Como extranjero hispano parlante y como pescador es un honor inmenso que se me ha hecho al invitarme a ser el Pregonero de esta trigésimo séptima edición de la Semana Internacional de la Trucha en León. Cuando pienso en la personalidad y en la calidad de mis antecesores no me parece que me lo merezca. También he de declarar que me cuesta considerarme extranjero en España porque nunca tuve en cuenta la frontera política entre nuestros dos países. En mi patria no existen los Pirineos y si me encuentran andando, más que en otras provincias, por el Norte, especialmente por el terruño leonés, es por la razón que todos sabéis y aparecerá sin rebozo en el resto de mi relato.

Primero quiero confesaros que para elegir el tema de mi pregón tardé bastante tiempo porque tengo tantas vivencias vinculadas a los ríos leoneses que no lograba decidirme, hasta que, por una noche de luna (los caminos del Hada Inspiración son inescrutables), me acordé de un amigo mío que me contó cómo, hace más de 40 años, descubrió las Tierras de León.

Él era entonces un joven profesor de Castellano en una ciudad del sur de Francia y acababa de casarse con una francesita que también iba a dedicarse a la docencia del Español. Huelga decir que el viaje de novios se hizo por la península ibérica. Desgraciadamente aquel personaje tenía (entre otras manías que la joven esposa iba descubriendo asustada) lo que él mismo llamaba irónicamente la piscomanía que es una dolencia crónica que sólo se alivia pescando. Después de unos días, mejor dicho de unas noches, de luna de miel, llegaron (nadie sabe por qué azar del viaje) a Santander. Se acomodaron en un camping del Sardinero disfrutando de un buen tiempo excepcional. Por la mañana iban a la playa y por la tarde a curar la piscomanía en el cercano río Pas. Mientras a ella le sobraba tiempo para coger plantas y flores silvestres, él se desvivía manejando una caña de bambú refundido, lanzando moscas por doquier mejor dicho santiguando el agua y persignando la vegetación de las orillas. Pero no hay bien que cien años dure : la mañana menos pensada empezó a llover, no a orbayar como en Asturias sino a llover en serio, a cántaros, a chuzos, a pantano libre y mientras ella rezaba a todos los santos debajo de la exigua tienda de campaña, él cavaba zanjas alrededor, decidido a aguantar la intemperie. Resulta que junto a ellos, bien abrigados en una tienda amplia y resistente, había un matrimonio de Madrid con su familia que se apiadó tanto de los desamparados jóvenes que los invitaron a compartir albergue y comida con este sentido natural de la hospitalidad tan genuino del pueblo español. De sobremesa salió, (casi por casualidad) el tema de la pesca. Hay días en nuestras vidas que son auténticas encrucijadas. A veces es mejor que no nos enteremos enseguida. Aquel buen amigo mío me recordaba emocionado el momento de la conversación en que el madrileño explicó que, al viajar hacia el norte se paró en un pueblo de León dónde se veían rebaños de truchas por las tablas que parecían acercarse a curiosear cuando se asomaba una vaca a beber. Al joven profesor se le encandilaron las pupilas y, sin preocuparse por la apretada cortina de lluvia, salió disparado hacia el coche a buscar el mapa de España. Cuando lo abrió en la mesita de camping el madrileño puso el índice en un punto que decía: Riaño . Al día siguiente los recién casados recogieron trebejos y cachivaches en el citroën (un modesto 2 caballos) y se despidieron como se debe… no a la francesa.

Viajando hacia el Oeste llegaron a Panes sin pararse a pescar es decir: de puro milagro. Al seguir subiendo por las orillas del Deva él se puso nervioso jurando que volvería a investigar toda la zona. A medida que ascendían por la estrecha carretera la niebla se hacía más densa pero después del Puerto de San Glorio, cuando bajaron por la otra vertiente, salió repentinamente el sol iluminando un nuevo paisaje donde las aguas del Yuso parecían echar perlas de luz. Hacía calor. De vez en cuando un carro abarrotado de hierba seca, arrastrado por una yunta de perezosos bueyes, les tapaba el paso. Una cosa que les sorprendió primero en aquel valle fue la presencia de la historia en el nombre de los pueblos: Los Espejos de la Reina ¿qué reina se hubo de mirar un día con sus damas de compañía en las cristalinas aguas del Yuso? Pedrosa del Rey ¿Qué rey de España, en qué ocasión, se habrá solazado cerca del puente romano? ¿Ése mismo que también dejó sus huellas en Santa Marina? ¿Y qué diríamos de Valencia de Don Juan, o de San Román de los Caballeros, o, más al este deCarrión de los Condes, vivo recuerdo del Cantar de Mío Cid? Por León y Castilla hay un sinnúmero de ejemplos mostrando que los nombres de los pueblos son la expresión de su cultura, de su historia, e igualmente, de sus preocupaciones como los que evocan un recurso típico (El Burgo Ranero) o una riqueza como la presencia fructífera del agua: Hospital, Benavides, de Órbigo, Carrizo, Llamas de la Ribera. Muy a pesar mío no puedo citarlos todos.

