Era un día de finales del mes de Mayo, hace unos cuantos años. Estaba pescando en Burgos, en el río Pedroso. Tras una mañana anodina, sin movimiento ni de peces ni de insectos, al mediodía descargó un breve chaparrón que refrescó el ambiente. Recuerdo perfectamente la sensación de limpieza: parecía que el río se había renovado, que la jornada empezaba de nuevo. Y, efectivamente, algo estaba empezando: unos tricópteros marrones, de buen tamaño, comenzaron a bailar en la superficie del agua. Y las truchas entraron en actividad, atacando con decisión estas presas que bajaban arrastradas por la corriente.

Me encontraba en una tabla no muy ancha, y en la orilla “buena” para el lanzado: cómoda, despejada de obstáculos y fácilmente vadeable. Así, con todo a favor, decidí intentarlo con la trucha más próxima, que se cebaba rítmicamente a menos de ocho metros, junto a unas leñas de la orilla opuesta. Até a mi terminal una imitación similar a lo que estaba en el agua, montada en pelo de ciervo, lancé cuidadosamente, y… nada. Claro, el chorro central hacía dragar la mosca; pero esto era evitable, ajustando un poco más el lance, y procurando que el terminal no cayese completamente extendido, para así ganar unos cuantos centímetros más en la deriva. Así lo hice, pero sin ningún éxito. El paso siguiente fue cambiar de mosca: probé con una imitación más pequeña, con el tejadillo en pluma de gallo pardo de León, que en otras ocasiones había resultado letal, y que también fue ignorada. Como último recurso, puse un modelo más sofisticado, en el que se combinaban las plumas de culo de pato, con unas alas compactas en fibras de faisán, barnizadas, en estilo “invertido”, de manera que flotaba con la punta del anzuelo hacia arriba, fuera del agua.

Hay que reconocer que muchas veces, de manera inconsciente, tendemos a confundir dificultad y complicación en el montaje con eficacia; supongo que será una manera de convencernos de que el mucho tiempo que invertimos en la confección de estas moscas tan recargadas merece la pena. Por aquel entonces consideraba esta imitación el no-va-más, aunque no la utilizaba más que como último recurso, debido a su extrema fragilidad (más tarde descubrí el sencillo y eficaz truco de pegar la pluma de faisán en un trozo de media, lo que mejora considerablemente su resistencia). Pero todo fue inútil. Aquella trucha, que se seguía atiborrando con los tricópteros que bajaban por el Pedroso, parecía saber mucho más que yo. Desanimado, quité mi mosca “infalible” para devolverla a su caja, y buscar alguna otra opción. Unos días antes había montado un par de moscas de un modelo, al parecer de origen americano, que encontré en uno de mis libros, y cuyo aspecto curioso me había llamado la atención: la “Renegade”. Estaba montada en un anzuelo del número catorce, de la siguiente manera: en la parte trasera del anzuelo, sobre la curva, unas vueltas de tinsel dorado plano. Después un hackle trasero, de gallo rojo. A continuación el cuerpo, abultado, en pavo real. Y finalmente, el hackle de cabeza, en color crema claro, con las fibras algo más largas que el trasero.

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Lo cierto es que “eso” sólo se parecía a las moscas que estaban volando en el tamaño; pero el desorden de mis cajas hizo que estas dos moscas aparecieran en la destinada a los tricópteros…El hecho era que estaban allí, y ya que imitaciones más “exactas” no habían servido, y teniendo en cuenta que las truchas a veces tienen reacciones extrañas, nada se perdía por probar. Por otro lado, era una imitación muy agradable de utilizar: flota muy bien, y el hackle delantero, muy claro, la hace muy visible. Ante mi sorpresa, en el primer lance la mosca fue tomada con total decisión. Bueno, una casualidad, pensé…Casualidad que se repitió cinco veces en un tramo de diez metros, hasta que la artificial quedó inservible. La cambié entonces por la otra que me quedaba, lancé a la cebada más próxima, y clavé otra trucha, más grande que las anteriores…que me partió el hilo. Y así me quedé, ya sin ninguna “Renegade” en mis cajas, pensando cómo era posible que “aquello” hubiese sido tomado por esas truchas que habían rechazado mis tricópteros más ortodoxos, aún cuando se estaban cebando activamente de los que bajaban por el agua, agitando sus alas…

Una explicación…tal vez.

Por supuesto, nunca sabré con exactitud qué es lo que pasó esa tarde. Pero creo que el movimiento tuvo gran parte de la culpa: las imitaciones clásicas de tricópteros intentan copiar el insecto estático, con las alas abatidas sobre el cuerpo. Cuando éste intenta volar, y agita las alas, su silueta cambia completamente: supongo que un “monstruo” con dos puntos de apoyo sobre el agua, y un cuerpo lleno de brillos e irisaciones puede ser una imitación paradójicamente más exacta para esta situación. Y creo que, en esencia, este mismo motivo es el que hace que los montajes en “palmer” sean en ocasiones tan efectivos (no puedo dejar de mencionar en este punto dos modelos muy conocidos, que me han hecho pasar muy buenos ratos: la “Wickham’s Fancy”, y la mosca-comodín por excelencia, la “Tricolor” de Bresson).

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Superior izquierda: “Wickham’s fancy”
Superior derecha: Tricóptero de perdiz
Inferior izquierda: French tricolor
Inferior derecha: Tricóptero invertido de faisán
Central: Tricóptero de pelo de ciervo

Después de esta experiencia, me interesé por el tema de los tricópteros en vuelo. Y, buscando en libros y revistas (yo pienso seriamente que todo está en los libros; en esto de la pesca hace tiempo que me he resignado a no ser original), encontré algunas cosas curiosas.

