante menos todavía. Sin embargo les explicaba a mis alumnos que en aquellas tierras crecían incontables bosques de naranjos, que desde los tiempos más remotos los árabes habían derivado las aguas del Turia para regar, al sur de Valencia, por un ingenioso sistema de acequias y canales, la famosa Huerta, que aquel riego daba lugar a conflictos formulados verbalmente y resueltos de la misma manera por las sentencias sin apelación del peculiar Tribunal de las Aguas. Les hablaba de la Albufera, de los arrozales únicos en Europa, y por supuesto, de la afamada paella valenciana. Les hablaba de todo eso y algo más con el evidente malestar del que transmite un saber adquirido únicamente por conocimientos librescos. Lo que pudiera aceptarse tratándose de países lejanos, me parecía una contradicción tratándose de un país vecino. Entonces pasó lo que tenía que pasar.

Recuerdo aquella tarde fría de finales de marzo en que salí con mi esposa rumbo a Valencia. Era tan larga la distancia y tan malas las carreteras que prefería viajar de noche. Nunca me preocupó conducir horas y horas. Al sur de Tarragona tuvimos que cruzar los cauces secos de pedregosos arroyos que se convertían en torrentes con las lluvias y se llevaban los puentes. A medida que desfilaban los kilómetros, en la escasa luz de los faros, iba cambiando el paisaje. Se vislumbraba otra vegetación. Se olfateaba otro ambiente. Nos asomábamos a otra vida. Cerca de Castellón de la Plana no pude resistir la tentación de meterme por un camino estrecho que se internaba entre naranjos. Cuando bajamos los cristales del coche nos inundó toda la suavidad de una noche serena llena de desconocidas y relajantes fragancias. Sin darnos cuenta casi, cansados y contentos, nos quedamos dormidos en los asientos.

Nos despertaron las primeras luces del amanecer. Como si fuera hoy me acuerdo de que, al abrir los ojos, los cerré otra vez porque parecía un sueño lo que estaban viendo : Naranjales hasta perderse la vista con sus frutas esmaltando el verde oscuro de las copas donde, ¡Oh excelso prodigio! convivía la fruta con la flor, maravillando el ojo y embriagando el olfato. Una luz desconocida iba creciendo con el sol que despuntaba detrás de nosotros y, sobre todo, por encima de toda sensación, nos acariciaba una brisa templada y perfumada que nos daba la impresión, no de movernos en el aire, sino de bañarnos en esencias de azahar.

No se puede imaginar el sabor que tiene la naranja cuando se la coge por primera vez en el árbol. Después de este excepcional desayuno salimos hacia el destino previsto para luego visitar la comarca, un camping que había (no sé si existe todavía) cerca de El Perelló. Nos hacía ilusión descubrir la vida de La Huerta y así fue, con excursiones que se terminaban degustando arroces tan ricos que hasta el día de hoy no se volvieron a repetir. Sacamos un montón de fotos que conservamos ahora como oro en paño, testimonios de un pasado y de una juventud borrados, como tiza en un tablero, por el despiadado trapo del tiempo. Pocos días después de nuestra llegada anduvimos por la orilla de un enorme canal que comunicaba la Albufera con el mar y allí había pescadores sacando grandes peces para mí desconocidos. Como fácilmente podéis imaginar, al día siguiente, quise hacer lo mismo, pescando de la misma manera, aplicando lo que le decía Don Quijote a Sancho “En donde fueres haz lo que vieres”, consejo que en las cosas de la pesca se suele averiguar. Tuve que trabajar duro para conseguir un pez pero lo logré. Me lo llevé como un trofeo al campamento. Mi mujer, según su buena costumbre, había aprovechado mis horas de pesca para buscar plantas, y venía también con un puñado de espárragos silvestres que iban a ser un éxito gastronómico. No pasó lo mismo con mi espinoso y soso pescado a pesar de una preparación cuidadísima. Al masticarlo, con obligada cautela, no sé la cara que puse pero hubo de ser especial porque mi esposa, que intuyó detrás del asco otra preocupación, me dijo que no tenía que hacerme drama por tan poca cosa, que podía seguir pescando igual y, en lugar de llevarme los peces, devolverlos al agua. Le hice gran caso, como siempre, o casi siempre, y hoy celebro, con la debida solemnidad, que en Valencia haya sido donde practiqué, por primera vez en mi vida, la pesca sin muerte.

El otro recuerdo imborrable de aquellas vacaciones es el de un paseo por unas sendas cerca de la Albufera. Estaba oscureciendo. Por la parte del mar, el cielo, algodonado por ligeras nubes, tenía un color de violeta. Tras las lejanas montañas un sol moribundo presumía de cortarle a la noche su salida al escenario. De repente, entre ver y no ver, en el pesado silencio de la creciente penumbra, oímos unos ruidos extraños como de madera, o de palos que crujen. Mirando en dirección al ruido divisamos una gran forma blanca que avanzaba hacia nosotros como deslizándose a ras del suelo, una forma fantasmal que enseguida me recordó el texto de Blasco Ibáñez, el que me gustaba comentar con mis alumnos y vuelvo a citar con el mismo gusto:

“Los altos ribazos ocultaban la red de canales, las anchas “carreras” por donde navegaban los barcos de vela cargados de arroz. Sus cascos permanecían invisibles y las grandes velas triangulares se deslizaban sobre el verde de los campos, en el silencio de la tarde, como fantasmas que caminasen en tierra firme.”

Cuando la ficción se hace realidad, cuando realidad y literatura se unen tan íntimamente entonces sí, merece la pena haber hecho el viaje porque lo que se encuentra es mucho más grato de lo que se esperaba, es este exaltante sentimiento de dar, por un momento, su pleno sentido a la vida.

guyRoques Nov. 2003

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