Al entrar en Riaño el citroën tuvo que hacer arabescos evitando varias vacas que iban libremente por la calle como si aquello fuese la India. Cerca del puente en el ejido del pueblo, oliendo a paja desmenuzada por el trillo, los jóvenes levantaron la pequeña tienda de campaña todavía llena de húmedos recuerdos. Debajo de la chopera había sólo otro campista, un pescador muy parco en palabras para dar una información mínima sobre la pesca, aunque confesó que solía vender sus truchas en el Parador a la salida del pueblo en dirección al puerto del Pontón. Por un canal de riego derivado del Yuso corría siempre el agua. Al pie de un abrupto pinar brotaba una generosa fuente.

Empezaron los días de pesca, desde el orto hasta el ocaso. Empezaron las primeras peleas con aquellas truchas fantasiosas, de cabeza más corta que las truchas de las montañas francesas, que comían caprichosamente a pleno sol cuando las aguas frías de la noche iban templándose, aquellas truchas que, por mimetismo con el cauce del río, parecían a veces vivos lingotes de oro en la mano. Pero Riaño en aquella época era mucho más que un paraíso para la pesca, era una Arcadia olvidada por la civilización industrial, por el llamado progreso, era un extenso escenario ecológico para regenerar el cuerpo y el alma en un ambiente único de paz y sosiego. Nuestro joven mosquero, con ser bastante torpe en el manejo del látigo, siempre traía alguna pintona. Sobraban tramos libres para pescar, tanto en el Yuso como en el Esla, aquel río bucólico cantado por Garcilaso de la Vega en sus Églogas. Sin embargo no había problemas para conseguir cotos sobrantes en el ICONA de León y estos cotos se llamaban Bachende, Éscaro, Vegacerneja, Acebedo, Pedrosa, Portilla.

Varios veranos seguidos el matrimonio francés volvió a Riaño, siempre con la misma ilusión, mas, lo que en un principio se susurró como una brisa ligera sin consecuencia luego fue cobrando vehemente fuerza como un imparable viento de tormenta. Las amenazas se hicieron realidad, primero con la construcción de un muro gigante que tapó todo el valle en Salas, después por carreteras nuevas que serpentearon alrededor del paraíso aprisionándolo igual que una boa aprisiona su presa y finalmente por una visión apocalíptica cuando, por un hermoso día de julio del año 1987, las inhumanas máquinas iniciaron el derribo de las casas.

En aquel momento de su historia, a mi amigo se le humedecieron los ojos. Como si fuese hoy recuerdo sus emocionantes palabras :

“De aquel último día conservo vivo en mi memoria un grito de dolor que oí al oscurecer y fue el mugido largo y plañidero de una vaca que buscaba su destruida cuadra. Ya había oído perros ladrando a muerte pero nunca una vaca mugiendo a muerte”

Así se cerraron, como un libro querido, 15 años de veranos felices en Riaño. Precisamente en nombre de esta felicidad no he querido que mi pregón se terminase con una nota de tristeza. Después de la lluvia vuelve a salir el sol. Como también tengo la manía de escribir mis recuerdos de pesca, voy a contar para terminar, una pequeña anécdota relatando una jornada inolvidable que tuvo como escenario el río Luna un año que fuimos a acampar con mi familia a Sena de Luna. El título de la anécdota es :

El Pordiosero de Villasecino.

Aquella mañana la Mula (nombre que yo daba a un “citroën” B.X. de gasoil y color bordó, protagonista de muchos años de pesca, que parecía acostarse de noche en el suelo como una acémila cansada) aquella mañana la Mula levantó las patas con pereza, primero las delanteras y, largo rato después, las traseras. Con el hambre de pesca que tenía, impaciente, la amenacé con cambiarla el próximo otoño por una moza de mecánica nueva. La pobre mula tosió tristemente y empezó a pedorrear apestando el aire puro de Sena de Luna.

Salimos los dos para la zona libre que hay arriba del delicioso coto de Villafeliz, más allá del pueblo de Villasecino. Quería prospectar el último tramo pescable, donde el río Luna ya muy chico se divide en dos. Brotaba entonces el chorro principal de una covacha por el margen derecho, uniéndose con las escasas aguas que llegaban de las altas lomas. Habían cerrado los campesinos aquel arroyo con un puerto de fortuna para regar sus prados. Siempre es provechoso observar las aguas paradas, si uno no pesca, por lo menos descansa soñando. Ni bien me senté, oculto entre la maleza, a la mitad de la pequeña tabla formada por el puerto, cuando vi acercarse, patrullando cauce abajo, una pareja de truchonas que parecían inspeccionar el lugar como dos carabineros en un paseo. Comprendí que iban a volver subiendo. Sin mucha dificultad conseguí posar mi mosca artificial, presumiendo de langosta, a la mitad del río.