Por ejemplo, entre mi colección de revistas de pesca, apareció un número antiguo de una revista francesa (Pêche Magazine, num. 53 , Septiembre 1991) donde comprobé que este problema ya había sido ampliamente tratado en el pasado. En un artículo de G. Laiman acerca de un pescador y montador francés llamado Pierre Miramont, se describía una mosca, imitación de un tricóptero en vuelo, creada por este último (Miramont), y, curiosamente, bautizada con el nombre del primero (Laiman).
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Su descripción sería la siguiente: sobre un anzuelo de tija larga, número 12-16, ligeramente sobredimensionado respecto del insecto a imitar (no olvidemos que se trata de dar sensación de movimiento, y esto distorsiona las proporciones), comenzamos fijando sobre la curva una pluma de cuatro-cinco centímetros. En cuanto a su color, aquí empiezan los problemas de traducción (aunque, la verdad, me consuelo pensando en los sudores de quien quiera traducir al francés algo como “pluma de gallo de León pardo flor de escoba encendido, de obra abundante”): el original francés dice “gris rouillé”; literalmente, “gris mohoso”; supongo que eso será lo que comercialmente llamamos gris medio, o con palabras inglesas, “dun”. Esta pluma se monta en “palmer”, remontando hacia el ojal del anzuelo, cubriendo la mitad de la longitud útil de la tija. Delante colocaremos dos puntas de pluma de gallo gris, más oscuras que la anterior, formando dos alas horizontales, inclinadas hacia atrás, en forma de “V”, muy abiertas. Después viene, en mi opinión, la parte más interesante del montaje: utilizando una seda de montaje “lie-de-vin” (algo así como rojo-marrón-granate), en la parte delantera se montará una “mosca española”. Con esto Miramont quiere decir: utilizando las fibras de una pluma de gallo de León (no especifica de qué tipo; tal vez un pardo flor de escoba…), se monta una collar en el estilo leonés clásico, y (aquí insiste especialmente) bien vertical con respecto al cuerpo. En este punto hace una observación sumamente reveladora: “…el color de la seda de montaje transmitirá la irisación adecuada a las puntas de las fibras españolas”. Realmente es sorprendente cómo, mirada la mosca al trasluz, el brillo de la pluma de León refleja en cierto modo el color de la seda de montaje. Y, más adelante, concluye: “…esta mosca flota admirablemente, es muy visible. Su forma, su silueta, recuerdan a la frigánea en vuelo…Es el brillo de la “cabeza española” lo que desencadenará el ataque del pez”.

La idea me pareció ciertamente atractiva: el cuerpo en palmer para dar la sensación de movimiento, con un punto de referencia formado por las alas grises abiertas, y todo envuelto por el halo luminoso proporcionado por la pluma de León.

No sé cuál habrá sido el futuro de este original y barroco diseño; lo cierto es que no recuerdo haber encontrado ningún modelo semejante en catálogos y colecciones. Ni siquiera Internet, la monstruosa enciclopedia global donde todo tiene un hueco, me ha permitido encontrar una imagen de esta mosca. Tal vez la “Laiman” no era tan eficaz como pensaba Miramont. O tal vez su montaje es demasiado complejo como para hacerlo rentable comercialmente. De todas maneras, he de reconocer que desde entonces, algunas “Laiman “ ocupan uno de los compartimentos de mis cajas, esperando el momento oportuno para demostrarme su valor real.

Otras variantes.

Más adelante, encontré otra solución, menos abigarrada tal vez, al problema del movimiento en los tricópteros. Me refiero a los montajes “alas en delta”, de la colección Salmo, de Luis Antúnez. El rasgo distintivo de estas imitaciones es que el tejadillo está formado por dos mechones de fibras de pluma de cola de faisán (faisán hembra, de tono gris verdoso), montados en forma de “V”, bien abierta (en cierto modo, como las alas en punta de pluma que montaba el modelo de Miramont). De este modo, se rompe la silueta habitual de los tricópteros clásicos. Además, están dotadas de un hackle de fibras cortas, de manera que floten muy placadas, arañando la superficie del agua, “patinando” en cortos dragados.

No estoy muy seguro de la intención de su autor al crear este modelo; lo que sí puedo asegurar es su gran eficacia. Incluso, existe la posibilidad de hacer una síntesis entre las imitaciones más clásicas con tejadillo en pluma de León y estos diseños, simplemente dividiendo el tejadillo en dos mechones bien separados…La idea es esencialmente la misma de las “alas en delta” , con la aparente ventaja de la mayor transparencia y brillo de la pluma de León, en los que tanto confiaba Miramont, al montar la “cabeza española” de la Laiman.

Supongo que se podría seguir añadiendo más y más modelos concebidos pensando en todas estas cosas, que esa tarde de pesca en el Pedroso me puso delante de los ojos. Y, por supuesto, podemos hacer extensivos todos estos razonamientos a otros grupos de insectos: todos hemos visto alguna vez cómo esas truchas “selectivas” desprecian nuestras efémeras “realistas” , dotadas de esas alitas tan bien marcadas, y que tanto trabajo nos cuesta montar igualadas, para tomar con glotonería el “plumero” montado en palmer que el ribereño de turno hace bailar con maestría sobre la corriente. Movimiento, brillo, irisación…Hay un montón de factores que separan el montaje de moscas artificiales del mero modelismo: no se trata de hacer una imitación exacta a nuestros ojos, sino más o menos aproximada…a los suyos. Que, en ocasiones, ven algo muy distinto.

Jesús Garcia Azorero. -Azorero-

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