Al breve rato vuelve la pintona pareja, dos auténticas trancas. Cuando ven el patilargo engaño se acercan con pereza y la más gorda traga, en un abrir de boca que me parece de nunca acabar. Clavo algo temprano desencadenando en el acto una explosión de acuáticas gavillas que rompen el silencio religioso de la Naturaleza en aquel silvestre lugar. Y yo sin soltar línea para que no se le ocurra meterse en un cercano entramado de leñas, y saliendo rápido a por ella con la sacadera estirada y ella revolcándose enloquecida sin querer entrar y yo sujetando cada vez más hasta que….. se rompe el hilo de carne por el que debe de venir clavada y adiós trucha. Conmocionado vuelvo a sentarme a la sombra, intentando calmarme los nervios, con la esperanza de que vengan otras gordas paseantes, pero nada. Sigo pescando sin fe, malhumorado. No hay nada que hacer por aquí. Opto por cambiar de sitio y me piro.

Había dejado la mula a esperar fuera de la carretera en un alto de donde se otea el hermoso panorama el cual contemplé pausadamente antes de meter la llave en el neiman antirrobo, totalmente inútil en aquel sitio. Estaba ejerciendo la presión habitual cuando el mecanismo giró de mala manera quedando la llave trabada sin posibilidad de sacarla ni de sacudir la mula. Empecé a echarle la culpa del percance mas ella no contestó sonido ninguno, ni de chatarra. Se hizo la mula muerta. No tuve más remedio que salir a dedo hacia Villasecino que dista de aquel sitio de unos 4 km.

Es imposible que no pare algún coche máxime en tiempos de vacaciones. Pero nada. En los primeros momentos no me preocupo. Disfruto de la improvisada caminata observando los misterios de las altas hierbas en verano. Hace calor y empiezo a sudar. Vuelvo a levantar la mano con más insistencia. Nada. Después de varios rechazos (que yo saludo con recuerdos para los padres de los indiferentes conductores) me pongo a echar de menos no haberme llevado algo, por ejemplo la lata del aceite, para llamar la atención, sugiriendo “ipso facto” que tengo un problema con mi coche. Lo que me asombra es esa manera que tienen todos de mirarme de reojo como si fuera un bicho raro, algún marciano caído en los descampados pedregosos de los Barrios de Luna, y no lo que soy en realidad: un malaventurado pescador cansado. Nada. Todos en Babia y yo en la gloria… del arcén… con lo incómodo y angosto que era entonces.

Por fin llego al pueblo; me dirijo al Hostal García con la idea de telefonear. Al acercarme avisto mi imagen reflejada en el cristal de la puerta y de golpe lo entiendo todo. Preocupado por la avería sólo me quité el pesado chaleco de pesca y las botas. Me puse unas alpargatas que ya no podían entrar en ninguna clasificación de la especie “Zapato”. En ellas caía el acordeón semidesplegado de los indecisos calcetines que no conseguían juntarse con el manchado pantalón, dejando ver algo de la peluda y flaca pantorrilla. La camisa verdosa, no se sabía si quedaba fuera o dentro del invisible cinturón. Y ¿qué decir del sombrero? aquel sombrero desteñido por más de veinte campañas, cuyo fieltro seguía siendo de insustituible calidad, mas tan destrozado que debía esconderlo en casa para que no me lo tiraran a la basura. Ahora entiendo por qué los automovilistas no se pararon: me tomaron por un miserable, un pordiosero, uno de aquellos que van por los caminos sin que nadie sepa de dónde vienen ni adónde van, eterna pregunta humana sin respuesta. Si por lo menos se me hubiese ocurrido llevarme el bastón que suelo guardar en las alforjas de la mula, y si me hubiese tapado la espalda con el impermeable largo de pesca, quizá pasara por peregrino en un Camino de Santiago (ahora los hay por todas partes) con muchas más probabilidades de que se detuviera un auto.

Así y todo no sé como me animo a entrar en la bienvenida Casa García. Está el dueño en el bar. Le aviso que soy pescador (para que no se le ocurra otra cosa), que se me ha averiado el coche, que me deje llamar por teléfono si es tan amable, que estoy medio muerto de hambre y sed, y mientras espero que me vengan a buscar, que me saque un plato de embutido casero con abundante cerveza pero que, desgraciadamente, no tengo dinero encima.

El hombre parece vacilar algunos instantes frente a aquel desarrapado, creo que más por sorpresa que por desconfianza. Todavía hay gente buena de verdad. Luego me da monedas para telefonear y encarga a voces mirando para el camarero en el otro extremo de la barra (a veces se escuchan voces celestiales):

-¡Una caña doble con una ración de jamón y cecina!

Por Dios, León, no cambies nunca.

Guy Roques. Junio 2003

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